Paternidad ¿responsable?

Esta generación de padres está en crisis, se les ha olvidado cómo ejercer, o ni siquiera se han dado el tiempo de aprender. Porque sí, a ser padre también se aprende y ese aprendizaje requiere toda la vida. Buscan fórmulas, recetas, estrategias y adormecen su instinto, su amor… parece que han olvidado que aman a sus hijos, que son frágiles y valiosos, y que nada se compara a abrazarlos, a escucharlos, a verlos a los ojos… sin importar si están en Maternal o a punto de terminar la Secundaria.

A los padres se les ha olvidado que sus hijos son personas, que son eternos, que son tesoros y los han convertido en proyectos, en planes que pueden delegar, de los cuales pueden desentenderse una vez que los dejan en el colegio. Creen que pueden sacarlos adelante haciendo un presupuesto en Excel, y haciendo que otros intervengan en su educación: los abuelos, la muchacha, la maestra, todos los que se puedan, menos ellos mismos.

Quieren invertir poco tiempo, pues es más fácil comprar juguetes, video juegos, dispositivos electrónicos, encerrarse en un cine o mandarlos a un campamento durante todo el verano.

Han tergiversado sus prioridades y ahora les resulta más importante destacar en sus trabajos, sobresalir, tener éxito y alcanzar los más altos puestos, los mejores sueldos… ¿a precio de qué? De sus familias, del tiempo que pueden estar con su cónyuge y con sus hijos.

Parece que nadie les dijo de qué se trata la paternidad y ellos nunca se lo preguntaron. Nadie les dijo que se trata de renunciar a uno mismo, y dejar de lado un montón de cosas, que hay que entregarse y que no basta con suplir lo económico y lo físico, sino que se trata de amar, de guiar, de establecer límites; de desvelarte, de enseñar, de inculcar valores, de acompañar el crecimiento, de fomentar virtudes y de ser ejemplo.

Nadie les dijo que es un trabajo arduo, que es un trabajo al que no se puede renunciar y que no se puede delegar. Que es un trabajo serio, no un pasatiempo. Que no es un trabajo desechable, y que con lo que están trabajando son vidas, vidas valiosas, vidas únicas, vidas irrepetibles, vidas que sólo se viven una vez… Un trabajo en el que no se pueden borrar las equivocaciones, en que no puedes hacer después lo que no se hizo hoy, en que las palabras que ya se dijeron, no pueden silenciarse; en que no pueden recuperarse todos los momentos en que se ignoró a los hijos. Es hoy, es ahora, es todo o nada, no es a medias… ¡no se puede llevar una paternidad mediocre!

La familia no es intercambiable, ni desechable… se tiene que invertir en ella, requiere esfuerzo y trabajo diario, tener una familia feliz, un matrimonio feliz, no es instantáneo ni mágico. Pero se han acostumbrado a que las cosas sean así: de inmediato. Hay que cuidar lo que se tiene, alimentarlo, procurarlo, mantenerte fiel a ciertos principios, hacer un esfuerzo consciente y sincero de estar presente, de mantener abierta la comunicación, de sacrificar ciertas cosas y hacer a un lado el egoísmo.

Se les hace tan fácil separarse, divorciarse, emprender juicios, demandarse… ¿y sus hijos? Con tal de que ellos estén bien, lo de menos son los hijos; con tal de lastimar al otro, de conseguir venganza y de hacerle pagar todo lo que hizo, lo que menos importa es cómo se sienten los hijos en medio de toda esa situación. No les importa poner a sus hijos en disyuntivas, en contra de su propio padre o madre, poniéndolos a decidir lo que no tienen la madurez ni la responsabilidad de afrontar: con papá o con mamá.

Y entonces hay niños solos, niños abandonados, niños tristes y deprimidos, niños sin valores, niños preocupados que no pueden ni quieren aprender lo que se enseña en la escuela porque están mucho más angustiados por lo que está sucediendo en su familia, porque están siendo testigos de cómo se desmorona su hogar.

Y los padres buscan pretextos y excusas para explicar su situación, que mejor estar separados que pelearse todo el tiempo, que ya era insoportable, que todos sufrían… tal vez sí, tal vez no, cada caso es diferente… pero si ya llegaron a eso, por lo menos tengan el valor y la responsabilidad de cuidar a sus hijos, de no involucrarlos en peleas, no hablen mal el uno del otro… finalmente, aunque hayan decidido dejar de ser cónyuges, jamás podrán dejar de ser padres. Vean realmente por el bienestar de sus hijos, no en cómo pueden hacerle para que el otro sufra y le vaya mal.

Si están en medio de una situación difícil, si las cosas ya no se pueden solucionar, si de verdad creen que ya no hay vuelta atrás, no conviertan a sus hijos en rehenes. Piensen en que ellos son lo más valioso y hermoso que tienen, que ellos confían en ustedes, y que los necesitan más que nunca, que necesitan sentirse seguros de su amor, creen un ambiente donde ellos sepan que están protegidos y atendidos.

Y si  están casados, sean amables, sean generosos, sean pacientes, sean compasivos con aquellos que tienen más cerca: su cónyuge y sus hijos. Cuiden lo que tienen, no lo den por hecho. Inviertan en su familia, dediquen tiempo para protegerla. Denle prioridad a la comunicación, aclaren los malentendidos, estén dispuestos a perdonar siempre, recuerden a cada instante porqué decidieron formar una familia. Mírense a los ojos, busquen nuevas maneras de expresar su amor, pónganse de acuerdo y lleguen a acuerdos; trabajen y esfuércense cada día por seguir adelante, por caminar juntos.

Sean ejemplo para sus hijos, estén atentos a sus necesidades físicas y emocionales, establezcan límites, denle a los valores la importancia que tienen, sean creativos, escúchenlos, aconséjenlos, corríjanlos. Ejerzan su paternidad con responsabilidad y compromiso y no olviden que también se vale divertirse, carcajearse, jugar… pero sobre todo, ejerzan su paternidad con todo el amor del que son capaces, con ese amor que sintieron cuando se enteraron de que estaban esperando un bebé, con ese amor que hizo desbordar su corazón cuando lo tuvieron por primera vez entre sus brazos… ser padre es intenso, es agotador, es confuso, muchas veces van a querer tirar la toalla, salir huyendo… pero también es la tarea más hermosa y satisfactoria sobre la faz de la Tierra… ¡y definitivamente vale todo el esfuerzo, toda la entrega y todo el amor!

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Una historia fuera de tiempo

Estoy segura de que conocer la Palabra de Dios desde niña, me libró de muchísimas situaciones negativas que quizá ni siquiera imagino… siempre fui una buena niña, aplicada y bien portada… y no estuvo mal. Sin embargo, conocer la Palabra de Dios desde niña tiene otro lado que es el que sí viví: me acostumbré, creí que ya me sabía todo, creía que creía y decir que yo no tenía una religión sino una relación con Dios era mi religión. Claro, con sus subidas y sus bajadas, mis encontronazos con Dios… no digo que todo el tiempo fingí… sin embargo, de un par de años para acá Dios me ha permitido reencontrarme con Él de una hermosa manera y me ha dado unos ojos nuevos para leer la Biblia… me ha dado el privilegio de ver Su Palabra desde una nueva perspectiva, leyéndola no como un montón de historias aisladas, sino entretejidas con el hilo de la Redención, apuntando hacia Cristo… ¡y he podido acercarme a mi Padre aun más y entender que el plan de Dios era desde antes de los tiempos!

