Al Otro Lado del Mundo

Los tiempos de Dios son perfectos, aunque a veces creamos lo contrario. Él tiene nuestra vida en Sus manos y sabe porque hace cada cosa. Él conoce nuestros corazones y sabe exactamente lo que necesitamos. Nada se sale de Su control, nada sucede por casualidad; toda circunstancia tiene una razón de ser, la entendamos o no.

Todo proviene de Él, todo es para Él, y ante cada situación en mi vida, no puedo más que afirmar que Dios es bueno y que –como alguien canta por ahí- “no entiendo la razón de tanto amor derrochado… ¿quién soy yo, para que Tú me hayas amado?”

Junio y julio fueron meses difíciles, tanto física como emocionalmente. Después del episodio de la piedra en el riñón y todo lo que eso implicó, tuve salmonela… dos veces. Fueron varias semanas en las que tuve que dejar de hacer varias cosas porque simplemente no tenía la fuerza para hacerlas. Tuve varios días de dolor físico y malestar, acompañados de dolor emocional, de cansancio, de tristeza y enojo por no poder llevar el ritmo normal de mi vida, por no poder retomar mis actividades tan pronto como quisiera. Cansada de estar cansada, de no sentirme al 100% y de tener la sensación de que estaba dejando huecos por todos lados.

Y conforme pasaban los días, me invadía la impresión de ir contra reloj, de saber que me esperaba un viaje largo y muy especial, y en vez de estar contenta, estaba angustiada por no saber si iba a estar recuperada para el momento de emprender la aventura… “tengo que empacar maletas para 15 días y no tengo ánimo de levantarme de la cama porque tengo náuseas, todo me duele y tengo fiebre”.

Sin afán de hacerle a la sicóloga, pero sí aprendiendo a conocerme a lo largo de los años, me he dado cuenta, yo solita o con ayuda de mi esposo, que viajar era todo un asunto pendiente para mí. Viajar no era prioritario en mi familia cuando yo era niña, no se planeaban vacaciones ni aquí cerquita ni mucho menos lejos. Los viajes se realizaban porque detrás había otras circunstancias, no simplemente por el placer de viajar. Sumémosle, además, que a lo largo de mi vida me he mudado 15 veces y que por lo tanto, mi casa es el lugar donde me siento más contenta, más segura y, por supuesto, más en control. En cambio, mi esposo creció en un hogar donde viajar era prioritario, tanto, que pocos fueron los cursos escolares a los que llegó puntualmente, pues se iban a vacacionar cuando la temporada alta terminaba; hacían largos viajes en carretera y se lanzaban a la aventura: entre más inhóspito y virgen fuera el lugar mucho mejor, y si en medio de la travesía resultaba que podían ir más lejos y conocer otros lugares, o simplemente se la estaban pasando bomba y decidían quedarse más días, lo hacían sin ninguna pena ni preocupación.

Viajar no era importante ni divertido para mí, pero me casé con un hombre al que le encanta viajar, para el que las vacaciones empiezan desde que piensa a dónde le gustaría ir y él me ha enseñado a disfrutar los viajes, a darme cuenta que más o menos tres días antes de irnos traigo un humor de perros porque estoy estresada con la empacada y con la idea de dejar mi casa… pero he aprendido a disfrutar, a descubrir qué cosas puedo hacer para sentirme más tranquila antes y durante del viaje; he aprendido a disfrutar cada momento y cada día de las vacaciones. Y durante ellas, he dejado de pensar en todo lo que tengo que hacer a nuestro regreso. He descubierto que viajar es la manera más maravillosa de aprender, de convivir con la familia, de conocer a otros y a uno mismo, de generar recuerdos y atesorar momentos, de quitarse los miedos y de descubrir tus propias fortalezas, de abrir tu corazón y tu mente, de alimentar el alma…

Cuatro días antes del viaje, y después de que un médico me mandó un acertadísimo tratamiento, tenía yo todo el ánimo y las fuerzas físicas para empacar maletas y cruzar el Océano Atlántico para realizar un viaje que habíamos soñado desde hace mucho tiempo atrás y que las circunstancias fueron colocando para este 2016, en vez del 2017, como mucho tiempo lo pensamos. También pensamos que haríamos un tour organizado por una agencia de viajes, y después, poco a poco, todo nos llevó a decidir por solo dos ciudades: París y Londres, y organizarlo todo por nosotros mismos.

Fueron meses de ahorro y planeación, de investigación, de ver mapas, rutas, de comprar boletos on-line (este es el viaje en que más involucrada he estado en su planeación), de descubrir un montón de cosas que pueden hacerse tanto en Londres como en París, además de subirse al London Eye o a la Torre Eiffel.

Y como todo tiempo que pasa, este tiempo también pasó y llegó el día de treparnos al avión y hacer el vuelo de 11 horas, y de ser conscientes de que nunca habíamos ido tan lejos, y de que qué emoción, pero también qué miedo… pero lo hicimos, y volamos, y llegamos a París, y finalmente respirar otro aire, ver otros colores, escuchar otras voces, asomarte por las ventanas del taxi y darte cuenta que no has dejado de sonreír desde que te subiste. Descubrir que la gente es mucho más amable de lo que los mitos dicen, que hacen lo posible por entenderte y por ayudarte cuando te ven batallando con un idioma que medio repasaste en Duolingo, y darte cuenta que sí, que sí es cierto que somos más los seres humanos que queremos un mundo en paz y sin fronteras (que en Europa cada vez están más difuminadas) y que en las mesas de los cafés, conviven tantas razas, tantas culturas, tantas creencias y tantos acentos.

Conocer la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo, el L’ouvre, el Museo Rodin, los Champs Elysees, Notre Dame, navegar por el Sena, subir y bajar los escalones de Sacre Cœur, comer crepes y croissants… pero también subirte al metro y ver a los parisinos que van a trabajar, que salen a pasear a sus bebés en sus carriolas; caminar por las calles; comprar baguettes y quesos y hacer un picnic en Trocadero; tomar una clase de repostería y aprender cosas que no sabías; recorrer el tianguis que se pone los martes en el camellón que está enfrente de tu hotel y comprar un euro de ciruelas y 50 centavos de uvas codo con codo con las señoras que salieron a hacer su mandado; comer kebabs y entenderte a señas y sonrisas con los ¿turcos? que los preparan; encontrar un lugarcito encantador y a buen precio para comer casi todos los días y que tu mesera te dé clases de francés. Eso también es París, un París sin prisas y sin multitudes.

París me quitó el miedo de acercarme y preguntar, me quitó el miedo de hablar mal un idioma, pero me dio la satisfacción de entenderlo. Me dio el valor de salir, de disfrutar cada momento, cada minuto, de saber que tengo la habilidad de entender una ciudad totalmente diferente a la ciudad donde vivo, pero que puedo adaptarme y moverme, y llegar de un lado a otro. Vivir el presente y reírme, y si es necesario, cambiar el plan o la ruta, porque una cosa es la que ves en Google Maps y en Trip Advisor y otra muy distinta caminar las calles, transbordar en el metro y vivir la experiencia, sentir a la gente, guardar cada vivencia en tu corazón más que en tu cámara o en tu diario.

Volar de París a Londres y en el aeropuerto tomar un autobús que, después de cinco horas, te llevará a Leeds. Y en esa ciudad, ser recibidos por grandes amigos, unos que conocías y otros que nunca habías visto en tu vida, pero que gustosos aceptaron acogerte en su casa y hacerte sentir amado y bienvenido. Comer fish and chips en Inglaterra y constatar que sí, que todo es, se siente y se escucha como lo viste en la BBC. Organizar un picnic a un precioso lugar, donde habitan árboles, un río, rocas, ruinas de una abadía y el pasto más verde que he visto en mi vida… y yo sin entender porque seguían preparando todo para un día al aire libre si había amanecido lloviendo y no había dejado de llover… y después de 30 minutos de camino, llegamos y seguía lloviendo y así nos bajamos del auto, y salieron de las cajuelas los impermeables y los paraguas, y empezamos a caminar… y todos estaban felices, porque estábamos juntos, porque a pesar de la distancia y la diferencia de idioma y de cultura, Cristo nos ha hecho familia y eso era lo más valioso e importante y hermoso de ese momento y porque ese momento me dejó una de las lecciones más increíbles en mi vida. “Si estas personas esperaran a que mejorara el clima para salir al parque con sus hijos, para hacer un día de campo, para hacer ejercicio o andar en bicicleta, jamás lo harían… eso es lo que hay, eso es lo que tienen, y han aprendido a vivir así, a adaptarse a ello y a ser felices. ¿Cuántas veces esperamos el momento perfecto para hacer lo que sea, y posponemos planes, sueños y retos porque no estamos preparados, porque las circunstancias no son las más favorables?” Después de un rato caminando a la orilla del río, dejó de llover y salió el sol… y después llovió otra vez… y luego salió el sol… y soplaba un viento frío… pero la vida también es así y hay que vivirla y aprovechar cada momento para cumplir el propósito por el cual estamos en esta Tierra.

