Idolatrando la Maternidad

Desde hace unos días tengo algunas ideas rondando en mi cabeza. Generalmente pienso en algo que quiero escribir en mi blog cuando algo me confronta o me incomoda.
Hace unas semanas leí en las redes sociales un comentario en una publicación y mi corazón me dolió profundamente porque me di cuenta de lo mucho que hemos malentendido la maternidad. Y esto no es algo de lo que me haya dado cuenta hace ya muchos años, aunque hubiera deseado que así fuera, sin embargo, cada día que pasa lo entiendo mejor y espero poder explicarlo a través de estas líneas.

Tuve depresión posparto y mi ginecólogo me mandó con un psiquiatra. Sí, así tal cual me lo dijo, sin anestesia, sin un “yo creo que sería conveniente” como preámbulo, no: “vaya con un psiquiatra” seco, duro y directo. Si ya creía que estaba medio loca, ahí confirmé que estaba loca completa. Fui con el psiquiatra y no volví con el ginecólogo. Pero bueno, esa no es la anécdota.
El psiquiatra me dijo que uno de los más grandes problemas del posparto es que idealizamos la maternidad. Tenemos nueve meses para pensar cómo será o cómo creemos que será, y cuando nace el bebé, nos topamos con un fuerte golpe de realidad.

Primero idealizamos la maternidad, y después la idolatramos.

Una vez que pasa el trago de la realidad y asimilamos que ser mamá, con todo lo que esto conlleva, es nuestra nueva normalidad, nos adjudicamos el papel y creemos que este nuevo rol se trata de nosotras, de nuestra capacidad, de nuestra abnegación, de nuestras habilidades, de nuestros derechos y de nuestro empoderamiento.
Y sí, todo eso  me lo creí enterito, y en nombre de darlo todo por mis hijos y entregarles lo mejor de mí, dándoles todo mi tiempo, sacrificando mi persona y buscando para ellos las mejores opciones en todos los aspectos, me  olvidé de  lo más importante: hacer que mis hijos confiaran mucho más en Dios que en mí y que sus ojos estuvieran puestos en Jesús, no en mí.

¿Está mal querer lo mejor para nuestros hijos, buscar las mejores opciones de educación y alimentación? ¿Está mal dejar nuestros trabajos y estar tiempo completo en casa para dedicarles toda nuestra atención? ¿Está mal trabajar muy duro, apoyándonos en familiares e instituciones confiables para darles lo mejor dentro de nuestras posibilidades? No, nada de eso está mal, pero muchas veces el enfoque está equivocado, porque está en nosotras mismas, en lo que somos, en lo que logramos, en lo que sacrificamos.

En este mismo blog, si te vas muy, muy al principio, puedes leer un montón de entradas que tratan de lo admirable y perfecta que yo era. De los horarios, de las rutinas, de los menús, de los lunches, de las estrategias, del presupuesto, de las actividades… y sí, todo eso fue muy útil en su momento, pero era en lo que estaba centrada mi atención, en lo que estaba depositada mi confianza y en donde podía expresar mi perfeccionismo.

Mi confianza estaba puesta en mis logros, en cómo otros me admiraban, en cómo otros me veían: la madre perfecta. Y sí, yo me creía mejor que otras mamás, podía enumerar todo aquello que me hacía mejor, todo aquello que hacía o no hacía para que mis hijos y mi familia fueran superiores a los demás.

Mis hijos fueron creciendo, y mis paradigmas se fueron rompiendo. Dios me confrontó y me fue mostrando mis pecados y mis errores. Me mostró mi orgullo y mi autosuficiencia, mi soberbia y mi falsa humildad. Mis hijos no me pertenecen. El ser madre es una faceta que Él me ha permitido vivir con un propósito, el cual no tiene nada que ver con partos respetados, con lactancia exclusiva, con dietas sin gluten, con reglas, con estrategias de crianza, con disciplina, con límites, con libros y artículos… no, ser madre es un regalo, una gracia, y no nos queda más que confiar plenamente en Dios para llevar a cabo esa faceta en nuestras vidas.

En los últimos años, ser madre es lo que me ha llevado una y otra vez a los pies de la cruz. He visto una y otra vez mi incapacidad y mi necesidad apremiante de acercarme al corazón de Dios. Me he dado cuenta de que no soy superior ni mejor que mis hijos, y que así como ruego para ellos que Dios los atraiga a Él, lo pido para mí misma. He aprendido a confiar en Dios y en Su Palabra, a saber que Él ama a mis hijos mucho más que yo misma, porque es el mismo amor con el que me ama a mí. He entendido que tanto ellos como yo necesitamos Su perdón y Su Palabra haciéndose verdad en nuestras vidas.

No se trata de mí, no se trata de mi maternidad. Aunque vivamos en un país donde se idolatra a las madres y en el que cada 10 de mayo me descubro buscando reconocimiento y gratitud por todo lo que a mis ojos he dado, entregado y sacrificado. No se trata de mí, porque a pesar de mis errores, Dios ha derramado Su amor sobre mi familia. Y los aciertos que he tenido son de Él, por Él y para Él.

Y por eso hay tantas madres agotadas, tantas madres agobiadas, tantas madres muertas de miedo por todas las amenazas a las que sus hijos tienen o tendrán que enfrentarse en este mundo roto y corrompido,  tantas madres pidiendo tiempo para ellas, tantas madres buscando reconocimiento y sufriendo por la ingratitud de sus hijos jóvenes. Porque están criando a sus hijos en sus fuerzas y desde el miedo. Tantas madres con el enfoque en el lugar incorrecto: ellas mismas. Y mientras nuestro enfoque siga ahí, esperando que sea nuestra maternidad las que nos llene y nos satisfaga, jamás hallaremos paz ni verdadera plenitud.