Como escribí hace unos días: Cuando entendí que no TENÍA que leer la Biblia, fue cuando disfruté leer la Biblia. Cuando entendí que no se trataba de mí y de mi fuerza de voluntad; sino de la misericordia de Dios para entablar una relación conmigo aunque soy pecadora. No es una obligación, es un privilegio… el privilegio de buscarlo diariamente y conversar con el Dios Todopoderoso… ¿cómo despreciar esa oportunidad?

Pues bueno, una de esas historias que he leído muchas, muchísimas veces, es la anunciación del nacimiento de Jesús… es más, no sólo la he leído, incluso la escuché muchas veces en la escuela, la recé en la escuela todos los días al medio día y seguro todos los años, alrededor de la Navidad, la oí, la leí o la vi en una película.

La leí nuevamente esta semana y me di cuenta de cosas que jamás había notado.

leerAl igual que todo su pueblo, María tenía esperanza en la promesa de un Mesías que rescataría a su nación y de pronto, el ángel Gabriel le anuncia que ahora ella tenía esa esperanza cumplida, albergando en su vientre. ¡Qué manera más radical de confirmar que el Dios en el que ella creía era un Dios real que cumple sus promesas! Y ahora yo puedo tener esa esperanza, y confiar en Sus promesas, porque Dios habita entre nosotros.

María demostró la duda humana que tan naturalmente viene a nuestras mentes y nos hace desconfiar de las promesas de Dios: “¿y esto cómo sucederá si…?” Y buscamos en nuestras habilidades y posibilidades la respuesta. ¡Pero no se trata de mí, ni de mi capacidad! Se trata de lo que Dios puede hacer y de lo que hizo: hacer posible lo imposible, dar a luz la esperanza y la salvación de este mundo perdido, la Verdad recostada en un pesebre, el poder del Altísimo y el Espíritu Santo habitando hoy entre nosotros.

También veo que la virginidad de María era su identidad, lo que le aseguraba una vida buena, tranquila y estable. Desde esa identidad fue que escuchó lo que Gabriel le anunció y por eso le preguntó: “¿cómo puede ser eso, si soy virgen?” Y entonces comprendió lo que sucedería después: su Hijo sería grande, pero ella ya no; ella entregó su reputación para que el propósito de Dios fuera cumplido.

¿Soy yo capaz de entregar mi identidad para que Dios sea glorificado? Y no significa que Dios me nulifique, sino que Él me despoja de mi identidad terrenal para poder darme una nueva identidad, hacerme una nueva criatura, no la mejor versión de mí misma, sino una versión totalmente nueva, mi identidad celestial. La identidad de María cambió de virgen a madre del Salvador, y aunque el mundo la juzgó, la avergonzó, la devaluó y la criticó, eso no cambió lo que Dios dijo y seguía diciendo de ella: muy favorecida…

Y yo también soy muy favorecida, pues he sido bendecida con toda bendición espiritual… pero a veces no quiero eso, sino aferrarme a mi identidad terrenal: buena esposa, buena madre, qué linda casa, qué rico cocinas, qué bien escribes, perfeccionista, intransigente, ordenada, responsable, egoísta… poco importa si son cualidades o defectos, virtudes o pecados… ¿cuál es mi identidad? ¿cuál es mi reputación? ¿soy capaz de entregarla para ser realmente quien Dios quiere que sea?

María entendió que Dios estaba cumpliendo Su propósito a través de ella y su temor y confusión se convirtieron en alabanza:

¡Le doy gracias a Dios
con todo mi corazón,
 y estoy alegre
porque él es mi Salvador!

 Dios tiene especial cuidado de mí,
que soy su humilde esclava.

Desde ahora todos me dirán:
“¡María, Dios te ha bendecido!”

El Dios todopoderoso ha hecho
grandes cosas conmigo.
¡Su nombre es santo!

Él nunca deja de amar
a todos los que lo adoran.

Le pido a Dios que esa sea mi oración y mi canto, y que cada día Su gracia y misericordia, me ayuden a descubrir Su Palabra, pero sobre todo, a vivirla…

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Para ti…

Mi amada Regi, mi preciosa, mi hermosa:

Mi corazón se desborda de alegría cuando veo hasta dónde Dios te ha traído; no puedo más que agradecerle por ser testigo en primera fila de las maravillas que Él ha hecho en tu vida.

Desde que fuiste concebida, Dios fue bueno conmigo y concedió mi anhelo de que fueras una niña… aunque en ese momento no alcancé a comprender todo lo que vendría encerrado en ese anhelo, pues a través de ti, he sido mágicamente bendecida; contigo en nuestra familia nunca ha faltado polvo de hada espolvoreado en los lugares más oscuros, notas musicales inundando los silencios más profundos y un montón de risas rompiendo la monotonía.

Ha sido hermoso verte crecer y verte brillar, verte descubrir todo aquello que eres capaz de hacer. Verte aprender, verte disfrutar, ver tu creatividad impregnando los rincones más simples y aburridos.

Me encanta ver cómo vas dejando atrás a la niña y comprobar día a día que eres una mujer que sabe lo que quiere y que va dando pasos por el camino que te está llevando a cumplir tus sueños.

Disfruto mucho los momentos que pasamos juntas, ya sea platicando, cantando, bailando, cocinando, viendo Netflix o simplemente acompañándonos en nuestras soledades, haciendo cada una lo suyo, pero sabiendo que la otra está ahí. Me cautiva nuestra armonía, nuestra amistad y nuestra complicidad.

Que cumplas 15 años coincide con una nueva etapa en tu vida que lleva consigo muchos retos, pero no dudo ni un momento que tienes todo lo necesario para enfrentarlo y para resplandecer en medio de cualquier situación.

Deseo que cada experiencia que vivas te acerque más a Dios, que nunca dudes de Su amor y que descubras todas las sorpresas que Él tiene para ti.

Anhelo que nunca dejes de aprender y de crecer, que lleves tu luz a todos los rincones que puedas y que tu sonrisa y tu mirada bendigan a mucha gente.

Que sepas bien quién eres y cuánto vales, que guardes tu corazón y tus pensamientos en Dios; que siempre estés dispuesta a ayudar a los demás y que encuentres felicidad y plenitud en los detalles más sencillos de la cotidianeidad.

Deseo que en todas las facetas de tu vida, llegues tan alto y tan lejos como quieras y que estés segura de que en el lugar en el que estés, eres feliz y estás cumpliendo con el diseño y el propósito con los que fuiste creada.

Y nunca dudes que este es tu hogar, tu familia, el lugar donde te amamos incondicionalmente, donde siempre encontrarás abrazos, besos, palabras de ánimo y una taza de té caliente (con la bolsita adentro y un chorrito de leche).

Quiero seguir creciendo contigo y descubrir todo lo bello que viene por delante, quiero reír contigo, llorar contigo, aprender contigo y disfrutar del inmenso privilegio que es escuchar tu voz cantando, riendo y diciéndome “mami”.

¡Feliz cumpleaños mi Regi, eres –simplemente- espectacular! Y yo, te amo infinitamente.