Y después de tanto amor y de tantas atenciones de nuestra familia en Leeds, emprender el regreso a Londres y de inmediato sentir un nuevo ritmo, un nuevo color, un nuevo ambiente, pero también una nueva magia. Y nos cerraron una línea del metro y ahora hay que adaptarse y cambiar rutas y aprender a usar este sistema que en un inicio es súper confuso, pero que después de un par de días aprendes a usar sin problema. Y llenarnos de experiencias y recuerdos. Caminar por el Portobello Road Market en Notting Hill (sí, el que sale en la película de Julia Roberts), usar todos los días la estación Paddington (donde encontraron al osito peruano), salir de la estación del metro y ver el Big Ben en todo su esplendor, navegar por el Río Támesis, entrar al Parlamento, al Palacio de Buckingham y al Palacio de Kensington, recorrer la Abadía de Westminster y participar en un minuto de oración, durante el cual los cientos de visitantes guardan silencio e interrumpen su caminar. Aprender a hornear bocadillos para la hora del té y terminar hablando con la maestra de la bonita tradición de la sobremesa. Subir al London Eye, utilizar los double deckers para transportarnos y maravillarnos y extrañarnos con el sentido de las calles y los autos “al revés”. Ir a la tienda original de Twinings, donde empezó a vender té el Sr. Thomas Twining por ahí de 1717 y volvernos –como en mucho de nuestros viajes- traficantes de té. Caminar por Picadilly, disfrutar de las tiendas y mercados de artesanías en Covent Garden, ir a uno de los tantos teatros que hay en Londres y llorar con los Miserables.

Y tantos momentos y tantas experiencias que hacen latir el corazón más rápido y que hacen saltar las lágrimas. Imágenes que no crees que estás viendo, lugares que nunca creíste pisar. Pero sobre todo el sueño cumplido, ver que día a día tus planes se hacen realidad, que subes y bajas, que te cansas, que quieres conocer todo lo que puedas en los pocos días que tienes y hacerlo parte de ti. Que finalmente al vacacionar en ciudades, de una manera u otra entras al ritmo de la gente que vive ahí, que trabaja ahí, que también sale a comprar, a andar en bici, a disfrutar de esos momentos en que sale el sol, que va a la farmacia o que queda en un café con sus amigos después de una ardua jornada laboral.

Y a pesar de que no fue un viaje de descanso, para mí fue un oasis, un respiro… después de varias semanas difíciles, de dolor, de incertidumbre, de cuestionamientos, llegaron dos semanas de vivir lo extraordinario, un montón de días para estar solamente con mi familia, para escucharnos, para reírnos, para asombrarnos juntos. Dos semanas de estar literalmente alejada de la rutina, de lo cotidiano, de lo conocido… y darme cuenta de que no se trata del entorno, sino de lo que tengo en el corazón, de lo que he ido aprendiendo, de la madurez que he ido acumulando, de lo que he permitido hacer a Dios en mi vida, es todo eso lo que me hace feliz, lo que me da paz, lo que me hace saber que estoy segura –ya sea del otro lado del mundo, o como en este instante, sentada a la mesa de mi cocina-. Este viaje fue un alto para renovar mi agradecimiento con Dios porque ha sido infinita, inconmensurable e incomprensiblemente bueno conmigo. Sé perfectamente que Su bendición va mucho más allá de lo material, pero también puedo ver Su bondad y Su amor cuando nos permite disfrutar este tipo de experiencias.

Y agradecida con mi esposo porque trabajó arduamente no sólo para tener los medios para hacer este viaje, sino invirtiendo horas y horas de investigación en su planeación, pero sobre todo porque me ha escogido como compañera de viajes y porque me ha enseñado a disfrutarlos al máximo, a vivirlos, a estar presente en cada momento y en cada lugar, porque ha comprendido mis miedos, mis paranoias y mis manías y hace todo lo posible y lo imposible para que un cuarto de hotel sea mi hogar por los días que estemos ahí. Porque en este viaje en particular, procuró que cada uno tuviéramos experiencias únicas que guardaremos en nuestro corazón por siempre. ¡Eres el mejor planeador de viajes, pero sobre todo, eres el mejor padre y el mejor esposo!

Puedo ver este viaje como un puente por el cual atravesé para dejar atrás muchas cosas no tan buenas, pero que era necesario vivir, para poder llegar a lo que viene con un corazón abierto y enseñable. Buenas cosas están por venir y aún esta pausa ha sido buena. En todo momento, Dios ha estado conmigo y es tan maravilloso, que me ha dejado verlo  donde menos lo pensé… ahí en lo más oscuro, Él estuvo. Aun sintiéndome rota y confundida, ahí ha estado Él. Y aquí a la expectativa, anhelante de lo que vendrá… Él también está.

 

 

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Una Piedra en el Camino

Pebble-Art-Garden-Woohome-2En junio de 1998, tuve un episodio muy doloroso, consecuencia del descenso de un cálculo renal. Después de estar varias horas en Urgencias, elucubrando a qué se debía el dolor, una placa de rayos X donde se podía ver la piedra, una urografía excretora (que hizo que arrojara la piedra) y una noche hospitalizada, regresé a casa con la indicación de tomar mucha agua (porque no hay nada más qué hacer) y creyendo que sería un episodio único.

Pero en 2001, después de tres años de no tomar mucha agua, ni de llevar ningún tipo de control, de tomar todo el calcio que me mandaron en el embarazo, de someterme a una dieta en la tomaba agua mineral diariamente, regresé a Urgencias con muchísimo dolor. Esa vez la piedra (cálculo, lito) se quedó atorada y tuvieron que hacerme una cistoscopía y me colocaron un catéter que traje durante tres o cuatro meses, aprovechando para hacerme una o dos litotripsias, ya que las placas de rayos X evidenciaron que había más cálculos en mis riñones.

Empecé a tomar mucha agua, dejé de tomar refrescos e hice algunos cambios en mi dieta.

Por ahí de 2006, me hicieron un estudio que no tenía nada que ver con este padecimiento, pero en las imágenes podían verse los litos en mis riñones. El médico radiólogo me dio también esa información y se sorprendió de que yo ya lo supiera y nunca hubiera ido con un endocrinólogo, pues la glándula paratiroides es la encargada de la absorción de calcio en nuestro cuerpo, y la presencia de cálculos renales en ambos riñones es evidencia de un mal funcionamiento de la misma.

Así que por casi dos años estuve yendo al endocrinólogo y sometiéndome a diversos y múltiples estudios para revisar el funcionamiento de mi glándula paratiroides, la cual, cabe decir, funciona perfectamente. Hay muchos síntomas además de los cálculos renales, que evidencian una paratiroides enferma, y jamás he presentado ninguno de esos síntomas, ni los resultados de los estudios eran contundentes para diagnosticar un hipo o hiperparatiroidismo. El diagnóstico fue que por herencia (sabrá Dios de quién), por predisposición o simplemente porque sí, mi cuerpo hace piedras.

En junio de 2008, presenté nuevamente dolores muy fuertes, otra piedra atorada, otra cistoscopía y otro catéter. Aunque en esa ocasión sólo lo tuve por unas cuantas semanas. En esa ocasión se mandó a analizar el cálculo, confirmando que estaba totalmente formado de calcio. Por alguna razón que desconocemos, el calcio que llega a mi cuerpo no es absorbido por éste en su totalidad, esos cristales de calcio se van en la orina, se quedan en los riñones y se juntan unos con otros, formando pequeñas piedritas que son los cálculos renales.

En junio de 2013, empecé con dolores similares a los que había tenido las veces anteriores, pero mucho más leves. Me hicieron un ultrasonido y una tomografía con medio de contraste y se veía un lito aún en el riñón, pero muy cerquita de la salida hacia el uretero. Estuve tomando medicamento y no pasó a mayores, salvo que ocasionalmente a lo largo de estos tres años, volvía a sentir ese dolor leve, y ya tan conocido del cólico renal.

Hace unas semanas, ese dolor se intensificó, pero seguía siendo tolerable. Más que intensificarse, se hizo más constante y se convirtió en un dolor de todos los días. Así que me hicieron un ultrasonido y una placa de rayos X en la que aparecía un cálculo en la vía urinaria ya muy cerca de la vejiga. De alguna manera bajó, pero no se atoró, lo cual ocasionaba dolor, pero no tan intenso. Me hicieron otra tomografía con contraste para definir mejor la localización e identificación del lito (por el lugar en donde estaba no se apreciaba bien si era cálculo o no), pero al final resultó que sí lo era. Por prevención y para evitar una obstrucción total del uretero, una intervención de emergencia o una infección en el riñón, decidimos hacer otra cistoscopía… nada más que cuando la hicieron ¡ya no había piedra!… aunque sí los rastros de que había pasado por ahí: sangre y  arena… por lo que decidieron poner el catéter (que es molesto y doloroso), para ayudar a la recuperación del uretero, a desinflamar y a evitar una infección. El martes pasado retiraron el catéter y estoy casi como nueva.