Nuestros hijos no necesitan que sepamos todas las estrategias, ni que apliquemos todos los métodos, no necesitan que tengamos todas las respuestas. Nuestros hijos necesitan que nuestros ojos estén puestos en Jesús y en Su Palabra, pues mientras más le conozcamos, más será reflejado en nuestras vidas. Nuestros hijos deben ver en nosotras nuestra dependencia total de nuestro Padre, deben ver nuestra humildad para pedir perdón y para acercarnos a Dios todas las veces que lo necesitamos. No necesitan vernos fuertes, empoderadas e infalibles… necesitan vernos vulnerables, humanas, dependientes de Aquel que es Soberano y que tiene cuidado de nuestras familias. Y todo, todo lo demás vendrá por añadidura.

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45

Desde hace unos años, cada vez que cumplo años, me gusta escribir al respecto, reflexionar acerca de lo que ha sido el último año y los aprendizajes que me ha dejado.

¿Qué ha pasado en el último año? Pues un montón de cosas.

Unos cuantos días después de cumplir 44, mi hija se fue por un mes a estudiar a Italia y otros lugarcillos del Viejo Continente. Para ambas, esta experiencia implicó un gran crecimiento. Mientras ella estaba allá, tuve la oportunidad de servir nuevamente con adolescentes de una manera en que nunca lo había hecho, pero fue una experiencia muy divertida y retadora.
Pude ver a Gemma y pasar tiempo con ella.
Empecé a llevar un estilo de vida más sustentable y más consciente con lo que se refiere a mi manera de consumir y desechar.
Tuvimos la oportunidad de ir a la boda de mi sobrina y después de eso se desataron un montón de eventos que me han hecho enojarme mucho, desesperarme, enfrentarme a situaciones que nunca imaginé, a pelearme y a frustrarme, pero todo eso -aunque parezca increíble- ha dado un hermoso fruto de unidad y cercanía con mis hermanos.
Tuve la dicha y privilegio de celebrar el 50° aniversario del lugar donde trabajo, que es un lugar maravilloso para trabajar y crecer.
Cumplimos 23 años de casados, con su respectiva escapada.
Iniciamos un nuevo año, hice nuevas amistades, me uní al paro del 9 de marzo con mi hija y de pronto y casi, casi de la nada ¿corona qué? ¿pandemia? ¿cuarentena? Y eso, para cualquiera que habita este mundo, ha sido suficiente crisis para aprender, para crecer y para darse cuenta de qué estamos hechos y en dónde está puesta nuestra confianza.

Sí, seguramente como mucha gente, no pensé que para mi cumpleaños siguiéramos en cuarentena. Pero aquí estamos. Y me robo unas palabras de  mi esposo: celebrar estas fechas importantes en medio de una pandemia, nos han llevado a darnos cuenta de que lo menos importante es el dónde y el cómo, sino el con quién. Y entonces hoy sé mejor que nunca, quiénes son los verdaderamente importantes en mi vida. Compramos regalos, planeamos sorpresas, gastamos en nuestros lugares favoritos y eso está padre, pero siempre serán las personas lo más valioso. Y eso lo he corroborado una y otra vez en estos días.

Dicen que la maternidad es entrega incondicional, pero es en el encierro donde me he percatado que de incondicional tiene poco. ¡Soy tan imperfectas, por más que el mundo haya querido hacerme creer que en algo soy abnegada! Cuando no puedo estar sola ni un momento, cuando no puedo escuchar lo que me da la gana, cuando me la paso cocinando y lavando trastes en un ciclo interminable… ahí me enfrento a mi imperfección y a mi pecado. Y entonces una de dos: o me aferro a mi egoísmo o me aferro a Cristo y decido ser como Él, soltando, amando, sirviendo, entregando.

Y entonces he sido más feliz y más plena. He dejado de contar los días, de cuestionarme, de preocuparme… sé porque sé que Dios es soberano y que todo: mi familia, mi despensa, mi salud y yo misma, están en las manos de Dios y ese es el mejor lugar para encerrarme durante la pandemia.

No estoy pensando en ser productiva, en cumplir todos los retos, en ordenar todos los cajones… simplemente me ocupo de vivir plenamente cada momento porque eso es lo único que tengo. Y sí, hay que trabajar y darle al home office, limpiar y dar de comer, pero también se pueden hacer fuertes, y ver películas, y jugar, y extender la sobremesa sin prisas.

Crisis para crecer, crisis para madurar, crisis para confiar, crisis para fortalecer lazos.

Y así llego a los 45, como muchas personas más, en medio de una situación inimaginable e impredecible. A veces con miedos, con dudas, pero con una fe más fortalecida y con una inmensa gratitud por todas las bondades y la gracias que Dios ha derramado en mi vida, día tras día sin faltar uno de ellos.

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Aquí seguimos

Aquí seguimos encerrados. Con subidas y bajadas, con emociones encontradas. Con incertidumbre, sin tener idea de nada.
Esclavos de las teorías conspiracionales, de las estadísticas, de lo que nos dicen y de lo que no nos dicen. Aquí seguimos.

Aquí seguimos trabajando, tomando clases, haciendo casi todo a través de las pantallas. Muchas horas sentados, oyendo las clases de los demás, las juntas de los demás, las series de los demás, la música de los demás.

Aquí seguimos, lavando trastes a todas horas, limpiando lo que podemos como podemos, cocinando, haciendo postres y ejercicio.

Aquí seguimos, saliendo ocasionalmente por lo necesario, cuidándonos, haciendo lo posible por prevenir. Aquí seguimos.jane-palash-dfRgump8lsE-unsplash

Aquí seguimos, dudando si es mejor guardarnos o salir a contagiarnos; preguntándonos si ésta será ya nuestra vida, si volveremos a la normalidad o si la normalidad será otra.

Aquí seguimos, pensando en crisis de todo tipo, y a la vez evitando las noticias, las publicaciones en las redes. Haciendo oídos sordos para mantener la salud de nuestra mente y de nuestro corazón. Aquí seguimos cerrando los ojos a lo que sabemos que existe, pero que es efímero y temporal, y abriéndolos a lo eterno y permanente.

Aquí seguimos escribiendo diarios, distrayéndonos con lo que se puede en el poco tiempo que tenemos, que nos dejan las ocupaciones y las obligaciones.