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¡¡¡Sooorpreeesaaaa!!!

Los que me conocen saben cuánto amo lo cotidiano,las actividades ordinarias del día a día, que a mi parecer, son las que nos forman, las que nos forjan, las que nos acercan más a Dios y en consecuencia, nos van haciendo -a veces de a poquito- más como Cristo.

A veces esa vida cotidiana se tiñe de dificultades, de circunstancias que no estaban en el plan, situaciones que nos agotan emocional y mentalmente. Hay incertidumbre y miedo, enojo, tristeza, cansancio, agobio. Pero también las adversidades de la vida revelan a Jesús de una manera en que nunca antes lo habíamos visto.

Y otras veces, lo cotidiano de la vida se rompe con un estallido de alegría y amor, que nos llena todos los huequitos del alma y nos hace sentir valiosos, bendecidos, plenamente queridos e infinitamente agradecidos.

Gracias Anna, por entender, por permitir, por compartir con nosotros y porque en estos días nos dejas disfrutar a quien tanto extrañamos. ¡Me hubiera encantado que estuvieras aquí!

Gracias Zaine, por no publicar nada en Facebook, aunque sé que te encanta y así ser cómplice de la sorpresa.

Gracias Iris y gracias Ollita por guardar el secreto.

Gracias Alex por ser el cómplice perfecto, porque una vez más, pude ver que eres leal y que tu amor se demuestra de maneras sencillas que van directo al corazón.

Gracias Fabi por prestarnos tu casa, por la valentía de recibir a un montón de adolescentes, por romper la rutina con tus chiquitos, por tu corazón de servicio y disposición, y por esas pláticas exprés que me regalas y que me recuerdan que eres muy especial para mí y que te amo un montón.

Gracias a los amigos de Regi por estar y a sus papás por confiar.

Gracias a Old Division por rockear con nosotros.

¡Y gracias, infinitas gracias a Claudio y a Gian por ser los tíos más espectaculares que pueden existir! Ustedes saben que una de las cosas que más llenan el corazón de un padre, es que otras personas amen a sus hijos… y las palabras no me alcanzan para agradecer todo el amor que tienen por Regi. Gracias por ser cómplices en esta increíble sorpresa, por planearlo a la distancia, por hacer algo tan especial y tan inolvidable.

¡Gracias por darnos un momento extraordinario y por llenar mi corazón de alegría y gratitud!

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Perspectiva

Si algo he aprendido a lo largo de estos años de ser madre –como en otros aspectos de mi vida- es que no se trata de mí, se trata de Dios. No soy yo quien merece las felicitaciones, porque es un trabajo que, en definitiva, no puedo hacer sola.

Desde que entendí esto, mi concepto de la maternidad ha cambiado.

tom-ezzatkhah-103592Como mamás, solemos llevar mucha carga en nuestros hombros. Nos gusta controlar todas las situaciones que tienen que ver con nuestros hijos, y aún en nuestras mejores intenciones, dejamos a Dios le lado, olvidando que nuestros hijos le pertenecen; y que hay cosas que nos corresponde hacer y otras que son exclusivamente terreno divino, obras que sólo Él puede hacer en los corazones de nuestros hijos.

¿Para qué vivir agobiadas y preocupadas si podemos descansar en las promesas que están en Su Palabra?

Y aun así insistimos. Queremos ser las protagonistas de las vidas de nuestros hijos, queremos llevarnos el mérito que no nos corresponde, y se nos olvida que ser madres es un regalo que Dios en Su misericordia nos ha otorgado.

Él sopló vida en nuestro vientre, Él fue guiando el embarazo, Él estuvo ahí durante el nacimiento y proveyó el alimento para que ese bebé creciera saludable.

Y a lo largo de la vida de cada uno de nuestros hijos, Dios ha estado ahí con ellos, guardándolos de lo que ni siquiera nos enteramos.

Somos simples colaboradoras de una obra eterna y sublime que va mucho más allá de nuestro entendimiento.

No es en mis fuerzas, ni por mis habilidades o capacidades, es porque Dios así lo quiso. Y ahí donde yo no puedo cuidar, supervisar, aconsejar… Dios sí puede. Porque Él es Dios y yo no.

Que Él nos dé gracia, amor y sabiduría para realizar día a día la tarea que Él nos ha encomendado. Que cuando nos sintamos inútiles, desesperadas y cansadas, podamos correr a Él y refugiarnos en Sus brazos de amor.

Que cuando estemos confundidas, abrumadas, ante un futuro incierto, enojadas o tristes, podamos recurrir a Su palabra y encontrar en ella consuelo y dirección.

Que tengamos bien claro que los hijos son prestados y que la mejor herencia que podemos darles es que amen a Dios –no porque los obligamos- sino porque es su propia convicción.

Que podamos ser ejemplo de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza.

Y que con un corazón sencillo y agradecido, sirvamos a Dios con nuestra maternidad.

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Propósitos para el Nuevo Año

Por conveniencia, los seres humanos hemos acomodado el tiempo en periodos y ciclos; y siempre que inicia uno nuevo, nos llenamos de esperanza y buenos propósitos, creyendo que el nuevo ciclo, por sí mismo, traerá cambios, buenos hábitos, dicha, fortuna y felicidad, salud, dinero y amor.

De un tiempo para acá, he entendido cabalmente, que el tiempo de Dios es muy diferente a mi tiempo, y que poco importa si es un nuevo año, un mes diferente, o lunes… la misericordia divina es nueva cada mañana y Su obra en mí se lleva a cabo no importando hora, momento o circunstancia. Si mi corazón está sintonizado con el de mi Padre, Él hará y Él perfeccionará día a día lo que Él inició en mí. No por mis méritos, no por mi eficiencia, no por mis sacrificios, sino por Su amor y por Su gracia en mi vida… ¿qué más necesito?

El año pasado trajo consigo muchas adversidades y tiempos difíciles, pero me dejó grandes aprendizajes y espero que mayor madurez. Durante el año pasado también se cumplieron sueños y pudimos disfrutar experiencias maravillosas que sólo habíamos vislumbrado en la lejanía.

Este año, sé que no pinta bien. Estamos inmersos en una atmósfera viciada, en medio de corrupción, de desilusión, de desesperanza, podemos llegar a sentir que la oscuridad nos abruma, que las malas noticias nos asfixian… pero yo he decidido creer, he decidido confiar en Aquel que jamás me ha dejado, que nunca me ha defraudado y que me ha sostenido aun desde antes de nacer. Espero en Él y sé que Sus planes y propósitos son más grandes y sublimes de lo que mis ojos naturales pueden ver. Descanso en Él, en Su paz que sobrepasa mi entendimiento, confío en que estoy bajo la protección de Su abrazo y vivo cada día con alegría, haciendo con gozo y dedicación lo que me corresponde hacer.

Busco de manera intencional, tener tiempos con Dios, leer Su palabra y meditar en ella, platicar con mi Padre todos los días, agradecerle porque me acepta como estoy, y descubriendo día a día en la Biblia, quien verdaderamente soy: aceptada, adoptada, amada, redimida, perdonada, santa, nueva, hechura suya…

Todo lo que hago, lo hago para Él, sabiendo que lo más cotidiano y lo más mundano, puede ser alabanza para Él. Consciente de aquello de lo que vivo convencida: es en mi vida diaria que Dios habla y que Dios hace, ahí en el tráfico, en el supermercado, mientras doblo ropa, con mis compañeros de trabajo, dando la clase de repostería… ahí sirvo, ahí aprendo, ahí vivo, ahí me corresponde sentirme plena, satisfecha, completa… porque mi plenitud no viene de afuera, viene de Aquel que me creó y que conoce profunda e íntimamente mi corazón.