Desde 2011 he hecho cambios en mis hábitos alimenticios, y lo que hice al inicio para perder peso, ha sido también benéfico para esta condición de mi cuerpo. Tengo cálculos en ambos riñones, pero sé que si no hubiera realizado esos cambios en mi alimentación,  podrían ser más y dar más lata.

En fin, que a lo largo de todo este proceso que lleva ya 18 años, siempre he recibido muchos comentarios bien intencionados que tienen como propósito eliminar las piedras de mis riñones y abolir de una vez por todas tan molesto mal. Algunos comentarios tienen que ver con la oración, con la fe, con creer, con declarar mi sanidad, con hacer mía la sanidad que Jesucristo ganó por mí en la cruz… Los otros comentarios tienen que ver con tés milagrosos de raíces, de cola de caballo, de pelos de elote, de piña, de palo azul y una larga lista de etcéteras, que la verdad, me da mucho miedo tomar, porque natural no quiere decir inocuo y quién sabe qué repercusiones puedan tener ese tipo de hierbas en mi organismo.

Nunca antes, hasta este último episodio, me puse a meditar y reflexionar en cuál es el propósito de Dios en todo esto. Los primeros días de mi convalecencia, con el catéter invadiendo mi cuerpo, mi cuerpo tratando de asimilar que ese objeto extraño estaba ahí para ayudar, no para lastimar; con mucho dolor y molestias, pensé frustrada en que esto es un cuento de nunca acabar, y que aunque yo haga todo lo que está en mi mano para evitar que los cristales se unan formando litos (disminuyendo la ingesta de calcio, aumentando la ingesta de cítricos y visitando al urólogo cada seis meses y no sólo al presentar molestias; todo lo cual hago y seguiré haciendo sin dudarlo), es muy probable que éstos se seguirán formando porque mi cuerpo es así.

Primero fue una queja, una respuesta a mi frustración, pero poco a poco fue tornándose en aceptación y en total confianza en el Dios que tiene todo, absolutamente todo, en Sus manos. Así lo escribí al inicio de la semana: “Pero sobre todo, constatar y saber y comprender una y otra vez que, en medio de cualquier circunstancia, Dios está en control y Él es soberano. Que soy Su creación perfecta y que mi cuerpo funciona de acuerdo a Su increíble diseño. Que los aguijones en la carne también tienen propósitos sublimes y que mi vida está toda en Sus manos. Que el dolor humaniza y me hace consciente de mi vulnerabilidad, de mi dependencia, de mi condición… y es justo esa condición, esa imperfección la que me llena de esperanza; porque gracias a Dios, no depende de mí, ni es en mis fuerzas, sino por Su gracia y por Su sacrificio. Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe en el Hijo de Dios. Él tiene pensamientos de bien para mí y un propósito eterno que ni siquiera puedo imaginar. ¡Él es bueno!”

Y entonces volví a leerlo, y resaltó eso de los aguijones en la carne. Y me fui a 2 Corintios 12:7-10, y lo leí en diferentes versiones y me puse a estudiar y profundizar un poco más en esta porción de la Biblia. Pablo tenía muchas razones por las cuales gloriarse, a lo largo de esta segunda carta que escribió a la iglesia que estaba en Corinto, explica varias de ellas y defiende su ministerio. No le gusta estar hablando bien de sí mismo, sin embargo, a causa de maestros falsos que pusieron en duda el ministerio de Pablo y lo que él predicaba, tuvo que ponerse en esa situación. Antes de llegar a la parte del aguijón, Pablo hace referencia a las revelaciones y visiones que Dios le ha dado (no hace énfasis ni en las visiones, ni en las revelaciones, era algo personal) y luego dice (en la Traducción al Lenguaje Actual): Claro que hablar bien de mí no sería una locura, porque estaría diciendo la verdad. Pero no lo voy a hacer, porque no quiero que, sólo por las cosas que hago o digo, o por las cosas maravillosas que Dios me ha mostrado, alguien piense que soy más importante de lo que en realidad soy. Por eso, para que no me llene de orgullo, padezco de algo muy grave. Es como si Satanás me clavara una espina en el cuerpo para hacerme sufrir. 

Dios sabía que Pablo corría el riesgo de creerse mucho, y para que esto no sucediera, permite que tenga un aguijón en la carne, un dolor, una molestia… la Biblia no especifica de qué se trataba, unos dicen que era una enfermedad, más específicamente una enfermedad en sus ojos. Otros dicen que eran molestias de las secuelas que habían dejado en él las veces que fue apedreado, otros dicen que se refiere a alguna(s) persona(s), a alguna aflicción emocional o a alguna tentación. Yo pienso que si la Biblia no lo especifica, es porque todos tenemos un aguijón en la carne y sea cual sea éste, podemos identificarnos con Pablo y aprender de él.

Dios en Su amor y soberanía, mantiene mi vida balanceada; sabe equilibrar mis bendiciones con mis dificultades y pruebas, porque de esa manera trabaja en mi carácter y me hace madurar. A través del dolor y de este padecimiento, Él edifica mi vida y me mantiene lejos del orgullo, de la autosuficiencia y de la necesidad de controlar todo lo que me rodea.

Yo puedo pensar que ese aguijón me está destruyendo, o me está haciendo sufrir, pero Dios usa ese aguijón para mantenerme cerca de Él, para hacerme más parecida a Él, para que yo tenga una relación más estrecha con Él a través de la cual Él pueda tratar conmigo, trabajar en las áreas que necesitan ser perfeccionadas; porque también creo, como dice Romanos 8:28, que Dios dispone todo para el bien de los que le aman… y todo, incluye también ese aguijón (cabe mencionar que la palabra original para aguijón, hace referencia a una estaca de 45 centímetros que en ese entonces se usaba para fijar las tiendas al suelo) y ese aguijón también hace de mí una mujer más acorde al corazón de Dios, más apta para darle la gloria a Él.

Luego Pablo dice que le ha rogado tres veces a Dios para que quite de Él ese aguijón. Rogado, no declarado, ni decretado, ni reclamado. Jesús también rogó tres veces al Padre en Getsemaní. Ambos supeditaron su voluntad a la voluntad de Dios, enseñándonos obediencia y sumisión a Dios. Y para ambos, la respuesta fue “no”.

¿Y sabes? Hubo un tiempo en que yo también le pedí a Dios que me quitara los cálculos, que los disolviera, que los desapareciera… y no lo ha hecho… pero eso no me hace pensar que Él no me ama, o que me está castigando por algo; simplemente me hace convencerme más de que el propósito que Él tiene para mí va mucho más allá de mi comodidad temporal y que lo que Él quiere hacer en mi vida y a través de mi vida es eterno. Después de este cuarto encuentro con un cálculo, puedo escuchar muy claramente el “no” de Dios y siento una absoluta paz. Porque sé que no tiene nada que ver con falta de fe, o con no creer que Dios quiere mi bienestar… solamente que es muy posible que el concepto que Dios tiene de bienestar, es muy distinto al que yo, o al que la gente bien intencionada que me recomienda tés milagrosos tenemos.

Y el “no” de Dios me llena de paz, porque ahí no termina. En tres ocasiones distintas, le supliqué al Señor que me la quitara. Cada vez él me dijo: «Mi gracia es todo lo que necesitas; mi poder actúa mejor en la debilidad». Así que ahora me alegra jactarme de mis debilidades, para que el poder de Cristo pueda actuar a través de mí.” Te dejo el aguijón porque quiero que constates que mi gracia es suficiente, que todo lo que necesitas es mi gracia. Como alguna vez escuché de mi pastor: “No voy a quitar la montaña,  pero te voy a enseñar a escalarla, y te voy a dar la fortaleza que necesitas para escalarla”.

Es muy probable que si Dios me quitara las piedras, yo pensaría que todo en mi vida es tan maravilloso, que no necesito de Él; que yo soy lo suficientemente buena y apta para dirigir mi vida como me da la gana, totalmente independiente de mi Dios. Es mi vulnerabilidad y mi debilidad la que me mantienen cerca del Padre, tomada de Su mano… así como las ramas se aferran a la Vid, porque lejos de ella mueren y no pueden dar fruto.

¿Qué actitud tengo entonces ante mi aguijón? ¿Estoy amargada, quejándome todo el tiempo de él o puedo verlo como un instrumento que Dios usa para mantenerme cerca de Él?