Aquí seguimos tratando de aprender, de ver lo bueno de la situación, de apreciar la vida sin prisa, de no perder de vista nuestras bendiciones, de aferrarnos a lo que somos, a lo que tenemos, pero sobre todo a quien Dios es.

Aquí seguimos y ese es el milagro, que seguimos. A pesar de los cuestionamientos, a pesar de las dudas, a pesar de la incertidumbre, a pesar del miedo, del dolor, del hartazgo, de los anhelos incompletos, de los deseos inconclusos… en Su nombre, por Su amor, por Su gracia, por Su misericordia y en la fe… aquí seguimos.

Escrito en el día 50 del confinamiento por la pandemia del Covid-19
Fotografía: Jane Palash en Unsplash
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Carta a mis Hijos

Alex y Regi:

Cuando veo hacia atrás me doy cuenta de que su niñez fue muy benévola para mí. Criarlos fue realmente sencillo. Su temperamento, su forma de ser, su manera de complementar nuestra familia hizo nuestra vida realmente sencilla. Tanto, que a veces pienso que no estuve tan atenta como debí haber estado, pues todo era demasiado fácil: las tareas, la hora de dormir, la hora de comer, la hora de jugar, la hora de leer. Son pocas las veces que recuerdo en que les llamé la atención y pocos los días que fueron agotadores.

alexHay cosas que no recuerdo y eso me entristece. Y sé que también hay un montón de cosas en las que fallé y por eso les pido perdón.
Hay aspectos de la maternidad que he venido a entender hace muy poco, y una de ellas es que siempre quise ser la mamá perfecta, cuando en realidad eso no era lo importante.
A pesar de mis deficiencias, sé que hemos crecido juntos. Y que Dios confíe en mí para guiarlos es una de las bendiciones más hermosas que he podido experimentar.

Hoy es el Día del Niño y hubiera querido hacer algo especial con y para ustedes. Sé que durante la cuarentena hemos hecho cosas que no hicimos tanto o nunca cuando eran niños: jugar juegos de mesa o construir un fuerte y ver la televisión.

Sé que están a punto de ser adultos, y así como no daban lata cuando eran chiquitos, no la dan ahora. Eso, a veces me hace suponer y dar por hecho que están bien.
Sin embargo, durante este tiempo, he visto que no siempre están bien, y sin embargo, han sido increíblemente valientes, han sacado fuerzas de no sé dónde y se han adaptado a la situación.
A pesar de la incertidumbre han seguido adelante y se han esforzado y obtenido -como siempre- grandes resultados.
Los he visto cansados, hartos y enojados, y yo no he tenido las palabras para consolarlos o guiarlos. Porque esta situación que estamos viviendo es desconocida para mí como para ustedes y en estos momentos no tengo palabras para decirles. A veces sólo he tenido abrazos para darles.regi

Pero quiero decirles que los veo, los admiro muchísimo porque han entendido que hay que quedarse en casa y han decidido cuidarse y cuidar a otros y llevan 45 días sin salir de casa.
Han aprendido nuevas maneras de aprender, nuevas maneras de convivir con sus amigos, nuevas maneras de divertirse.

Gracias, porque siguiendo su costumbre, han hecho que este tiempo de confinamiento sea sencillo y llevadero.
Gracias por las pláticas, gracias por los videos y los memes, gracias por compartir conmigo sus frustraciones y enojos, gracias por llorar y reír conmigo, gracias por lavar los trastes, gracias por tomar sus clases en línea aunque a veces sea aburrido y tedioso, gracias por las sesiones de juegos de mesa, por las carcajadas, gracias por comer juntos todos los días. Gracias por ser tan especiales, por ser tan únicos, gracias por sus canciones. Gracias por vivir esto juntos, por enfrentar juntos lo desconocido, por acompañarnos en la incertidumbre… gracias por tanto.

Son los mejores hijos del mundo. Me encantan, los admiro y mi corazón se alegra cada vez que los veo crecer, cumplir sus sueños e ir caminando hacia todo aquello que los hace madurar y ser mejores. ¡Los amo!

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Cuando esto termine

kari-shea-Pt6_A6-Kt60-unsplashHace unas semanas estábamos teniendo unos días muy pesados. Diversas situaciones me sacaron de mi rutina y pasé varias semanas con prisa y con la sensación de no terminar nada, ni cumplir con lo que me proponía. Muchas veces me sorprendí diciendo: “ojalá que la próxima semana sea más normal y pueda estar más tranquila”.

Me di cuenta, entonces, que los seres humanos idealizamos aquello que llamamos “la normalidad”. Si nada me perturba, si nada rompe mi rutina, si nada se sale de mi control, significa que todo está normal, “las doce y sereno”, por lo tanto yo puedo estar tranquila y satisfecha porque todo salió de acuerdo a mi plan y a mi lista de pendientes.

Pero la verdad es que “la normalidad” no es así. Lo normal es que día a día suceden cosas que nos interrumpen, que nos hacen cambiar lo planeado y posponer lo agendado. Para cada quien “la normalidad” se ve de una manera y todos vamos adulteando por la vida, esperando que mañana, que la próxima semana, que el mes que viene, o el 2021; sea normal, para así, estar más tranquilos.

He estado recordando el posparto. Sí, estaba feliz por la llegada del bebé, perogaelle-marcel-qMIGJmx41EM-unsplash obviamente, vino a romperme todos los paradigmas, todas las rutinas, todo el perfeccionismo y a revolucionar todo lo que hasta ese momento yo definía como vida.
“Quiero mi vida de regreso, quiero que todo sea normal“. Por ahí debe estar el cuaderno en el que escribí mi iluminación ya hace casi 20 años: esa era mi nueva normalidad, y cuando lo entendí, empecé a disfrutar plenamente mi maternidad.