Le pido a Dios todos los días que me ayude a ser la esposa que mi esposo necesita, la madre que mis hijos necesitan; que Él me dé fuerza y sabiduría para desempeñar mis diferentes roles, pero sobre todo, que sea una mujer de la que Él esté orgulloso, de la que Él pueda decir que le complace y que mi corazón late al mismo ritmo que Su corazón.

Que pueda tener la convicción y la voluntad de cuidar mi cuerpo, de alimentarlo saludablemente, de hidratarlo, de ejercitarlo, de optar por la prevención; porque aunque es el estuche corruptible que abandonaré algún día; por el momento es el instrumento que Dios me ha dado para conocerle y servirle, y como tal, quiero cuidarlo y mantenerlo saludable.

Que mi corazón esté cerca del corazón de Dios; que conozca Su Verdad, para erradicar todas las mentiras que bombardean mi mente; que nunca dude que Su gracia me sostiene y que todo es de Él, por Él y para Él.

 

 

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La Madre Perfecta

De la maternidad se ha dicho tanto y de tan diversas maneras. Unos han hablado del amor incondicional de las madres, otros han dicho que somos ángeles que Dios envía a la Tierra para cuidar de sus hijos, se nos mitifica, se nos santifica, se nos beatifica (como si no hubiéramos hecho lo que hicimos para ser lo que somos). Se nos ha descrito como mujeres abnegadas, entregadas, sufridas, sacrificadas y cursis, dadoras de vida que se han convertido en ceros a la izquierda con tal de que sus hijos salgan adelante y lleguen a ser lo que ahora son.

¿Y si no? ¿Si en realidad no somos todo eso? ¿Si en realidad yo no soy todo eso?

Porque la verdad es que a veces mi amor no es tan incondicional, en ocasiones anhelo que mis hijos me digan “muchas gracias mami por levantarte todos los días a las seis de la mañana para prepararme el desayuno”. Espero algo a cambio, así que me falta mucho para amar sin condiciones. Porque cuando les repito una y otra vez la misma cosa y aún así me desobedecen; eso del amor incondicional nomás no se me da.

No soy ningún ángel que Dios envió a la Tierra para juntar las manitas de mis hijos y enseñarlos a rezar, ni para desenvainar la espada ante cualquier injusticia cometida contra ellos. Soy solo una mujer con múltiples defectos, simple mortal, que se cansa, que se irrita, que se desespera, que no tiene todas las respuestas, ni todas las soluciones.

No soy santa, no soy indestructible y para nada quiero ser abnegada y sacrificada.

No me gusta interrumpir mi sueño y levantarme de madrugada a dar una medicina; no me gusta dejar inconclusa la plática con mis amigas y salir a las carreras del restaurante donde estaba desayunando con ellas para llegar a tiempo al colegio y recoger a mis hijos; no me gusta comprar en el súper galletas, postres y frituras que yo no me puedo comer; no me gusta ver la película que no quiero ver, pero la veo porque es la única disponible en el horario en que alguien puede cuidar a mis hijos mientras yo salgo con mi esposo. Definitivamente no soy ni abnegada, ni sufrida, ni sacrificada.

No soy esa madre de los poemas de las tarjetas de felicitación; no soy una madre perfecta y gracias a Dios que no lo soy porque ¿Cómo me aguantarían mis hijos si fuera perfecta? ¿Cómo convivirían con alguien capaz de resolver todos sus problemas? ¿Qué harían con una madre tan fuerte y estable que nunca se enojara, con una madre que no tuviera errores y que no pidiera perdón cuando se equivoca?

Prefiero ser una madre imperfecta y vulnerable.

No aprendí a ser madre ni instantánea, ni instintivamente. He crecido junto con mis hijos, he cambiado, mutado y florecido a través de cada etapa. He comprendido que los hijos no son propios, que llegará el último día en que estarán bajo mi techo y los tendré que dejar ir.

He reído con ellos, he llorado con ellos y a causa de ellos. Me he enojado, los he corregido, los he regañado, les he gritado… y después, cuando están dormidos, he entrado en silencio a sus cuartos y les he dado un beso en la frente.

Sigo aprendiendo a ser esa madre imperfecta y frágil, que está tejiendo las alas que les daré a mis hijos para que puedan volar, para que puedan ser independientes, para que puedan enfrentarse a cualquier circunstancia.

Muchas veces me he sentido culpable por no ser esa madre intachable e irreprensible, por no ejercer mi maternidad con absoluta entrega e incondicionalidad.

Pero también he aprendido a deshacerme de esa culpa, disolverla, enterrarla y entender que no soy la madre perfecta, pero que sin duda soy para mis hijos, la adecuada, la más inteligente, la más tierna, la más bella… simplemente ¡la mejor!

Así como tú eres la mejor madre para tus hijos.

 

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Mind the Gap

Todo el que ha viajado en el metro de Londres está familiarizado con esta expresión. Unos momentos antes de llegar a cualquier estación, se escucha la peculiar grabación: “mind the gap between the train and the plataform“, la cual advierte a los usuarios de poner atención a la separación o hueco que existe entre el tren y la plataforma.

Esta frase es tan característica y famosa, que se ha convertido en un símbolo del transporte de Londres y en un elemento turístico más de la ciudad.  La frase puede leerse en playeras, sudaderas, llaveros, tazas y un sinnúmero de souvenirs.

En nuestro reciente viaje a Londres usamos todos los días el metro, varias ocasiones al día, por lo cual escuchamos la advertencia un montón de veces y se convirtió en una broma entre nosotros.

Cuando entramos a nuestra habitación del hotel, vimos tres camas: dos “individuales” y una “matrimonial”. Y lo entrecomillo porque en realidad las camas “individuales” eran mucho más estrechas que una cama individual como la conocemos y la cama “matrimonial” en realidad era dos de esas camitas pegadas, por lo tanto, a la hora de dormir, entre mis esposo y yo quedaba una separación que nos impedía abrazarnos o dormir de cucharita , pues si uno de los dos se quedaba acostado en el hueco, corríamos el riesgo de que las camas se separaran y uno de los dos cayera al suelo. Así que antes de dormir, no sólo nos dábamos un beso y nos decíamos “buenas noches”, sino también “mind the gap”.

Fue entonces cuando pensé en escribir esta entrada.metro

A lo largo de los años, pueden presentarse muchas y diversas situaciones que crean huecos o separaciones entre los cónyuges; muchas de ellas pasan desapercibidas porque son cosas buenas que debemos estar haciendo, otras forman parte de la vida cotidiana y llega un momento en que estamos tan acostumbrados e inmersos en ellas, que ni siquiera las percibimos, pero poco a poco nos van separando hasta llevar vidas paralelas.