Dios usa mis debilidades para manifestar Su poder en mi vida de maneras que no podría hacerlo si todo marchara perfecto y sin problemas. Mis debilidades evidencian el poder de Dios y hacen brillar Su gloria con más esplendor.

Lo natural es que quiera evitar el dolor, no pasar por el sufrimiento, ni por la incertidumbre, salirme por la puerta fácil. Pero Dios quiere trabajar en mí, en todo aquello que permanecerá por la eternidad; y este cuerpo imperfecto y deteriorado, no es para la eternidad. Él tiene para mí un propósito mayor y más bello, a mí sólo me queda confiar en Su poder  y abrazar Su voluntad; valorar Su gracia y comprobar cómo Su poder se manifiesta en medio de mi debilidad y mi total dependencia a mi Señor.

Y aunque Dios no me muestre claramente Su propósito en este momento, aunque llegue a entenderlo o aunque nunca me quede claro; sé bien y vivo en la certeza de que todas, todas las cosas, ayudan a bien y por eso, puedo vivir en Su maravillosa e inigualable paz.

 

 

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Un Año Más

He aprendido a disfrutar y a atesorar los momentos. Asegurarme que en cada uno de ellos estoy ahí al cien por ciento, con todos mis sentidos, con toda mi mente, con todo mi corazón, con todo mi ser. Recibiendo, y al mismo tiempo, entregándome toda.

Y aunque me encantan los regalos, he aprendido a disfrutar aún más las experiencias, a atesorarlas, guardarlas, compartirlas, aprenderlas, aprehenderlas, rememorarlas…

Sin buscarlo y sin quererlo, los días anteriores a mi cumpleaños 41 han sido días de desacelerar y reposar. A lo largo de esos días he constatado que tengo un esposo incomparable y maravilloso, que me cuida y que se ocupa de mí, que vela por mi bienestar y salud. Un esposo que ha entregado tiempo y esfuerzo y que ha hecho con disposición, alegría y muchísimo amor lo que se ha necesitado hacer.

He constatado que tengo un hijo y una hija independientes y responsables, que no se quejan y que saben ayudar y trabajar.

Que tengo un montón de lindas amigas, unas muy cerquita, otras en diferentes ciudades y países, pero todas han estado al pendiente de mí y me han regalado su tiempo, sus oraciones, pláticas y mensajes. ¡Estoy agradecida con cada una de ellas y agradecida con Dios por cada una de ellas!

Y la compañía de mi cómplice de toda la vida, que aún en la distancia está tan cerca. Que lee mis mensajes y se interesa por mí, que con sus burlas me enseña a no tomarme la vida tan en serio, que me acompaña en las buenas y en las malas, y me hace saber que soy amada y  especial.

Pero sobre todo, constatar y saber y comprender una y otra vez que, en medio de cualquier circunstancia, Dios está en control y Él es soberano. Que soy Su creación perfecta y que mi cuerpo funciona de acuerdo a Su increíble diseño. Que los aguijones en la carne también tienen propósitos sublimes y que mi vida está toda en Sus manos. Que el dolor humaniza y me hace consciente de mi vulnerabilidad, de mi dependencia, de mi condición… y es justo esa condición, esa imperfección la que me llena de esperanza; porque gracias a Dios, no depende de mí, ni es en mis fuerzas, sino por Su gracia y por Su sacrificio. Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe en el Hijo de Dios. Él tiene pensamientos de bien para mí y un propósito eterno que ni siquiera puedo imaginar. ¡Él es bueno!

A mis 41 años sé muy bien que la vida se disfruta más cuando se transita por ella sin cargar lo que estorba, si se va ligera, si nada aprieta. A estas alturas, sé muy bien que no me gusta que me aprieten los pantalones, ni los zapatos, ni los complejos, ni las herencias, ni las culpas, ni los  paradigmas, ni las relaciones, ni las frivolidades, ni el peinado.

A lo largo del camino he dejado lo que estorba, lo que lastima sin razón, lo que pesa, lo que ancla. A veces quiero regresarme a recogerlo, pero miro hacia adelante y prosigo a la meta. Con mis zapatos cómodos, con este cuerpo deficiente que me ha servido hasta hoy y que  un día será glorificado para seguir glorificando al Único que lo merece.

Estoy agradecida por 41 años de misericordia, 41 años en los que Dios me ha cuidado y preservado, aún a través de personas que me han amado y que han visto en mí lo que realmente soy (bueno y malo) y lo que puedo llegar a ser. Puedo decir con certeza que he vivido estos 41 años a plenitud, feliz, infinitamente bendecida, colmada de oportunidades para aprender y crecer. Y cuando he caído, Dios siempre me ha levantado y me ha hecho ver lo que Él es en mí y lo que yo soy por Él.

Entonces, cambia mi perspectiva y me doy cuenta que 41 años son tan pocos y que estoy emocionada y expectante de lo que está por venir. Porque a lo largo de los años, Dios me ha mostrado que la vida se pone cada vez mejor y que lo verdaderamente valioso son las experiencias, las sonrisas, los trayectos recorridos de la mano de los que amas, las lágrimas derramadas en oración, los viajes, las flores silvestres a la orilla de las carreteras,  las páginas leídas, los chocolates derritiéndose en la boca, los besos, los abrazos, el agua caliente en la tetera, las carcajadas con los amigos, las canciones en la cocina, las siestas que no planeas, los aromas que salen del horno, los hijos acurrucados con papá y mamá en la cama, lo ordinario, lo cotidiano, lo sencillo… los 41 años que me dejan sin palabras y por los cuales sólo atino a decir… ¡GRACIAS!

 

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See you soon…

FRIENDS72I want to write this in English, because it is for you… but I don’t know if I’d be able to express my feelings in a language that is not mine.

It’s hard to say goodbye to a woman that in a very short time became so special to me. I’ve never had a friend like you. Now I can hardly imagine my life without you. I’m very sure that this friendship was born in God’s heart and that He gave us each other with a beautiful purpose that I’ve seen through the months during the last two years and a half.FRIENDS7

It was great to have the opportunity to know you and to have many special and unique moments with you.

The first time that I saw you struggling with Spanish and how you looked at me when we could talk in English. The time I told you that I don’t like coffee and that I am a tea addict. It was the same time that I told you that I don’t like spicy food and since then you have the strong belief that I have a great, great, great british grandma.FRIENDS67

And after that all the moments that we spent together, laughing, crying, praying, chatting, drinking tea, eating chocolate, sitting at Shakespeare, eating breakfast at your place or mine, drinking more tea, hugging each other… and even being there when the times were difficult and sad.

Thank you for being there for me. For being a friend, an example and also a teacher. Thank you for listen to me, even when my English is not perfect, because you didn’t listen to my words, you listened to my heart. Thank you for your wise advice, thank you for the milliards of Whatsapp messages, thank you for your prayers, for share your secrets with me.FRIENDS91

I know that this is just a pause in being together physically, but I’m sure that God has an incredible plan for these months that we’ll be apart. I’m sure that He is going to make amazing things with and through you and your family wherever you go.

I love you so much, and I’ll miss you so much. I’ll miss our Shakespeare mornings and our tea cups. I’ll think in you each time that I’d eat a scone or a chocolate cake. I’ll be praying for you and all the beautiful things that God has for you, for me, for us.FRIENDS127

Thank you for your friendship!!!! You are a sweet, humble, brave woman that reflects the Gospel and God’s love. I can see Jesus in your eyes, I can hear him in your words, and I can feel his hug every time you laugh!!!

I’m really, really gonna miss you… but I love you more!!… See you soon!!

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Escucha…

Tenemos que parar ¡es urgente! No podemos seguir con este ritmo de vida: arriba, abajo, entrar, salir, llegar, correr, tráfico, regresar, medio comer, medio dormir, medio conversar y no escuchar. Se supone que el estrés debe ser un mecanismo de defensa de nuestro cuerpo ante situaciones difíciles o peligrosas, que debería incluir un momento de alerta, en el cual decidir luchar o huir, y después de pasada la adversidad, llegar a un momento de relajación y descanso. El problema es que los estándares que hoy nos marca la sociedad y la cultura, no nos permiten descansar ni relajarnos y vivimos en estrés constante, en un estado alterado, perturbado, irritable e incluso deprimido. Y cuando por fin llegamos a casa, en vez de propiciar la comunicación y la intimidad, en vez de hacer un alto y darnos una tregua, un respiro; en vez de buscar momentos de serenidad y tranquilidad, nos seguimos atiborrando de actividades, nos ponemos a ver las noticias o programas con escenas violentas, nos encerramos en nuestras pantallas, nos desvelamos inmersos en la tecnología y al otro día nos despertamos cansados, para volver a empezar esa rutina permanente de desasosiego y ansiedad.