Cuando esto termine es el mantra que más he leído y escuchado en estos días de pandemia en los que nos han pedido que nos quedemos en casa. Estamos viviendo una situación sin precedentes, no sabemos actuar ante ella, día con día, todo el mundo -literalmente- estamos aprendiendo a hacerlo. Nos han sacado de nuestra comodidad, nos han roto todos los paradigmas y nos han desacomodado todas las rutinas. Y nos aferramos a la idea de que cuando esto termine todo será mejor, y estaremos en paz, porque volveremos a la normalidad. Y es que así somos los humanos, creemos que los días pasados fueron mejores, que los días futuros traerán mayor bienestar. Se nos olvida vivir el presente, pues nuestra mente está añorando lo que fuimos o está preocupada por lo que vendrá; y nos aferramos al “cuando esto termine” porque ahí vemos luz y esperanza.

loverna-journey-5kb0HwTHqTg-unsplashCiertamente una pandemia y el aislamiento no es normal. Es verdad que estamos viviendo una crisis, pero esa crisis es nuestra normalidad ahora: la acepto y la abrazo. Porque si no lo hago, me desesperaré, me frustraré, me deprimiré, perderé de vista mi propósito y no distinguiré las bendiciones que toda circunstancia (aun las que son malas ante mis ojos) trae consigo. Por lo tanto cuando todo esto termine no habré aprendido nada y no tendré lo necesario para enfrentar esa nueva normalidad. Porque nada será como era antes, habrá mucho que tendremos que reaprender, como individuos y como sociedad, pero definitivamente, no volveremos a lo conocido y a lo cómodo. Esto no va a terminar cuando nos digan “ya pueden salir”. Porque si salimos a ser y a hacer exactamente lo que éramos y hacíamos hasta el 15 de marzo, de nada sirvió el encierro.

Esta crisis es la normalidad presente, puedo desperdiciarla pensando en que ojalá el próximo mes sea más tranquilo, ojalá el próximo año nos traiga mejores experiencias; o puedo aprender a estar en el presente, disfrutarlo, sí, disfrutarlo, y aprovechar todas las lecciones que me está brindando.

Todo está en manos de Dios, nada se ha salido de Su control. este es el tiempo perfecto para ejercitar y fortalecer mi fe. Es el tiempo para conocerle más a través de la lectura de Su Palabra, la Biblia; de la oración, derramando mi corazón y diciéndole cuán desesperada estoy o cuánto miedo tengo… y darme cuenta de Su grandeza, de Su gracia inacabable y de Su permanente amor.
Es el tiempo perfecto para darme cuenta de mi vulnerabilidad y de mi fragilidad, de que el control no me pertenece, de que puedo y debo pedir ayuda, de que toda mi vida depende de Dios, y de que puedo confiar en Él una y otra vez, porque Él es un Padre bueno, paciente y misericordioso, que me cuida y resguarda bajo Sus alas, como la gallina a sus pollitos.

Es el tiempo perfecto para estar presente y para ser un presente a los que siempre roberta-sorge-UvVVnUmW2mQ-unsplashdeben estar más cerca y en el trajín diario, dejamos al final: nuestra familia. Estar ahí, pasar tiempo juntos después de las clases on line o del home office. Jugar, ver fotos viejas, videos de las vacaciones o de las presentaciones escolares. Reírse y llorar, quejarse tal vez. Hacer -más que nunca- de nuestro hogar, un oasis, un refugio, una fortaleza… eso: un hogar.
Estar presente y ser un presente, un regalo de amor, de paz, de escucha, de apoyo. Servir a los nuestros de todo corazón, entregarnos en cada tarea, en cada labor. Ser la sonrisa, ser el apapacho, ser la mirada de aliento… porque si no te puedo abrazar, con mis palabras y mis acciones voy a ser ese abrazo.

Es el tiempo perfecto para vivir los valores que predicamos. El tiempo perfecto para ser obedientes, para ser pacientes, para ser solidarios, para amar al prójimo, cuidándolo. Para respetar y admirar cada una de las labores que desempeñamos dentro de nuestra comunidad.

Es el tiempo perfecto para hacer lo que nunca hacemos, para aprender a hacer lo que nunca nos atrevimos; ejercitarnos, comer más saludable, hacer una video llamada, presupuestar, ahorrar, planear menús, ordenar un clóset, ordenar el alma…

Pero también es el tiempo perfecto para no hacer, para aprender a hacer nada, para entender que a veces, lo mejor que podemos hacer es nada. Que no siempre debe haber una lista de cosas que hacer, que no siempre tengo que estar ocupada o ser productiva. Que si no hago todo lo que Instagram me sugiere (aprender a ilustrar cuentos infantiles, preparar boeuf bourguignon, leer por lo menos cuatro libros, pilatesyogaycardio tres en uno, conectarme a todas las clases on line con los profesionales, escuchar todos los podcasts e incluso echar mano de todas las herramientas que la iglesia está poniendo a nuestra disposición) y no termino el día agotada, no significa que esté haciendo algo mal. Porque cuando esto termine, no quiero una mente sobrecargada, pero sí quiero decir que una tarde me tiré en el jardín a ver las nubes pasar.

sam-schooler-E9aetBe2w40-unsplashY aunque está bien planear y prever; y aunque hay momentos de incertidumbre y preocupación; quiero disfrutar, quiero estar, quiero recibir con manos abiertas y con corazón dispuesto lo que Dios tiene para mí en este tiempo.

Quiero ser la sonrisa genuina, quiero ser la persona presente, quiero ayudar, quiero servir, quiero confiar, quiero creer, quiero crecer, quiero aprender, quiero entender -una vez más- que las adversidades son las oportunidades que Dios nos da para acercarnos a Él y para que lo conozcamos de maneras en que no lo haríamos en circunstancias normales.

Quiero abrazar esta cotidianeidad, y aunque a veces llore, aunque a veces dude, aunque a veces me enoje, aunque en mi imperfección falle una y otra vez… sepa que éste es el tiempo de estar quieta y saber que él es Dios.

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Del Paro

No soy feminista, tampoco estoy a favor del aborto. Creo que somos creación de Dios, hombre y mujer, y que cada uno tenemos un diseño y ciertas funciones, igualmente dignos por ser imagen del Creador.