Puede ser que cada uno se esté enfocando demasiado en las las actividades que tiene que hacer: el trabajo, las labores del hogar, el cuidado de los hijos, etc. O ambos se han involucrado en tantas actividades que queda poco tiempo para convivir en pareja, pues terminan agotados, sin fuerzas ni ganas de platicar o ponerse romántico. Permitir que nos distraigan otras cosas como la televisión y el celular, dejando que el tiempo se nos escape de las manos y que pase otro día más sin comunicarnos… VERDADERAMENTE comunicarnos.

Sería muy conveniente que en cuanto nuestro cerebro notara que nos hemos separado un poquito más de nuestro cónyuge, activara una grabación que dijera “mind the gap between you and your spouse“. Pero como no la hay, el trabajo nos corresponde a ambos: ir contracorriente de la rutina y el cansancio fomentando la atención, los detalles, el romanticismo, la comunicación… día a día y a cada momento.

Decir “buenos días”, “gracias”, “te amo”, llamar o mandar un mensajito, avisar donde estás, agendar citas, salir a caminar, tomarse la mano, escaparse aunque sea una noche, orar juntos. Besarse, abrazarse, tocarse, ser marido y mujer y no sólo roomies. Reírse, bromear, jugar, ser cómplices. Escribirse cartitas o recaditos, acurrucarse, escuchar, darse regalitos y sorpresas con motivo o sin motivo, aprender algo juntos y aprender uno del otro…

El matrimonio es una relación en la que se tiene trabajar a diario, en las que muchas veces se decide amar porque no se siente. Hay que cuidar al otro y poner al otro sobre las necesidades de uno mismo. El otro tiene que saberse amado, valorado, admirado y respetado… saber que estamos poniendo atención y que no dejaremos que se genere una separación.

MIND THE GAP!!

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Al Otro Lado del Mundo

Los tiempos de Dios son perfectos, aunque a veces creamos lo contrario. Él tiene nuestra vida en Sus manos y sabe porque hace cada cosa. Él conoce nuestros corazones y sabe exactamente lo que necesitamos. Nada se sale de Su control, nada sucede por casualidad; toda circunstancia tiene una razón de ser, la entendamos o no.

Todo proviene de Él, todo es para Él, y ante cada situación en mi vida, no puedo más que afirmar que Dios es bueno y que –como alguien canta por ahí- “no entiendo la razón de tanto amor derrochado… ¿quién soy yo, para que Tú me hayas amado?”

Junio y julio fueron meses difíciles, tanto física como emocionalmente. Después del episodio de la piedra en el riñón y todo lo que eso implicó, tuve salmonela… dos veces. Fueron varias semanas en las que tuve que dejar de hacer varias cosas porque simplemente no tenía la fuerza para hacerlas. Tuve varios días de dolor físico y malestar, acompañados de dolor emocional, de cansancio, de tristeza y enojo por no poder llevar el ritmo normal de mi vida, por no poder retomar mis actividades tan pronto como quisiera. Cansada de estar cansada, de no sentirme al 100% y de tener la sensación de que estaba dejando huecos por todos lados.

Y conforme pasaban los días, me invadía la impresión de ir contra reloj, de saber que me esperaba un viaje largo y muy especial, y en vez de estar contenta, estaba angustiada por no saber si iba a estar recuperada para el momento de emprender la aventura… “tengo que empacar maletas para 15 días y no tengo ánimo de levantarme de la cama porque tengo náuseas, todo me duele y tengo fiebre”.

Sin afán de hacerle a la sicóloga, pero sí aprendiendo a conocerme a lo largo de los años, me he dado cuenta, yo solita o con ayuda de mi esposo, que viajar era todo un asunto pendiente para mí. Viajar no era prioritario en mi familia cuando yo era niña, no se planeaban vacaciones ni aquí cerquita ni mucho menos lejos. Los viajes se realizaban porque detrás había otras circunstancias, no simplemente por el placer de viajar. Sumémosle, además, que a lo largo de mi vida me he mudado 15 veces y que por lo tanto, mi casa es el lugar donde me siento más contenta, más segura y, por supuesto, más en control. En cambio, mi esposo creció en un hogar donde viajar era prioritario, tanto, que pocos fueron los cursos escolares a los que llegó puntualmente, pues se iban a vacacionar cuando la temporada alta terminaba; hacían largos viajes en carretera y se lanzaban a la aventura: entre más inhóspito y virgen fuera el lugar mucho mejor, y si en medio de la travesía resultaba que podían ir más lejos y conocer otros lugares, o simplemente se la estaban pasando bomba y decidían quedarse más días, lo hacían sin ninguna pena ni preocupación.

Viajar no era importante ni divertido para mí, pero me casé con un hombre al que le encanta viajar, para el que las vacaciones empiezan desde que piensa a dónde le gustaría ir y él me ha enseñado a disfrutar los viajes, a darme cuenta que más o menos tres días antes de irnos traigo un humor de perros porque estoy estresada con la empacada y con la idea de dejar mi casa… pero he aprendido a disfrutar, a descubrir qué cosas puedo hacer para sentirme más tranquila antes y durante del viaje; he aprendido a disfrutar cada momento y cada día de las vacaciones. Y durante ellas, he dejado de pensar en todo lo que tengo que hacer a nuestro regreso. He descubierto que viajar es la manera más maravillosa de aprender, de convivir con la familia, de conocer a otros y a uno mismo, de generar recuerdos y atesorar momentos, de quitarse los miedos y de descubrir tus propias fortalezas, de abrir tu corazón y tu mente, de alimentar el alma…

Cuatro días antes del viaje, y después de que un médico me mandó un acertadísimo tratamiento, tenía yo todo el ánimo y las fuerzas físicas para empacar maletas y cruzar el Océano Atlántico para realizar un viaje que habíamos soñado desde hace mucho tiempo atrás y que las circunstancias fueron colocando para este 2016, en vez del 2017, como mucho tiempo lo pensamos. También pensamos que haríamos un tour organizado por una agencia de viajes, y después, poco a poco, todo nos llevó a decidir por solo dos ciudades: París y Londres, y organizarlo todo por nosotros mismos.

Fueron meses de ahorro y planeación, de investigación, de ver mapas, rutas, de comprar boletos on-line (este es el viaje en que más involucrada he estado en su planeación), de descubrir un montón de cosas que pueden hacerse tanto en Londres como en París, además de subirse al London Eye o a la Torre Eiffel.

Y como todo tiempo que pasa, este tiempo también pasó y llegó el día de treparnos al avión y hacer el vuelo de 11 horas, y de ser conscientes de que nunca habíamos ido tan lejos, y de que qué emoción, pero también qué miedo… pero lo hicimos, y volamos, y llegamos a París, y finalmente respirar otro aire, ver otros colores, escuchar otras voces, asomarte por las ventanas del taxi y darte cuenta que no has dejado de sonreír desde que te subiste. Descubrir que la gente es mucho más amable de lo que los mitos dicen, que hacen lo posible por entenderte y por ayudarte cuando te ven batallando con un idioma que medio repasaste en Duolingo, y darte cuenta que sí, que sí es cierto que somos más los seres humanos que queremos un mundo en paz y sin fronteras (que en Europa cada vez están más difuminadas) y que en las mesas de los cafés, conviven tantas razas, tantas culturas, tantas creencias y tantos acentos.