En medio de todo eso, lo que menos hacemos, es escuchar a nuestros hijos. REALMENTE escucharlos, con toda nuestra atención puesta en ellos, no solamente oyendo sus palabras, sino leyendo entre líneas sus sentimientos, sus inquietudes y sus alegrías. Al contrario, con nuestro ejemplo, les hemos enseñado a encerrarse en ellos mismos, a tampoco escuchar, a aislarse y ensimismarse.

Por favor ¡para! ¿A dónde te está llevando todo esto? ¿Para qué sirve tanto trabajo, tanto esfuerzo, tanto sacrificio si ni siquiera puedes disfrutar el fruto de ese empeño con tu familia? ¿Para qué desgastarte tanto por darles “lo mejor” a tus hijos, si no les estás dando lo que ellos de verdad necesitan: tu persona, tu presencia, tu tiempo? ¿Para qué tantas prisas, tantos desvelos, tanto desgaste si no tienes 15 minutos para escuchar a tus hijos y conocerlos?

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Pero una escucha real, una escucha consciente, una escucha atenta. Echarle un vistazo a tu celular mientras tus hijos hablan, no es escuchar. Estar pensando en todo lo que tienes que hacer o en los pendientes que dejaste en la oficina mientras ellos hablan, no es escuchar. Escuchar es mirar a los ojos, escuchar es interpretar las palabras, escuchar es darle más importancia a lo que tu hijo te está diciendo, que a lo que tú ya estás planeando responder.

Escucha a tu hijo desde que es pequeño, aunque a veces su vocecita te canse. Escucha sus aventuras, escucha lo que hizo el compañero, lo que dijo la maestra, y porqué el lunch no le gustó. Escucha y no adivines sus pensamientos, escucha y no termines sus frases, escucha y recuerda cuando fuiste niño, cuando fuiste adolescente. Escucha y siente, escucha y ríete, escucha y llora, escucha y busca una solución a su lado. Escucha y –cuando sea el momento- habla, sugiere, opina, abraza, acompaña, actúa… ama.

Cuando tu hijo quiera platicarte algo, deja todo lo que estás haciendo y si no puedes dejar de hacer en ese momento, dilo: “espérame diez minutos, con gusto te escucho”. No lo atiborres de cómo te fue, qué hiciste, qué te dijeron… tal vez te topes con muchos “bien, nada”… pero cuando quiera hablar, haz un alto y atiende.

Porque cuando le escuchas, lo enseñas a escuchar, a ceder, a dejar todo de lado por aquellos a los que ama. Deja de lado la tecnología, ésta ha avanzado tan rápido que aún no sabemos cómo manejarla, cómo sacar lo mejor de ella para interactuar entre nosotros, para usarla en beneficio de nuestras relaciones… y retoma con tus hijos lo que tú hacías de niño: desempolva el Turista, vayan al parque, saca la pelota, súbete a la bici… propicia momentos para conversar, pero sobre todo, para escuchar.

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Hijos grandes, bendiciones grandes

 

Hace un par de semanas, mi cuñado nos mandó –claro, por Whatsapp- el video de los primeros pasos que dio mi sobrina de un año. En menos de cinco minutos, toda la familia había visto los primeros pasos de la pequeñita. Me quedé pensando que es muy probable que yo no tenga  constancia en video de los primeros pasos de mis hijos, pues hace más de 10 años que eso sucedió. Sí había cámaras de video, pero no las teníamos al alcance de la mano como las tenemos ahora: dentro de nuestros teléfonos celulares. En esos tiempos teníamos que elegir entre disfrutar el momento con nuestros propios ojos o correr por la cámara de video, tan pequeña o grande como fuera… o en su defecto, la cámara fotográfica, esa que no te mostraba en pantalla cómo quedaba la foto, esa que si querías repetir, significaba que gastabas una exposición del rollo y esa que te dejaba con la incertidumbre hasta que tuvieras tiempo de llevar a revelar la película.

Y entonces recuerdo el montón de veces en que pensé “nunca voy a olvidar este momento, lo voy a atesorar siempre”… y recuerdo muy bien que lo pensé, pero no recuerdo el momento en sí mismo. Sin embargo, hay otros recuerdos que han perdurado, quizá porque no ansié guardarlos en mi mente, sino que solitos se inocularon en mi corazón: mi niña aprendiendo a bajar las escaleras gateando hacia atrás, mi niño de tres años cantándome por primera vez el día de la madre, los dibujos llenando las puertas de las alacenas, la clase pública, la obra de teatro, los baños en tina, las tardes de hacer galletas (que siempre terminaba haciendo sola), manejar más despacito cuando en el radio salía la canción que nos gustaba para oírla completa antes de llegar a la casa y montones de recuerdos más que me llegan de pronto, de no sé dónde y que sólo me llevan a decir “¡gracias Dios!”

Y también le agradezco a Dios que la tecnología no haya estado tan desarrollada en los primeros años de mis hijos. En cuanto a las redes sociales tengo mis dudas, pues sí he llegado a pensar que me hubiera gustado tener contacto con el mundo durante los pospartos, no me hubiera sentido tan aislada y me hubiera dado cuenta que otras madres sentían lo mismo que yo: las dudas, la incertidumbre, el cansancio.myblog

Qué bueno que cuando estuve embarazada y tuve bebés, no habían redescubierto el valor de la lactancia, ni le habían puesto nombres “fancy” a lo que nuestras abuelas hacían por instinto y necesidad: colecho (porque no había dinero para comprar una cuna y al fin y al cabo todos los hermanos dormían en la misma cama con los papás) y porteo (porque había otros tantos hermanos a los cuales atender, un montón de quehaceres, servirle de comer al marido, lavar los pañales a mano y no había de otra más que traer al niño cargado con rebozo para tener las manos libres…). Amamanté a mi hijo dos meses, siempre combinado con fórmula; a mi hija decidí no amamantarla, los dejé llorar y muchas veces los ignoré. Ninguno de los dos está traumado, ninguno de los dos se enferma ni más ni menos que los otros chicos de su edad y ambos son súper inteligentes con resultados sobresalientes en la escuela.

Qué gusto que no tuve que pertenecer a un grupo de Whatsapp cuando estaban en preescolar, ni que nadie cuestionó si lo que les mandaba de lunch era orgánico, si tenía conservadores, azúcar añadido, o colorante Amarillo 5.whatsmom

Qué bueno que cuando salimos con ellos a un restaurante, pudimos enseñarles a respetar a los que estaban a su alrededor, a esperar su comida dibujando con crayolas y a conversar mientras comíamos.

Cuando uno está ahí inmerso, ve pasar las horas lento, y cree que nunca va a terminar el posparto, y que nunca vas a dejar de comprar pañales, y que las vacunas son un fastidio, y que no es posible que te sepas la programación de Discovery Kids… pero poco a poco y paulatinamente, esas cosas van desapareciendo del hogar y se van transformando. Los libros cambian, la música cambia, los horarios cambian, las tareas cambian, las conversaciones cambian… y hay tardes en que no hay conversaciones. Y se podría pensar que los hijos adolescentes perdieron el encanto y ya no hay experiencias que generen recuerdos. Pero no es así. Porque si se ha aprendido a disfrutar cada etapa de la familia, aún la adolescencia se disfruta.

Veo a mis hijos de 15 y 13 años, y le agradezco tanto a Dios que nos ha permitido acompañarlos hasta este momento. Verlos crecer ha sido maravilloso, recordar cuando eran bebés o cuando daban sus primeros pasos o ni siquiera tener que recordar sus medias palabras porque son parte de nuestro vocabulario diario. Pero es aún más maravilloso tener la oportunidad de seguir siendo testigos de su crecimiento. Porque todo ha sido un proceso, y lo que hicimos en sus primeros meses forma parte de los dos adolescentes que son hoy. Y ver cómo van forjando sus propias opiniones, cómo cuestionan ciertas cosas, cómo se rebelan… puede no ser cómodo, más cuando uno es el blanco de esos cuestionamientos y rebeliones, pero significa que educamos personas que piensan y que no se conforman con ser parte del montón, ni se conforman con hacer sin comprender.

Seguir formando, seguir educando, seguir dándole prioridad a los valores. Quizá no ser la mamá buena onda, pero sí ser la mamá firme. Y estar ahí, siempre ahí. Desde lejos pero ahí. Y disfrutar al máximo cuando me dan la oportunidad de estar cerca, platicar, expresar mi opinión, y seguir generando recuerdos, los que valen la pena, los que emergen solitos, de repente, cuando ni siquiera te lo esperas.