Y también participé en el paro. Decidí no estar para expresar mi voz. Son las 8:34 p.m. del lunes 9 de marzo y no sé qué pasó afuera, no sé cuántas mujeres participamos, si se notó la ausencia, si existió la repercusión económica que se buscaba.
Pero sé qué pasó aquí adentro, en mi casa, lo cual sólo me llevó a afirmar lo que hace unos días escribí.

En un ejercicio de solidaridad y en un gesto de muchísimo amor, mi esposo decidió hacer lo que yo hago todos los lunes en casa: lavar la ropa. Desde ayer metió algunas cargas a la lavadora. Hoy por la mañana fue al banco y regresó a seguir lavando. Después del desayuno me dijo: cuando regrese lavo los trastes. Se fue un rato a la oficina y cuando regresó dijo que tenía que doblar la ropa (lo cual hicimos juntos, como muchas otras veces lo hemos hecho) y después lavó los trastes.

Cuando decidí hacer el paro, sabía que no iba a salir de casa ni conectarme a las redes sociales, pero nunca vi como una opción dejar de hacer las labores domésticas que siempre hago. Fue mi esposo quien decidió hacerlo.

Hoy me desperté un poco más tarde, hice devocional y después hice ejercicio. Desayuné con mi esposo y con mi hija y mientras él se fue a trabajar y mi hijo a la escuela, ella y yo vimos una película en DVD. Luego preparé la comida.
Y después de eso, ya no sabía qué hacer y empecé a aburrirme. Sí aproveché para leer, sí aproveché para hacer unas tareas… pero entonces me di cuenta: como ejercicio estuvo bien, espero que haya servido también como protesta, pero lo que pude aprender de este día es que sí: estoy totalmente en contra de la inseguridad, de la violencia, de la desaparición y asesinato de las mujeres, es doloroso, es atemorizante y es indignante. Pero yo sí estoy -y mientras estoy- me corresponde estar totalmente presente y hacer lo que me toca con amor, entrega y responsabilidad. Me corresponde actuar desde el amor y no desde el miedo.ricardo-gomez-angel-OnkqXwxWYAE-unsplash

Me corresponde confiar en Dios y saber que mi vida, la de mi hija, la de todas las mujeres que amo y la de aquellas que ni siquiera conozco, están en Sus manos. Me corresponde creer que Él nos conoce, que Él nos diseñó, que para Él somos de gran estima y que sólo en Él tenemos seguridad y paz.

Me corresponde estar en mi casa y lavar la ropa los lunes. Y hay muchas labores que mi esposo y yo hacemos juntos, nos acompañamos, nos comunicamos, nos respetamos y nos valoramos. Yo no tenía que demostrarle, a él menos que a nadie, cómo sería un día sin mí porque él me valora y me cuida. Yo sé que sin él mi vida sería muy triste y estaría incompleta… llegará un día en que él estará sin mí o yo sin él, y Dios nos consolará y nos enseñará a vivir sin el otro, pero por el momento, somos uno, somos un matrimonio, nos complementamos y somos el uno para el otro. Cada uno estamos para hacer lo que nos corresponde conforme lo hemos platicado y decidido.

Mientras estemos vivos, entreguemos todo lo que somos, hagamos aquellos para lo cual fuimos creados. Si no hacemos aquello que nos corresponde, si no cumplimos con nuestro propósito, lo de menos es que nos aburramos muchísimo; lo de más es que seamos infinitamente miserables y hagamos miserables a los que nos rodean.

Espero que parar haya dejado un precedente, que seamos más inteligentes y más valientes. Pero espero que haya sido también el impulso para estar y para hacer, para actuar responsablemente y con alegría, por nosotras mismas, por nuestras familias y por nuestra sociedad.

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#UnDíaContigo

Hoy no estás y está bien. Quizá ni siquiera leas esto hoy porque no estás, porque no te ves. Porque es necesario que no te veas y que tu silencio sea el que hable fuerte. Por ti, por tus hijas, por tus hermanas, por tus amigas. Hoy no estás, hoy el mundo tendrá que estar sin ti.

¿Pero mañana? ¿Qué vas a hacer mañana?

¿Y ayer? ¿Ayer estuviste? ¿Ayer realmente estuviste?

Ayer, la semana pasada, en los últimos meses, todos estos años, sean los que sean ¿has estado?

¿Has estado presente, verdaderamente presente? ¿Has estado donde te corresponde estar con todo lo que tú eres, entregándote totalmente?

Quizá hoy no sea el primer día sin ti. Quizá ha habido muchos días en los que tu cuerpo ha estado ahí, pero tu mente, tu corazón y tu alma han estado muy lejos.
Tal vez te presentaste en tu trabajo, pero no ocupaste las horas de tu jornada en trabajar, si no en ver tus redes sociales y enterarte de los últimos chismes de tus compañeros.
Tal vez fuiste a visitar a tus papás, pero te la pasaste todo el tiempo en el celular y ni siquiera disfrutaste la plática ni la comida.
Tal vez pasaste todas las tardes con tus hijos, pero estuviste tan ocupada limpiando la casa y dejándolo todo “perfecto” que ni siquiera los miraste a los ojos o les preguntaste cómo les fue.
Todos esos días, fueron días sin ti. Días huecos sin ningún provecho, días en los que te dejaste llevar por el aburrimiento, por las obligaciones y por la rutina.

irina-iriser-y-PxNb9Ug2Q-unsplashTodas nos hemos visto atrapadas en medio del ritmo acelerado de la vida. Tenemos ocupaciones, tenemos pendientes, tenemos deudas. Corremos de un lado a otro, esperando que la próxima semana sea más tranquila que ésta, esperando que el noticiero no nos traiga otra preocupación, esperando que el dinero nos alcance, que los hijos se porten mejor, que no nos vaya a dar coronavirus… y tantas y tantas cosas que revolotean por nuestra mente y que al final provocan que estemos ausentes, que todos los días sean #undíasinnosotras.