Conocer la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo, el L’ouvre, el Museo Rodin, los Champs Elysees, Notre Dame, navegar por el Sena, subir y bajar los escalones de Sacre Cœur, comer crepes y croissants… pero también subirte al metro y ver a los parisinos que van a trabajar, que salen a pasear a sus bebés en sus carriolas; caminar por las calles; comprar baguettes y quesos y hacer un picnic en Trocadero; tomar una clase de repostería y aprender cosas que no sabías; recorrer el tianguis que se pone los martes en el camellón que está enfrente de tu hotel y comprar un euro de ciruelas y 50 centavos de uvas codo con codo con las señoras que salieron a hacer su mandado; comer kebabs y entenderte a señas y sonrisas con los ¿turcos? que los preparan; encontrar un lugarcito encantador y a buen precio para comer casi todos los días y que tu mesera te dé clases de francés. Eso también es París, un París sin prisas y sin multitudes.

París me quitó el miedo de acercarme y preguntar, me quitó el miedo de hablar mal un idioma, pero me dio la satisfacción de entenderlo. Me dio el valor de salir, de disfrutar cada momento, cada minuto, de saber que tengo la habilidad de entender una ciudad totalmente diferente a la ciudad donde vivo, pero que puedo adaptarme y moverme, y llegar de un lado a otro. Vivir el presente y reírme, y si es necesario, cambiar el plan o la ruta, porque una cosa es la que ves en Google Maps y en Trip Advisor y otra muy distinta caminar las calles, transbordar en el metro y vivir la experiencia, sentir a la gente, guardar cada vivencia en tu corazón más que en tu cámara o en tu diario.

Volar de París a Londres y en el aeropuerto tomar un autobús que, después de cinco horas, te llevará a Leeds. Y en esa ciudad, ser recibidos por grandes amigos, unos que conocías y otros que nunca habías visto en tu vida, pero que gustosos aceptaron acogerte en su casa y hacerte sentir amado y bienvenido. Comer fish and chips en Inglaterra y constatar que sí, que todo es, se siente y se escucha como lo viste en la BBC. Organizar un picnic a un precioso lugar, donde habitan árboles, un río, rocas, ruinas de una abadía y el pasto más verde que he visto en mi vida… y yo sin entender porque seguían preparando todo para un día al aire libre si había amanecido lloviendo y no había dejado de llover… y después de 30 minutos de camino, llegamos y seguía lloviendo y así nos bajamos del auto, y salieron de las cajuelas los impermeables y los paraguas, y empezamos a caminar… y todos estaban felices, porque estábamos juntos, porque a pesar de la distancia y la diferencia de idioma y de cultura, Cristo nos ha hecho familia y eso era lo más valioso e importante y hermoso de ese momento y porque ese momento me dejó una de las lecciones más increíbles en mi vida. “Si estas personas esperaran a que mejorara el clima para salir al parque con sus hijos, para hacer un día de campo, para hacer ejercicio o andar en bicicleta, jamás lo harían… eso es lo que hay, eso es lo que tienen, y han aprendido a vivir así, a adaptarse a ello y a ser felices. ¿Cuántas veces esperamos el momento perfecto para hacer lo que sea, y posponemos planes, sueños y retos porque no estamos preparados, porque las circunstancias no son las más favorables?” Después de un rato caminando a la orilla del río, dejó de llover y salió el sol… y después llovió otra vez… y luego salió el sol… y soplaba un viento frío… pero la vida también es así y hay que vivirla y aprovechar cada momento para cumplir el propósito por el cual estamos en esta Tierra.

Y después de tanto amor y de tantas atenciones de nuestra familia en Leeds, emprender el regreso a Londres y de inmediato sentir un nuevo ritmo, un nuevo color, un nuevo ambiente, pero también una nueva magia. Y nos cerraron una línea del metro y ahora hay que adaptarse y cambiar rutas y aprender a usar este sistema que en un inicio es súper confuso, pero que después de un par de días aprendes a usar sin problema. Y llenarnos de experiencias y recuerdos. Caminar por el Portobello Road Market en Notting Hill (sí, el que sale en la película de Julia Roberts), usar todos los días la estación Paddington (donde encontraron al osito peruano), salir de la estación del metro y ver el Big Ben en todo su esplendor, navegar por el Río Támesis, entrar al Parlamento, al Palacio de Buckingham y al Palacio de Kensington, recorrer la Abadía de Westminster y participar en un minuto de oración, durante el cual los cientos de visitantes guardan silencio e interrumpen su caminar. Aprender a hornear bocadillos para la hora del té y terminar hablando con la maestra de la bonita tradición de la sobremesa. Subir al London Eye, utilizar los double deckers para transportarnos y maravillarnos y extrañarnos con el sentido de las calles y los autos “al revés”. Ir a la tienda original de Twinings, donde empezó a vender té el Sr. Thomas Twining por ahí de 1717 y volvernos –como en mucho de nuestros viajes- traficantes de té. Caminar por Picadilly, disfrutar de las tiendas y mercados de artesanías en Covent Garden, ir a uno de los tantos teatros que hay en Londres y llorar con los Miserables.

Y tantos momentos y tantas experiencias que hacen latir el corazón más rápido y que hacen saltar las lágrimas. Imágenes que no crees que estás viendo, lugares que nunca creíste pisar. Pero sobre todo el sueño cumplido, ver que día a día tus planes se hacen realidad, que subes y bajas, que te cansas, que quieres conocer todo lo que puedas en los pocos días que tienes y hacerlo parte de ti. Que finalmente al vacacionar en ciudades, de una manera u otra entras al ritmo de la gente que vive ahí, que trabaja ahí, que también sale a comprar, a andar en bici, a disfrutar de esos momentos en que sale el sol, que va a la farmacia o que queda en un café con sus amigos después de una ardua jornada laboral.

Y a pesar de que no fue un viaje de descanso, para mí fue un oasis, un respiro… después de varias semanas difíciles, de dolor, de incertidumbre, de cuestionamientos, llegaron dos semanas de vivir lo extraordinario, un montón de días para estar solamente con mi familia, para escucharnos, para reírnos, para asombrarnos juntos. Dos semanas de estar literalmente alejada de la rutina, de lo cotidiano, de lo conocido… y darme cuenta de que no se trata del entorno, sino de lo que tengo en el corazón, de lo que he ido aprendiendo, de la madurez que he ido acumulando, de lo que he permitido hacer a Dios en mi vida, es todo eso lo que me hace feliz, lo que me da paz, lo que me hace saber que estoy segura –ya sea del otro lado del mundo, o como en este instante, sentada a la mesa de mi cocina-. Este viaje fue un alto para renovar mi agradecimiento con Dios porque ha sido infinita, inconmensurable e incomprensiblemente bueno conmigo. Sé perfectamente que Su bendición va mucho más allá de lo material, pero también puedo ver Su bondad y Su amor cuando nos permite disfrutar este tipo de experiencias.

Y agradecida con mi esposo porque trabajó arduamente no sólo para tener los medios para hacer este viaje, sino invirtiendo horas y horas de investigación en su planeación, pero sobre todo porque me ha escogido como compañera de viajes y porque me ha enseñado a disfrutarlos al máximo, a vivirlos, a estar presente en cada momento y en cada lugar, porque ha comprendido mis miedos, mis paranoias y mis manías y hace todo lo posible y lo imposible para que un cuarto de hotel sea mi hogar por los días que estemos ahí. Porque en este viaje en particular, procuró que cada uno tuviéramos experiencias únicas que guardaremos en nuestro corazón por siempre. ¡Eres el mejor planeador de viajes, pero sobre todo, eres el mejor padre y el mejor esposo!