Jugar soccer en la recámara, platicar acostados en la cama, ver videos en Reddit, mandar mensajitos con emoticons, platicar en cuanto se baja del camión, ver Netflix… porque las circunstancias cambian, pero la vida siempre nos da la oportunidad de crear lazos, de fortalecer el apego, que –aunque suena contradictorio- a veces se consolida cuando los dejas volar, cuando permites que vivan las consecuencias de sus actos y se hagan responsables de sus decisiones y acciones, cuando les dices que no, cuando pones los valores por encima de las modas, cuando pones el valor de la familia por encima de la tecnología, cuando entiendes que sigues formando y alimentando el alma. Cuando entiendes que los bebés se acaban, que los niños se acaban, pero el amor por los hijos ese, ese nunca se acaba.

Les dejo el enlace a este video. No dejen de verlo.

 

 

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Un Año más que Termina

Me gusta hacer un alto, pensar, reflexionar, considerar, mirar atrás y mirar hacia adelante. Recapitular, resumir, pero también anhelar, planear, esperar.

Este año fue un año que trajo cambios radicales a nuestra vida familiar. Después de 12 años en la misma escuela, el pasado agosto nuestro hijo ingresó a la Preparatoria en una nueva institución y eso vino a desempolvarnos y a sacudirnos, a darnos una nueva perspectiva llena de aprendizaje, intensidad y cansancio. Ciertamente el que ha llevado la mayor carga es nuestro hijo, sin embargo, somos una familia y como tal, todos hemos tenido que adaptarnos, todos hemos tenido que crecer… pero al finalizar el primer semestre, hemos podido darnos cuenta de que Dios ha sido bueno, de que Él nos ha sostenido a lo largo de estos meses, de que día a día Él nos ha ayudado, de que Él nos trajo hasta el final, un final lleno de logros y satisfacciones. Nos damos cuenta que es Su propósito que nuestro hijo estudie en esta escuela porque es algo muy bueno para él; pero también era necesario para nosotros como padres, pues nos ha ayudado a soltarlo más, a dejarlo volar un poco más y a ayudarlo a ser lo que finalmente tiene que ser: un hombre independiente y responsable. Estamos orgullosos de que mantuvo su beca y estamos orgullosos de su anhelo de dar a quienes menos tienen.

Ha sido también un año en el que me he acercado mucho a mi niña, en el que hemos aprendido a estar juntas, a ser compañeras, a ser cómplices. Podemos platicar, reír y llorar… también nos enojamos, pero somos madre e hija, y hay muchas cosas que hemos aprendido a disfrutar y a vivir… y eso ha sido muy, muy bueno.

Este año fue también un año para regresar a las aulas y estudiar otra vez. Esta vez, en compañía de mi esposo. Ha sido maravilloso este tiempo en que podemos pasar una mañana juntos, desayunando en la cafetería del campus, tomando apuntes, haciendo preguntas, participando… ¡nos encanta la escuela y no podemos negarlo ni ocultarlo! Dios ha usado a los facilitadores y el contenido de los diferentes módulos del diplomado para ayudarnos a ser mejores cónyuges y mejores padres.

Personalmente, este año fue un año en el que -después de muchos, muchos años de conocer la Biblia e ir a la iglesia- he entendido cabalmente los fundamentos de mi fe. Dios ha sido inmensamente bueno conmigo y me ha dado otra oportunidad para estar más cerca de Él y de Su palabra. De aprender más de Él y de realmente poner en práctica lo que dice Su palabra. Sin complicaciones, sin teorías rebuscadas, sin adornos, simplemente estando cerca de la sencillez de la cruz… esa cruz, ese sacrificio, esa gracia que encierra todo lo que creo y el motivo por el cual vivo. Sin extravagancias, sin doctrinas lejanas a la Verdad, sólo poniendo mis ojos en Aquel que me salvó y que es mi ejemplo y mi todo. Ha sido un año de anhelar nuevamente Sus palabras, Sus enseñanzas, de reencontrarme con Él por las mañanas, antes de hacer cualquier otra cosa.tacitas

Y es que Él me permitió darme cuenta de que tenía mucho tiempo viviendo en mi propia suficiencia, pensando que era mejor y más buena que otras personas, mejor esposa, mejor madre; que mi familia era mejor que otras familias. Que no tenía tiempo para estar con Él, que no necesitaba estar con Él, porque al fin y al cabo, yo tenía todo bajo control. Me fiaba de mi propio corazón, de mi propia opinión, hacía lo que quería, porque al fin y al cabo –según yo- estaba, no solamente bien hecho, sino hecho a la perfección… Pero todo eso era orgullo, vanidad, soberbia… y mi Dios, en Su inmensa misericordia me ayudó a verlo, arrancó la venda de mis ojos y me hizo ver lo que realmente soy: pecadora. Tan pecadora como cualquiera, porque ante Él no hay pecados veniales o pecados mortales, igual lo ofende el asesino, como lo ofendo yo con mi soberbia, con mi autosuficiencia, con mi indiferencia… y hoy recuerdo, y hoy puedo vivir consciente de mi necesidad, de esa necesidad de un Salvador, de un Creador, de un Todopoderoso que dirija mis pasos, que me lleve de la mano, que me enseñé la verdad porque Él es la Verdad, que me guíe por el camino porque Él es el Camino, que me permita vivir una vida plena y feliz porque Él es la Vida y nadie puede llegar al Padre si no es a través de Jesús, de Su hermoso sacrificio, que encierra tanta profundidad y tanta sencillez a la vez.

Entender que soy inquilina en Su presencia, que si algo valgo es por el valor que Él me ha dado, que si algo puedo hacer, si a alguien puedo servir, es tan sólo mi respuesta a tan grande y sublime amor.

Y en ese amor, Dios me permite terminar el 2015 y comenzar el 2016. ¿Qué sigue? Si Él me presta vida, continuar bien pegadita a Él, estar atenta a Su voz y a lo que Él quiere de mí. Seguir aprendiendo, seguir sirviendo, seguir ayudando, seguir siendo yo en las diferentes facetas que Él me permite desarrollar, seguir aprendiendo de Él en lo cotidiano, en el día a día. Anhelo que mi corazón lata al ritmo del de mi Padre y que mi vida sea un lienzo en el que Él despliegue las poderosas obras de Su gracia.

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Diecinueve Cosas que me Encantan de mi Esposo

Para seguir con la tradición de escribir “tantas cosas que…” de acuerdo al número de años que cumplimos de casados…

  1. Que sea alto… y que a él le guste que yo sea petite. Me encanta tener que pararme de puntitas para besarlo y, por contradictorio que parezca- cada día constato que estamos hechos a la medida. Que sea más alto que yo, me obliga a necesitarlo para las actividades más cotidianas y me hace valorar lo privilegiada que soy al tenerlo a mi lado.
  2. Sus ojos… con todo y sus cejas explotadas que no se deja peinar. Descubrirme en su mirada y confirmar una y otra vez que estoy ahí tatuada.
  3. Su risa, escuchar que está contento, que la está pasando bien, que está disfrutando el tiempo con su familia, con sus amigos, conmigo…
  4. Su sensatez y cómo ante cualquier situación permanece ecuánime, maduro y objetivo. Su sensatez me guía, me sostiene y me mantiene, le da equilibrio y complemento a mi subjetividad y a mis afanes. Su sensatez me protege y me hace sentir segura.
  5. Su sarcasmo, su ironía, ese humor negro tan fino, que pocos perciben y entienden, pero que yo reconozco, admiro y distingo en la chispa de su mirada… siempre y cuando no vaya dirigido a mí.
  6. Que sea responsable y que eso se refleje en todos los aspectos de nuestra vida matrimonial y familiar, en nuestra economía, en nuestras relaciones con otras personas, en lo que inculcamos en nuestros hijos, en lo que creemos y en lo que vivimos.
  7. Que sea trabajador, que disfrute su trabajo y aún en las circunstancias difíciles, dé la cara y siga trabajando, sin dejar nada botado. Que sea versátil en su chamba y que siempre tenga la disposición de hacer lo que sea necesario: hablar con una persona, hacerla de mensajero y atravesar la ciudad, ser el de recursos humanos, el de cobranza, el de almacén y sacar adelante lo que sea, cuando sea, como sea.
  8. Su paternidad. Simplemente es el mejor papá del mundo: presente, atento, siempre anhelando ser mejor y encontrar la mejor manera de relacionarse con nuestros hijos y darles lo que necesitan.
  9. Su honestidad.us
  10. Su deseo constante por aprender.
  11. Su inteligencia.
  12. Su iniciativa para que oremos juntos todas las noches.
  13. Sus besos: el de la mañana, el de buenas noches, los “huerfanitos” y los de 15 segundos que me dejan todo el día, acordándome de él.
  14. Sus canas… porque de verdad lo hacen verse más interesante.
  15. Su facilidad para pedir perdón y perdonar.
  16. Su buena memoria para almacenar datos deportivos, eventos, nombres y un laaaaargo etcétera.
  17. Su fidelidad.
  18. Su gusto por los viajes y las vacaciones.
  19. Su amor por Dios.
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Todo sirve y de todo se aprende

Desde que cumplí la edad para asistir, 12 años, empecé a ir al grupo de jóvenes de la iglesia donde me congregaba. Desde adolescente me involucré en muchas de las actividades que ahí se llevaban a cabo y siendo muy joven empecé a dirigir a otros adolescentes y jóvenes. Cuando había congresos o seminarios, escuchaba las pláticas y las lecciones orientadas a líderes de adolescentes; cada sábado, estaba en las clases que nuestro pastor nos daba con miles de consejos y tips para interactuar con chavos.