Hoy no estás. Pero te invito a que mañana sí estés. Que hagas lo que hagas y vayas donde vayas, estés. Estés totalmente, estés completamente, estés plenamente.

Si trabajas fuera de casa, trabaja con todas tus ganas y con toda tu entrega. Disfrútalo, crece, aprende, comparte tus conocimientos, ayuda a tus compañeros. Usa el tiempo en el que estás en tu lugar de trabajo para dar lo mejor de ti, deja la mediocridad de lado y sé ejemplo a otros.
Si trabajas en tu casa, si has decidido estar ahí, sea cual sea la razón, hazlo todo con amor, con mucho amor. Que cada labor la hagas con alegría, pensando en tu familia, totalmente consciente, feliz, disfrutando cada instante que puedes estar con aquellos que amas y cuidas.
Si estudias, si vas, si vienes, si estás en medio del tráfico, si estás en la tienda, en la fila del banco. Si estás todo el día frente a una computadora, si haces llamadas, si lavas la ropa, si viajas constantemente, si cuidas enfermos, si estás en un salón de clases, si atiendes un mostrador, si cocinas… hagas lo que hagas, entrégate totalmente, que tu corazón y tu mente estén involucrados, envueltos e implicados.

Busca tiempo para hacer pausas, para descansar, para meditar o para orar. Sé sabia para distinguir los tiempos en los que es necesario parar, dejar de correr y de afanarte. Apaga la televisión si lo que ves te entristece, ayuna unos días de redes sociales y deja de contaminarte, deja de escuchar a esa persona que solamente te cuenta chismes y tragedias.
Cada vez que te quejes, piensa si realmente vale la pena y busca todas las razones por las cuales puedes estar agradecida. Cuenta tus bendiciones, abraza a tus hijos, invita a tus papás a comer, dile a él cuánto lo amas. Sal al camellón a caminar, fíjate en el cielo y en las flores. Todos los días haz algo que te guste. Prepárate un té, cómete un helado, pon música, canta bien fuerte y ponte a bailar.

Haz lo que tengas que hacer para estar y estar presente.

«El ayer es historia, el mañana es un misterio, el hoy es un regalo, por eso se llama presente» Eleanor Roosevelt

 

 

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La Boda/The Wedding

Hace casi dos semanas estábamos por emprender un viaje diferente a cualquiera que hayamos hecho antes. Estaba yo viendo cómo metía en una maleta y dos carry-ons ropa para cuatro días, efectos personales, ropa y zapatos para una boda y 130 muñequitos de trapo lele hechos en Amealco, sin sobrepasar el peso y el tamaño que teníamos permitidos en la tarifa que pagamos por los boletos de avión hace ya varios meses.

Sabíamos que era un viaje diferente a todos los que hemos hecho antes a Oklahoma. Esta vez no íbamos a pasear con calma por la ciudad de Ardmore, ni habría una ida a Norman para hacer compras, ni iríamos a comer el brunch al hotel de Sulphur o irnos a echar un chapuzón a Turner Falls. Esta vez íbamos pocos días y uno de ellos estaría dedicado a la boda de Andrea y Daniel.

Andrea es mi sobrina, hija de mi hermano, y desde hace unos meses he podido tener más contacto con ella, descubriendo su hermoso corazón, sus intereses, sus causas, su alegría, sus gustos y sus pasiones. No conocía a Daniel, lo hice hasta el día de la boda, pero pocas horas me bastaron para ver su calidez, su amor y cuidado por Andrea, y ver que es un chavo bien alivianado y buena onda. La verdad es que forman una pareja hermosa.

Fue un honor, el poder ser la intermediaria para llevar unos recuerdos lindos a su boda, llenos de cariño y de la dedicación con que los artesanos mexicanos hacen su trabajo. Fue poder estar cerquita de Andrea y Daniel durante los preparativos de la boda y ser partícipe de un día tan especial.

También fue lindo poder llevar a mi mamá a disfrutar de este momento, que pudiera ver a su nieta casándose. Estoy segura de que muchas emociones se desencadenaron en su corazón, poder ver a su familia crecer y extenderse, así como una gran gratitud por poder llegar hasta aquí, tener la salud y la fuerza para viajar y participar de este instante.

Lo mejor fue atestiguar cuán amados son Daniel y Andrea. Todos sus invitados viajaron o condujeron para poder compartir con ellos su día, pero su familia y amigos hicieron y dieron mucho más de lo imaginable. Su tiempo, su cuidado y sus recursos estaban reflejados en cada uno de los detalles, en las flores, en los adornos, en las sillas, en las carpas, en los manteles, en las cubiertas de las bancas, en la comida, en el pastel, en las bebidas, en la música.
Pude ver el resultado del arduo trabajo que mucha gente hizo desde las semanas previas: idas y venidas al lugar donde fue la boda, limpiar el lugar, cuidar que cada cosa estuviera en el lugar correspondiente… Cada detalle gritaba del amor que Daniel y Andrea han cosechado de la gente que los rodea.

Su forma de ser y su forma de amarse se notaba en la manera en que se miraban, en sus promesas, en sus votos, en su complicidad, en cómo se tomaron de las manos, en cómo decidieron incluir el lazo en la ceremonia honrando los orígenes de Andrea, en cómo bailaron su primer baile de esposos y en cómo bailaron con sus papás. Fue todo tan sencillo, tan especial, tan natural, estaban felices y esa felicidad se contagió a cada uno de los que estábamos ahí presentes.

Y a pesar de las contrariedades que se dan en toda boda, estuvimos muy contentos celebrando, bailando, cantando, comiendo rico, brindando; muy, muy felices de haber sido invitados a ser parte del inicio de esta nueva etapa en las vidas de Daniel y Andrea.