Puedo ver este viaje como un puente por el cual atravesé para dejar atrás muchas cosas no tan buenas, pero que era necesario vivir, para poder llegar a lo que viene con un corazón abierto y enseñable. Buenas cosas están por venir y aún esta pausa ha sido buena. En todo momento, Dios ha estado conmigo y es tan maravilloso, que me ha dejado verlo  donde menos lo pensé… ahí en lo más oscuro, Él estuvo. Aun sintiéndome rota y confundida, ahí ha estado Él. Y aquí a la expectativa, anhelante de lo que vendrá… Él también está.

 

 

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Una Piedra en el Camino

Pebble-Art-Garden-Woohome-2En junio de 1998, tuve un episodio muy doloroso, consecuencia del descenso de un cálculo renal. Después de estar varias horas en Urgencias, elucubrando a qué se debía el dolor, una placa de rayos X donde se podía ver la piedra, una urografía excretora (que hizo que arrojara la piedra) y una noche hospitalizada, regresé a casa con la indicación de tomar mucha agua (porque no hay nada más qué hacer) y creyendo que sería un episodio único.

Pero en 2001, después de tres años de no tomar mucha agua, ni de llevar ningún tipo de control, de tomar todo el calcio que me mandaron en el embarazo, de someterme a una dieta en la tomaba agua mineral diariamente, regresé a Urgencias con muchísimo dolor. Esa vez la piedra (cálculo, lito) se quedó atorada y tuvieron que hacerme una cistoscopía y me colocaron un catéter que traje durante tres o cuatro meses, aprovechando para hacerme una o dos litotripsias, ya que las placas de rayos X evidenciaron que había más cálculos en mis riñones.

Empecé a tomar mucha agua, dejé de tomar refrescos e hice algunos cambios en mi dieta.

Por ahí de 2006, me hicieron un estudio que no tenía nada que ver con este padecimiento, pero en las imágenes podían verse los litos en mis riñones. El médico radiólogo me dio también esa información y se sorprendió de que yo ya lo supiera y nunca hubiera ido con un endocrinólogo, pues la glándula paratiroides es la encargada de la absorción de calcio en nuestro cuerpo, y la presencia de cálculos renales en ambos riñones es evidencia de un mal funcionamiento de la misma.

Así que por casi dos años estuve yendo al endocrinólogo y sometiéndome a diversos y múltiples estudios para revisar el funcionamiento de mi glándula paratiroides, la cual, cabe decir, funciona perfectamente. Hay muchos síntomas además de los cálculos renales, que evidencian una paratiroides enferma, y jamás he presentado ninguno de esos síntomas, ni los resultados de los estudios eran contundentes para diagnosticar un hipo o hiperparatiroidismo. El diagnóstico fue que por herencia (sabrá Dios de quién), por predisposición o simplemente porque sí, mi cuerpo hace piedras.

En junio de 2008, presenté nuevamente dolores muy fuertes, otra piedra atorada, otra cistoscopía y otro catéter. Aunque en esa ocasión sólo lo tuve por unas cuantas semanas. En esa ocasión se mandó a analizar el cálculo, confirmando que estaba totalmente formado de calcio. Por alguna razón que desconocemos, el calcio que llega a mi cuerpo no es absorbido por éste en su totalidad, esos cristales de calcio se van en la orina, se quedan en los riñones y se juntan unos con otros, formando pequeñas piedritas que son los cálculos renales.

En junio de 2013, empecé con dolores similares a los que había tenido las veces anteriores, pero mucho más leves. Me hicieron un ultrasonido y una tomografía con medio de contraste y se veía un lito aún en el riñón, pero muy cerquita de la salida hacia el uretero. Estuve tomando medicamento y no pasó a mayores, salvo que ocasionalmente a lo largo de estos tres años, volvía a sentir ese dolor leve, y ya tan conocido del cólico renal.

Hace unas semanas, ese dolor se intensificó, pero seguía siendo tolerable. Más que intensificarse, se hizo más constante y se convirtió en un dolor de todos los días. Así que me hicieron un ultrasonido y una placa de rayos X en la que aparecía un cálculo en la vía urinaria ya muy cerca de la vejiga. De alguna manera bajó, pero no se atoró, lo cual ocasionaba dolor, pero no tan intenso. Me hicieron otra tomografía con contraste para definir mejor la localización e identificación del lito (por el lugar en donde estaba no se apreciaba bien si era cálculo o no), pero al final resultó que sí lo era. Por prevención y para evitar una obstrucción total del uretero, una intervención de emergencia o una infección en el riñón, decidimos hacer otra cistoscopía… nada más que cuando la hicieron ¡ya no había piedra!… aunque sí los rastros de que había pasado por ahí: sangre y  arena… por lo que decidieron poner el catéter (que es molesto y doloroso), para ayudar a la recuperación del uretero, a desinflamar y a evitar una infección. El martes pasado retiraron el catéter y estoy casi como nueva.

Desde 2011 he hecho cambios en mis hábitos alimenticios, y lo que hice al inicio para perder peso, ha sido también benéfico para esta condición de mi cuerpo. Tengo cálculos en ambos riñones, pero sé que si no hubiera realizado esos cambios en mi alimentación,  podrían ser más y dar más lata.

En fin, que a lo largo de todo este proceso que lleva ya 18 años, siempre he recibido muchos comentarios bien intencionados que tienen como propósito eliminar las piedras de mis riñones y abolir de una vez por todas tan molesto mal. Algunos comentarios tienen que ver con la oración, con la fe, con creer, con declarar mi sanidad, con hacer mía la sanidad que Jesucristo ganó por mí en la cruz… Los otros comentarios tienen que ver con tés milagrosos de raíces, de cola de caballo, de pelos de elote, de piña, de palo azul y una larga lista de etcéteras, que la verdad, me da mucho miedo tomar, porque natural no quiere decir inocuo y quién sabe qué repercusiones puedan tener ese tipo de hierbas en mi organismo.

Nunca antes, hasta este último episodio, me puse a meditar y reflexionar en cuál es el propósito de Dios en todo esto. Los primeros días de mi convalecencia, con el catéter invadiendo mi cuerpo, mi cuerpo tratando de asimilar que ese objeto extraño estaba ahí para ayudar, no para lastimar; con mucho dolor y molestias, pensé frustrada en que esto es un cuento de nunca acabar, y que aunque yo haga todo lo que está en mi mano para evitar que los cristales se unan formando litos (disminuyendo la ingesta de calcio, aumentando la ingesta de cítricos y visitando al urólogo cada seis meses y no sólo al presentar molestias; todo lo cual hago y seguiré haciendo sin dudarlo), es muy probable que éstos se seguirán formando porque mi cuerpo es así.