En ese grupo de jóvenes conocí a quien hoy es mi esposo, que también estaba involucrado en el servicio. Trabajamos con adolescentes y jóvenes durante nuestro noviazgo; y ya casados, seguimos haciéndolo durante siete años más.

¿Por qué hago referencia a ese tiempo? Porque a pesar de toda la información que recibimos y trabajo que realizamos durante esos años, ahora que somos padres de dos adolescentes, hay ocasiones en que nos sentimos desencanchados, desorientados, confundidos, desesperados, asombrados, aturdidos… sentimos que nada nos preparó para este momento. Hemos ido creciendo con nuestros hijos y aprendiendo junto con ellos, sin embargo, hay veces que de verdad no sabemos para dónde ir, si gritar, si llorar, si reír, o nada más ponernos flojitos y esperar a ver qué pasa.sleeping

Por eso, echamos mano de todo aquello que nos ayude a entender mejor esta etapa y a comprender y acompañar a nuestros hijos durante la misma. Libros, diplomados, cursos, conferencias, consejos de quienes ya pasaron por ahí y tienen hijos que ya pasan de los 20, así como los oídos comprensivos y empáticos de quienes también están pasando por ahí –padres de familia y buenos amigos- con quienes nos sentimos identificados y con quienes podemos vaciar nuestro corazón, exponer nuestras teorías y darnos cuenta de que o somos completamente normales o de que ellos están tan locos como nosotros.

Hoy, escuchamos una conferencia en el colegio de nuestra hija, titulada “Quiénes son Nuestros Hijos Adolescentes y el Reto de ser sus Padres”. Pocas veces comparto en este espacio información de esta índole, sin embargo, lo que escuché impactó fuertemente mi vida. Más para reafirmar el conocimiento y hacerlo mío, que por otra cosa, he decidido escribir acerca de ello.

Tenemos que tomar en cuenta que la época actual ha gestado adolescentes diferentes, el entorno social actual influye en nuestros hijos y no podemos esperar que ellos se comporten o vivan su adolescencia de la misma manera en que nosotros lo hicimos.hate

El término adolescencia, viene de la palabra adolecer, que significa no tener o perder algo. La adolescencia significa perder. ¿Y qué es lo que pierden nuestros hijos? Su infancia.

La pubertad, con la aparición de las características sexuales secundarias, marca el inicio de la adolescencia, la cual termina cuando se logra la propia identidad. Por eso, en teoría, se entiende como un periodo transitorio, no permanente. Nos corresponde como padres, ayudar a nuestros hijos a TRANSITAR por ella, para que no se queden ahí.

Lograr la identidad significa que de mí mismo emerjan las decisiones que me lleven a encontrar quién soy y cuáles son los valores que rigen mi vida.

listeningComo padres, debemos dar espacio al crecimiento de nuestros hijos, no obturar su desarrollo natural, porque si lo hacemos, estaremos generando hijos frustrados que se rebelarán con mayor facilidad. Debemos preguntarnos si realmente queremos que nuestros hijos crezcan, porque lo más cómodo puede llegar a ser que nuestros hijos se mantengan pequeños. Sí, se desarrollan físicamente porque sobre eso no tenemos control, pero si reprimo a mi hijo, si no le doy responsabilidades, si no lo dejo que tenga amigos, que haga cosas por sí mismo, que enfrente las consecuencias de sus actos y lo sigo tratando como niño, para mí es más fácil seguir controlándolo y manejándolo como a mí mejor me parece y convenga, generando así adolescentes eternos.

Cierto es que la  sociedad actual también ha postergado el desarrollo: los empleadores buscan gente mejor preparada, por lo tanto los jóvenes no estudian solamente una licenciatura, sino una, dos o tres maestrías, doctorados, posgrados, etc., en consecuencia los jóvenes se quedan más años en su casa y ya no piensan en matrimonio en los 20’s sino hasta los 30’s. Pero eso es muy diferente, a que nosotros como padres, seamos un obstáculo para su desarrollo y madurez.

Es muy importante que entendamos que la adolescencia es un duelo, tanto para el hijo como para los padres. El adolescente está en duelo por la pérdida de su cuerpo de niño, su rol de niño y la identidad que le daba el ser niño. Si pensamos en el duelo que vivimos al perder a un ser querido, al perder un empleo, al vivir un divorcio y equiparamos todo lo que sentimos durante ese proceso de duelo con lo que vive un adolescente en este tiempo, entonces podemos entender porque ese adolescente presenta diversas conductas, dependiendo de la faceta del duelo que esté experimentando: negación, enojo, aislamiento…

Hay muchas cosas que nuestros hijos vivían en la infancia, y que ahora que son adolescentes están perdiendo ¡y eso les duele! Ese dolor lo pueden manifestar enojándose, aislándose, no respondiendo, etc. Algunas de las cosas que vivían en la infancia son, por ejemplo, el pensamiento omnipotente (si lo pienso, es probable que se cumpla), el cobijo de los padres, la despreocupación (no responsabilidades), asexuados (no tienen que cargar con todos los cambios físicos que están experimentando), no tomar decisiones y padres “ideales”. En la adolescencia empiezan a pensar por sí mismos, se dan cuenta de la realidad y empiezan a cuestionar todo, incluyendo a sus padres.dontask

Como padres, nos duele que nuestros hijos se den cuenta de que no somos perfectos; por eso, en ocasiones, estorbamos su crecimiento, porque queremos que nos sigan viendo perfectos, ideales, todopoderosos.

En la adolescencia, los hijos necesitan padres fuertes a quienes enfrentarse; padres que se sostengan firmes en su lugar de padres, y que a su vez, les den espacios de intimidad donde crezcan y se desarrollen para que no tengan que aplicar tanta fuerza a la rebeldía. Como padres, somos responsables de regular los impulsos de nuestro adolescente y eso se hace a través de los límites y las normas. Tenemos que tener bien claro que seguimos siendo los padres y que somos nosotros quienes ponemos las reglas. Nunca debemos dejar de ser padres: no somos amigos, no somos cuates. El chavo necesita enfrentar a sus padres para reafirmar su identidad y sus valores. Quizá se queje de las reglas y los valores que como padre establecemos, pero necesita esa firmeza y esos límites, para interiorizar esos valores, hacerlos suyos y entonces los pueda vivir, porque está convencido de que es lo mejor; pero no porque nosotros se lo decimos, sino porque él lo sabe, porque viene desde él mismo.

Al separarse de sus padres, los adolescentes necesitan algo de que aferrarse para cruzar por esta etapa, algo que los cobije; encuentran esa asidera y ese cobijo en sus amigos. Los amigos en la adolescencia son esenciales para que esta etapa sea transitoria. A veces sus amistades son reproducción de la relación que tenía con sus padres; sus amistades tienen ingredientes y matices de cómo nos relacionamos en casa. Es muy importante que tengan amigos, también forman parte de su identidad.

wifiAhora, los padres también estamos en duelo: perdimos al niño perfecto, al niño asexuado, al niño que no tomaba decisiones. Y también negamos la pérdida, también nos enoja que hayan crecido, nos enoja que nos hayan destituido. Duele que los hijos tomen sus decisiones, duele que se equivoquen y que no podamos ayudarlos. Nos sentimos impotentes cuando se sienten más a gusto con sus amigos. Sin embargo, nuestros hijos necesitan padres que estén conscientes de ese proceso y los ayuden y apoyen a transitar por esta etapa; porque cuando padres e hijos nos quedamos atorados en este proceso, pueden presentarse ciertas conductas que ya no son normales y tienden, más bien, a ser nocivas: adicciones a sustancias tóxicas, adicciones a las redes sociales, bullying, embarazos no deseados, enfermedades de transmisión sexual, cortes en los brazos, asociarse a tribus urbanas, desórdenes alimenticios, no tener amigos, etc.