Queridos sobrinos:
Gracias por compartir este momento con nosotros. Deseo que tengan un matrimonio muy feliz, que día a día crezcan juntos y que su amor madure. Que siempre haya entre ustedes amor, comunicación, libertad y perdón.
Que siempre recuerden el día de su boda y recuerden porqué decidieron estar juntos para siempre, en un vínculo indisoluble y eterno. Que siempre puedan mirarse a los ojos y descubrirse en la mirada del otro.
Que a pesar de las dificultades de la vida cotidiana, permanezcan firmes en su amor y compromiso, que vayan siempre de la mano en este camino que han decidido transitar y que cada día sea una oportunidad de vivir enamorados.

 

Almost two weeks ago we were about to embark on a different journey than any we’ve done before. I was trying to put in a big suitcase and two carry-ons clothes for four days, personal effects, clothes and shoes for a wedding and 130 lele rag dolls made in Amealco, without exceeding the weight and size we had allowed in the fare we paid for the plane tickets we bought several months ago.

We knew this was a different trip to all of the trips that we’ve done before to Oklahoma. This time we weren’t going for a quite drive around Ardmore, nor would there be a trip to Norman for shopping, or go for brunch at Sulphur’s hotel, or go to the lake or Turner Falls. This time we had just a few days away and one of them would be dedicated to Andrea and Daniel’s wedding.

Andrea is my niece, my brother’s daughter, and for a few months now, I have been able to have more contact with her, discovering her beautiful heart, her interests, her causes, her joy, her tastes and her passions. I haven’t met Daniel before the wedding day, but a few hours were enough to discover his warmth, his love and care for Andrea, and to notice that he is a very cool guy. The truth is, they make a beautiful couple.

It was an honor to be the intermediary to bring some cute favors to their wedding, full of affection and dedication with which Mexican artisans do their job. It was an opportunity to be close to Andrea and Daniel during the wedding preparations and to be part of such a special day.

It was also nice to take my mom so she could enjoy this moment, that she could see her granddaughter getting married. I am sure that many emotions were unleashed in her heart, happiness and gratitude for being able to get there, to have the health and strength to travel and participate in that moment.

The best thing was to attest how loved Daniel and Andrea are.
All of their guests traveled or drove to share this day with them, but their family and friends did and gave much more than imaginable.
Their time, care and resources were reflected in every detail: in the flowers, the ornaments, the chairs, the tents, the tablecloths, the food, the cake, the drinks, the music.
I could see the results of the hard work that many people did weeks before, back and forth to the place where the wedding was, cleaning and taking care of every tiny thing. Every detail screamed from the love that Daniel and Andrea have harvested from the people around them.

Their way of being and their way of loving, were felt in the way they looked to each other, their promises, their vows, their complicity, in how they held hands, in how they decided to include el lazo in the ceremony, honoring Andrea’s origins.
How they danced their first husband and wife dance and how they danced with their parents.
All was so pure, so special, so natural, they were happy and that happiness was spread to everyone who were  present there.

And despite the difficulties that occur in every wedding, we were very happy celebrating, dancing, singing, eating delicious and tossing. We were very, very happy to have been invited to be part of the beginning of this new stage in the lives of Daniel and Andrea.

Dear niece and nephew:
Thank you for sharing this moment with us. I wish you have a very happy marriage, that day by day you grow up together and that your love matures. May there always be love, communication, freedom and forgiveness among you.
May you always remember your wedding day and remember why you decided to be together forever, in an indissoluble and eternal bond.
May you always look into each other’s eyes and discover yourselves in there. That despite the difficulties of everyday life, remain firm in your love and commitment, always walking  together on this path that you have decided to travel and that every day is an opportunity to live in love.

 

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Hace unos días recordaba por qué y cómo inicié mi blog hace un montón de años. No es éste, el primero decidí borrarlo. En ese entonces escribía diario, a veces hasta dos veces al día.
Ahora no tengo el tiempo, y más que nada, no tengo el interés… si lo tuviera, seguro encontraría el tiempo. Sin embargo, hay ocasiones en que sí me gusta escribir y uno de esos momentos es cuando cumplo años.

Escribí una reflexión rápida en Instagram y hasta hoy puedo sentarme a profundizar un poquito más.

Las redes sociales nos recuerdan y nos permiten felicitar y ser felicitados el día de nuestros cumpleaños. Recibí muchos buenos deseos y hermosas palabras. Y me quedo con algunas frases: “… que sigan las alegrías y los aprendizajes.”, “… sigue usando todos los talentos que Dios te ha dado…”, “Un año más que Dios te da para que sigas creciendo en Él…”, “Dios siga llevando tus pasos directo a su perfecta voluntad”, “…un año más de vida que Dios te concede para seguirle sirviendo y ser la persona, la mujer, la esposa y la madre que Él quiere que seas.”, “… que la vida de Cristo crezca en ti y que Su carácter siga siendo conformado en ti.”44

Estos deseos me gustan porque son genuinos, porque a través de ellos veo la realidad de la vida: aprendizaje, crecimiento, servicio, ser conformada al carácter de Cristo y no amoldada a este mundo… y todo eso requiere esfuerzo, sí, pero más que nada requiere gracia divina y fe. Requiere también pasar por diversas pruebas que no tienen nada que ver con aquello de que Dios conceda todos los deseos de tu corazón (gracias a Dios que no ha concedido todos los deseos de mi corazón, porque mi corazón es engañoso y perverso) y porque -como dice Aixa de López: “empecé a conocer quién es Él a través de las peticiones que no me concedía tanto como de las que sí […] Este camino por el que me lleva me está dejando claro que todo es por Él y para Él, y que no puedo poner mi esperanza en lo que, de cualquier modo, voy a perder; aun si es lindo y bueno…”-

Y eso he aprendido en los último años: las dificultades son parte del plan de Dios, el dolor y las lágrimas son parte de Su soberanía y la incertidumbre también es parte de Su providencia. Mi ciudadanía no está aquí en la Tierra, donde todo es efímero y temporal; lo verdaderamente valioso, aquello que no puede perecer, echarse a perder o marchitarse, está del otro lado de la eternidad, donde Cristo está preparando un hogar para mí. Jamás podré tener plenitud en este mundo, y aun así, Dios es tan bueno, que derrama bendiciones innumerables en mi vida, en mi persona, en mi familia y me permite decir que soy indescriptiblemente feliz.