Primero fue una queja, una respuesta a mi frustración, pero poco a poco fue tornándose en aceptación y en total confianza en el Dios que tiene todo, absolutamente todo, en Sus manos. Así lo escribí al inicio de la semana: “Pero sobre todo, constatar y saber y comprender una y otra vez que, en medio de cualquier circunstancia, Dios está en control y Él es soberano. Que soy Su creación perfecta y que mi cuerpo funciona de acuerdo a Su increíble diseño. Que los aguijones en la carne también tienen propósitos sublimes y que mi vida está toda en Sus manos. Que el dolor humaniza y me hace consciente de mi vulnerabilidad, de mi dependencia, de mi condición… y es justo esa condición, esa imperfección la que me llena de esperanza; porque gracias a Dios, no depende de mí, ni es en mis fuerzas, sino por Su gracia y por Su sacrificio. Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe en el Hijo de Dios. Él tiene pensamientos de bien para mí y un propósito eterno que ni siquiera puedo imaginar. ¡Él es bueno!”

Y entonces volví a leerlo, y resaltó eso de los aguijones en la carne. Y me fui a 2 Corintios 12:7-10, y lo leí en diferentes versiones y me puse a estudiar y profundizar un poco más en esta porción de la Biblia. Pablo tenía muchas razones por las cuales gloriarse, a lo largo de esta segunda carta que escribió a la iglesia que estaba en Corinto, explica varias de ellas y defiende su ministerio. No le gusta estar hablando bien de sí mismo, sin embargo, a causa de maestros falsos que pusieron en duda el ministerio de Pablo y lo que él predicaba, tuvo que ponerse en esa situación. Antes de llegar a la parte del aguijón, Pablo hace referencia a las revelaciones y visiones que Dios le ha dado (no hace énfasis ni en las visiones, ni en las revelaciones, era algo personal) y luego dice (en la Traducción al Lenguaje Actual): Claro que hablar bien de mí no sería una locura, porque estaría diciendo la verdad. Pero no lo voy a hacer, porque no quiero que, sólo por las cosas que hago o digo, o por las cosas maravillosas que Dios me ha mostrado, alguien piense que soy más importante de lo que en realidad soy. Por eso, para que no me llene de orgullo, padezco de algo muy grave. Es como si Satanás me clavara una espina en el cuerpo para hacerme sufrir. 

Dios sabía que Pablo corría el riesgo de creerse mucho, y para que esto no sucediera, permite que tenga un aguijón en la carne, un dolor, una molestia… la Biblia no especifica de qué se trataba, unos dicen que era una enfermedad, más específicamente una enfermedad en sus ojos. Otros dicen que eran molestias de las secuelas que habían dejado en él las veces que fue apedreado, otros dicen que se refiere a alguna(s) persona(s), a alguna aflicción emocional o a alguna tentación. Yo pienso que si la Biblia no lo especifica, es porque todos tenemos un aguijón en la carne y sea cual sea éste, podemos identificarnos con Pablo y aprender de él.

Dios en Su amor y soberanía, mantiene mi vida balanceada; sabe equilibrar mis bendiciones con mis dificultades y pruebas, porque de esa manera trabaja en mi carácter y me hace madurar. A través del dolor y de este padecimiento, Él edifica mi vida y me mantiene lejos del orgullo, de la autosuficiencia y de la necesidad de controlar todo lo que me rodea.

Yo puedo pensar que ese aguijón me está destruyendo, o me está haciendo sufrir, pero Dios usa ese aguijón para mantenerme cerca de Él, para hacerme más parecida a Él, para que yo tenga una relación más estrecha con Él a través de la cual Él pueda tratar conmigo, trabajar en las áreas que necesitan ser perfeccionadas; porque también creo, como dice Romanos 8:28, que Dios dispone todo para el bien de los que le aman… y todo, incluye también ese aguijón (cabe mencionar que la palabra original para aguijón, hace referencia a una estaca de 45 centímetros que en ese entonces se usaba para fijar las tiendas al suelo) y ese aguijón también hace de mí una mujer más acorde al corazón de Dios, más apta para darle la gloria a Él.

Luego Pablo dice que le ha rogado tres veces a Dios para que quite de Él ese aguijón. Rogado, no declarado, ni decretado, ni reclamado. Jesús también rogó tres veces al Padre en Getsemaní. Ambos supeditaron su voluntad a la voluntad de Dios, enseñándonos obediencia y sumisión a Dios. Y para ambos, la respuesta fue “no”.

¿Y sabes? Hubo un tiempo en que yo también le pedí a Dios que me quitara los cálculos, que los disolviera, que los desapareciera… y no lo ha hecho… pero eso no me hace pensar que Él no me ama, o que me está castigando por algo; simplemente me hace convencerme más de que el propósito que Él tiene para mí va mucho más allá de mi comodidad temporal y que lo que Él quiere hacer en mi vida y a través de mi vida es eterno. Después de este cuarto encuentro con un cálculo, puedo escuchar muy claramente el “no” de Dios y siento una absoluta paz. Porque sé que no tiene nada que ver con falta de fe, o con no creer que Dios quiere mi bienestar… solamente que es muy posible que el concepto que Dios tiene de bienestar, es muy distinto al que yo, o al que la gente bien intencionada que me recomienda tés milagrosos tenemos.

Y el “no” de Dios me llena de paz, porque ahí no termina. En tres ocasiones distintas, le supliqué al Señor que me la quitara. Cada vez él me dijo: «Mi gracia es todo lo que necesitas; mi poder actúa mejor en la debilidad». Así que ahora me alegra jactarme de mis debilidades, para que el poder de Cristo pueda actuar a través de mí.” Te dejo el aguijón porque quiero que constates que mi gracia es suficiente, que todo lo que necesitas es mi gracia. Como alguna vez escuché de mi pastor: “No voy a quitar la montaña,  pero te voy a enseñar a escalarla, y te voy a dar la fortaleza que necesitas para escalarla”.

Es muy probable que si Dios me quitara las piedras, yo pensaría que todo en mi vida es tan maravilloso, que no necesito de Él; que yo soy lo suficientemente buena y apta para dirigir mi vida como me da la gana, totalmente independiente de mi Dios. Es mi vulnerabilidad y mi debilidad la que me mantienen cerca del Padre, tomada de Su mano… así como las ramas se aferran a la Vid, porque lejos de ella mueren y no pueden dar fruto.

¿Qué actitud tengo entonces ante mi aguijón? ¿Estoy amargada, quejándome todo el tiempo de él o puedo verlo como un instrumento que Dios usa para mantenerme cerca de Él?

Dios usa mis debilidades para manifestar Su poder en mi vida de maneras que no podría hacerlo si todo marchara perfecto y sin problemas. Mis debilidades evidencian el poder de Dios y hacen brillar Su gloria con más esplendor.

Lo natural es que quiera evitar el dolor, no pasar por el sufrimiento, ni por la incertidumbre, salirme por la puerta fácil. Pero Dios quiere trabajar en mí, en todo aquello que permanecerá por la eternidad; y este cuerpo imperfecto y deteriorado, no es para la eternidad. Él tiene para mí un propósito mayor y más bello, a mí sólo me queda confiar en Su poder  y abrazar Su voluntad; valorar Su gracia y comprobar cómo Su poder se manifiesta en medio de mi debilidad y mi total dependencia a mi Señor.

Y aunque Dios no me muestre claramente Su propósito en este momento, aunque llegue a entenderlo o aunque nunca me quede claro; sé bien y vivo en la certeza de que todas, todas las cosas, ayudan a bien y por eso, puedo vivir en Su maravillosa e inigualable paz.

 

 

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