Como padres, también debemos entender que traemos cargando una historia, que no somos una hoja en blanco, que la adolescencia de nuestros hijos nos recuerda la nuestra (ya sea de forma consciente o inconsciente) y esto muchas veces nos pone en el mismo nivel y se pierde la jerarquía que tenemos, simplemente, por ser padres. Nos deslizamos del rol y nos ponemos “al tú por tú” con ellos. Es cuando nos peleamos con ellos en vez de llegar a acuerdos, o cuando nos sentimos culpables por ponerles límites. Así que tenemos que preguntarnos si resolví mi adolescencia, cómo la viví y si definí mi identidad en ese tiempo: una cosa es acompañar a tu adolescente en esta transición y otra muy diferente, mutar en adolescente.

También debemos pensar en qué está pasando con mi propia madurez en este momento de mi vida, cómo me estoy viviendo, qué momento de pareja estoy viviendo (si soy casado, si soy feliz en mi matrimonio, si soy padre/madre soltero(a), si estoy saliendo con alguien), si me siento pleno y feliz. Considerar cómo llegó este hijo a nuestra vida, si estoy disfrutando de ser padre/madre. Preguntarme quién es este hijo para mí, aún puede ser que se parezca a mi esposo o a mi papá y eso me genera un conflicto.adult

Pero en medio de todo esto, estar bien conscientes de que no podemos cobijar a nuestros hijos siempre, porque entonces no crecen y no les damos herramientas ni oportunidad de que luchen por su propio cobijo.

La adolescencia de los hijos es un segundo parto: duele, pero es necesario para que el otro nazca y crezca. Y aún viviendo ese dolor, debemos poner límites, definir una postura, asumir nuestra paternidad y darle reglas a nuestros hijos. NOSOTROS SOMOS LOS PAPÁS Y ESO NO VA A CAMBIAR NUNCA.

Escucha a tu hijo, no lo interrumpas, ni lo calles, ni le des soluciones antes de que termine de platicarte algo. Fomenta que él razone, pregúntale “¿tú qué harías?”, y al final, expresa tu opinión, pero recuerda que es eso, una opinión, no una imposición.

Dale crédito a tu hijo, confía en él, tú ya lo criaste, confía también en ti y en lo que sembraste en él. Empieza a pensar en tu hijo como adolescente, no como niño.

Y no olvides que el adolescente que cuestiona y que se rebela, está siendo un buen adolescente.

(Apuntes de la conferencia “Quiénes son nuestros hijos adolescentes… y el reto de ser sus padres”, impartida por la Mtra. Laura G. Laguna Lamas el 13 de octubre de 2015)

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Aquí casual… en lo cotidiano

Bueno, tampoco puedo teclear mucho porque me duele, pero a ver hasta dónde llegamos. La historia es así.

Hace unas cuatro semanas, y por voluntad propia, me quedé sin una persona que me ayudara con la limpieza de la casa. Como cada vez es más difícil conseguir a alguien honesta, confiable y bien hecha, decidí no buscar a otra persona y hacer yo los quehaceres. Ya traía yo una contractura muscular entre hombro y espalda, pero como no me dolía tanto, pues no le hice caso y me puse a hacer limpieza súper profunda por toda la casa, restregando no sólo en los lugares sucios, sino restregándome a mí misma todo lo que la persona que me “ayudaba” no hizo, no limpió, no movió, no sacudió, no aspiró, etcétera, etcétera, etcétera, en los meses que “trabajó” conmigo.

En fin, que ya cuando di por terminada la ardua labor, pues ahora sí empecé con las molestias de la contractura muscular y ahora sí no puedo hacer nada. Sí puedo, pero he decidido obedecer eso de no jalar, no empujar, no cargar y no hacer esfuerzos innecesarios, pero la verdad es que me cuesta un montón. Pasar de largo donde la mugre se ha acumulado, pues no, no es cosa fácil para mí; y tampoco voy a ser injusta porque tanto mi esposo como mis hijos han ayudado y limpiado, han metido ropa a la lavadora y han sacado trastes del lavavajillas… y así, que si continuamos con la decisión de vivir al estilo del primer mundo, y no contar con alguien externo que ayude con la limpieza de la casa, esto de trabajar en equipo y colaborar, tendrá que seguir siendo una sana costumbre.

Mientras tanto, aquí estoy, sintiéndome un tanto inútil. Así que decidí escribir un poco para el blog, que bastante abandonado lo tengo.

Les platico que las cosas en este hogar han cambiado mucho desde que mi hijo entró a la preparatoria. Al ingresar a una institución con un sistema totalmente diferente al que estábamos acostumbrados, pues ha sido difícil adaptarnos a todo lo nuevo. Hasta nuestros horarios de comida han cambiado. Ha sido todo un orgullo, pero también un gran reto, ver a nuestro hijo crecer y día a día ser un poquito más autónomo. Encontrar un equilibrio entre te suelto, pero aquí sigo, te dejo hacerlo solo, pero te doy uno que otro consejo… Otra vez estamos viviendo aquello que es constante en la paternidad: “cuando ya te sabes todas las respuestas, te cambian todas las preguntas”… y así, seguimos creciendo juntos, viviendo experiencias a veces no tan agradables, pero que son necesarias para él, para ir forjando más y más su personalidad… y para nosotros como padres, para darnos cuenta que dejas de ser protagonista para convertirte en acompañante, pero que nunca dejas de ser padre y que siempre, siempre tienes que estar ahí presente. Como mi esposo le expresó a mi hijo: “no vamos a renunciar a ti”. A veces dan ganas, a veces sería lo más fácil, pero no, no lo haremos, mientras Dios nos dé vida y nos lo permita, no renunciaremos a nuestros hijos, aunque varíe la distancia desde la cual los acompañemos.alex_yo

Y nuestra niña, con sus sonrisas, sus ocurrencias, sus abrazos y sus besos; con todos los personajes que la acompañan y que nos hacen reír. Esa niña-mujer que se ha convertido últimamente en mi cómplice y acompañante, que me sorprende con su madurez y sus razonamientos que van mucho más allá de sus 13 años. Con la que paso las tardes de ocio disfrutando de la BBC y de Netflix, con la que platico, con la que sueño. Mi niña que se frustra y llora, pero que también soluciona problemas y busca opciones; mi niña lectora, mi niña persistente, mi niña perseverante, mi niña inflexible, mi niña y su chispa, y su luz, y su risa, y todo lo que la hace tan mágica y tan especial.regi_yo

Y mi esposo, mi esposo siempre. En estos últimos meses he recordado tanto cuando hace seis años estudié el Diplomado en Desarrollo Humano y decían que en la adolescencia de los hijos, los cónyuges tienden a vivir vidas paralelas, en las que cada uno hace lo que le corresponde hacer, pero no encuentran puntos de coincidencia: el hombre trabajando, proveyendo, realizándose en el área laboral… La mujer en la casa, con los quehaceres, la comida, llevando y trayendo a los hijos… Y yo pensaba que eso no nos iba a pasar, pero la verdad es que el momento ha llegado y la verdad es que se tiene que estar muy consciente de ese peligro, porque en cualquier pequeño descuido, ya estás viviendo en esa dinámica, en ese paralelismo, en que uno se convierte solamente en informante del otro y deja de verlo como amigo, como compañero, como cómplice y como amante; no es que uno lo haga intencionalmente, ni de mala fe, a veces –simplemente- uno está demasiado cansado para ver al otro, para verse en el otro, para salir y tener una cita, para hacer el amor. Y hay que hacer un esfuerzo, el esfuerzo de trabajar en el matrimonio, invertir tiempo en el otro, en ese, que al final, es el que se va a quedar, con el que voy a vivir cuando todo esto pase, cuando los hijos se vayan… porque se van a ir, y porque quiero que se vayan, porque si se van, significará que hicimos bien nuestro trabajo y logramos educar dos personas independientes que se valen por sí mismas. Y sí, que siempre exista el lazo que nos une, el amor y el valor de la familia, que sepamos que contamos los unos con los otros. Pero mientras tanto, seguir trabajando, seguir colaborando en esto tan maravilloso que es el matrimonio, porque soy una convencida de que lo mejor que les podemos regalar a nuestros hijos es unos padres que se amen, que se respeten, que se besen, que se diviertan juntos, que se hablen, que busquen maneras de vivir enamorados el uno del otro en lo cotidiano.rodrigo_yo

Por el momento, estudiando juntos el diplomado “Crezcamos Juntos”, dirigido a padres de familia y que esperemos nos dé muchas herramientas para seguir transitando por esta etapa de nuestro matrimonio y de nuestra familia. Es la primera vez que mi esposo y yo vamos juntos a la escuela. A ambos nos encanta estudiar y aprender ¡somos unos matados! Una de las tareas que nos dejaron para esta semana es escribir la biografía de nuestra familia; no la he terminado porque resultó más extensa de lo que pensé y porque escribir a mano también me duele, pero con los renglones que llevo escritos, constato una vez más que siempre hemos recibido gracia sobre gracia, sobre gracia, sobre gracia…

Aquí seguimos, tomados de la mano del Padre, que de otra manera no se puede.

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