Cada año que vivo de este lado de la eternidad, es uno menos para estar para siempre con Él. Y de este lado quiero vivir plenamente, abundantemente, felizmente, confiando en Sus promesas, segura de que Él terminará la obra que comenzó; quiero -cada día- vivir mirando a Jesús.

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Yo y la copita menstrual

Poco a poco he ido tomando acciones para cuidar el medio ambiente, sin irme a los extremos y decidiendo a qué  puedo dedicarle tiempo y a qué no, de qué puedo prescindir y de qué no. Hay una frase rondando por ahí que es muy cierta: no necesitamos a una persona viviendo sustentablemente de manera perfecta (aunque hay muchas), sino millones de persona haciéndolo imperfectamente: las pequeñas acciones cuentan.copita2

Y resulta que cuando empiezas a transitar este camino de conciencia ambiental,  llega un momento en que inevitablemente te topas con la copa menstrual.

En mi vida había escuchado acerca de ese artefacto, aunque tiene mucho tiempo de existir. Lo conocí por mi hija, que ya me llevaba la delantera en información acerca de ella, así que le pregunté a mi ginecóloga, quien me dijo que era una maravilla, no solamente para el medio ambiente, sino para mi cuerpo y mi salud.

Tardé un año en finalmente decidirme a adquirirla, mientras tanto leí un montón al respecto y vi un montón más de videos. Con esta entrada no pretendo explicar detalladamente qué es, cómo se usa, etc., etc.; en YouTube pueden encontrar muchísima información al respecto. Pero sí quiero compartir un poquito de mi experiencia, porque después de ver a un montón de chavas e influencers, diciendo que es una maravilla, me sentí muy frustrada cuando para mí no resultó  así.

Tengo seis periodos usándola y puedo decir que hasta ahora he podido entender completamente su uso y cómo mi cuerpo se ha acomodado a ella. Así que es muy importante darte tiempo. Yo creía que estaba bien informada y que conocía bien mi cuerpo, pero al usar la copa menstrual he descubierto que nos hace falta más información y más educación; y eso tiene que suceder dentro de la familia, sin tabúes. Y si es necesario leer, investigar y entender realmente cómo son nuestros cuerpos y todo lo que sucede en ellos durante el periodo menstrual (que no se limita a los días de sangrado y que realmente es un ciclo perfecto).

Muchas chicas no tienen idea de porqué les baja (les recomiendo el documental Period). Viendo videos de preguntas y respuestas acerca de la copa menstrual, me sorprendió ver cuántas mujeres no saben que una cosa es el aparato urinario y otro el reproductor… hay muchas dudas, muchos huecos, muchos silencios, muchas vergüenzas… y a veces los padres somos los primeros que nos friqueamos cuando nuestros hijos nos preguntan. Tenemos que cambiar eso y ofrecer (y recibir) información certera, veraz, fidedigna, abierta y transmitirla con amor, encontrando un balance entre el pudor y el poder hablar con naturalidad de las funciones de nuestro cuerpo. Es importante que aprendamos juntos.

En fin, que tengo seis periodos usándola y hasta ahora puedo decir que ya sé bien cómo colocarla, ya puedo sentir si está bien puesta o no, y aunque para algunas mujeres desde el principio fue maravillosa, para mí no fue así. Dicen que si está bien puesta no tiene porqué fugarse, pero investigando más y platicando con otras mujeres que también la usan, sí puede fugarse, sobre todo cuando el flujo es muy abundante. Entonces he aprendido que hay días que tengo que combinar su uso con el de protectores o toallas, y después, cuando el flujo disminuye, ya no se fuga. (Por cierto, estoy contenta porque en la semana que comienza me van a llegar mis toallas y protectores reusables).

Y sí, a estas alturas puedo decir que no volvería a usar toallas ni tampones. Una vez que le agarras la onda, es muy cómoda y sí es cierto que hasta se te olvida que estás en tu periodo, pero requiere un buen tiempo de adaptación.

Si nunca habías oído hablar de la copa menstrual, te platico a grandes rasgos acerca de ella.

Como su nombre lo dice, es una copa hecha de silicón quirúrgico flexible que introduces en tu vagina durante los días de sangrado. Este pequeño recipiente hace un vacío parcial contra las paredes de tu vagina y recoge el flujo. Cada determinado tiempo (yo al principio tengo que hacerlo cada tres o cuatro horas), sacas la copa, vacías su contenido, la enjuagas y la vuelves a introducir. Conforme el flujo va disminuyendo, los cambios son más espaciados: hasta 12 horas.

Se esteriliza (en un vasito especial dentro del microondas) al iniciar y al finalizar tu periodo, durante el mismo, sólo la enjuagas con agua corriente cada vez que la cambias.

Una sola copa puede durar hasta diez años… ¡imagínate todas las toallas y tampones que dejas de usar, todo el dinero que ahorras y toda la basura que no desechas!

Cuestan entre $600 y $800. Casi todas las marcas tienen dos tallas: grande (para mujeres mayores de 30 o que ya tuvieron partos) y chica (para mujeres menores de 30 o que no han tenido partos).

Es menos larga que un tampón y se introduce a mucho menor profundidad.

Si necesitas cambiarla en un baño público, puedes llevar una botellita con agua para poder enjuagarla dentro del cubículo.

Casi cualquier mujer puede usarla, pero es importante consultarlo con tu médico antes de decidir hacerlo.

Y bueno, a súper grandes rasgos, eso y así es la copa menstrual desde mi punto de vista. Como decía al principio, cuando decides por un estilo de vida más consciente y sustentable, en algún momento te topas con la copa menstrual. Y si de plano no es lo tuyo, hay toallas reusables, y si tampoco es lo tuyo, pues decide por otras acciones que generen menos basura, menos plástico y menos desperdicio, lo importante es irse haciendo consciente, respetar y saber que lo que no haces no demerita ni nulifica lo que sí haces.

 

 

 

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