Sustentabilidad: Dícese de la capacidad de satisfacer necesidades de la generación humana actual sin que esto suponga la anulación de que las generaciones futuras también puedas satisfacer las necesidades propias.

lina-trochez-377674-unsplash¡Uy! Hace mucho no me pasaba por aquí, pero hoy tengo ganas de escribir y de platicar un poco de un tema del que últimamente estoy más consciente y atenta. La verdad es que no sé ni cómo empezó, pero sí sé que de un par de meses para acá me ha interesado más porque se ha convertido en un problema que me ha afectado directamente.

Como la administración que gobierna mi municipio ya va de salida, se ha desentendido de muchas obligaciones que le corresponde seguir cumpliendo, pero parece que en el palacio de gobierno no piensan así… en fin, que desde hace varias semanas el camión de la basura pasa entre “de vez en cuando” a “nunca”, parece que no les dan dinero para combustible o para pagar al tiradero donde van a depositar la basura; la causa es lo de menos, lo que es de más es que la basura que tiramos se está convirtiendo ya en un problema, en un problema serio que nos incumbe a todos.

Quizá como sociedad, como humanidad, nos estamos dando cuenta de que lo que veníamos haciendo desde hace décadas, quizá no sea tan conveniente y tan útil como lo pensamos en un inicio. Eso de que todo sea desechable o instantáneo, en su momento fue innovador, pero ahora estamos viviendo las consecuencias de nuestra irresponsabilidad ambiental y nos estamos dando cuenta de que tenemos que volver a costumbres que resultan más saludables y sustentables.

No sé si estemos a tiempo de revertir el daño, de hecho, sé que este mundo no va a mejorar; sin embargo, sí sé que Dios nos ha hecho administradores de Su creación y, llegado el momento, yo quiero dar buenas cuentas y decir que fui fiel y responsable con lo que se puso en mis manos. Tampoco quiero ser extremista, ni enarbolar causas, simplemente quiero ser más consciente y más cuidadosa de mí misma, de mi familia y de mi entorno: espiritual y emocionalmente, pero también en la esfera física y ambiental.laura-mitulla-1075856-unsplash

Vuelvo a la basura. Una mañana salí a caminar, como lo hago casi todas las mañanas, pero aburrida de siempre hacer el mismo recorrido en la pista, decidí caminar entre las calles de mi fraccionamiento (residencial, dice en mi recibo de luz). El camión no había pasado en varios días y me espanté de cómo tiramos la basura, y cómo al considerarla basura, nos vale gorro en qué condiciones nos deshacemos de ella… sí, entiendo que son desperdicios, pero la verdad era una vergüenza ver las bolsas escurriendo, lo orgánico mezclado con lo inorgánico y en cada casa bolsas y bolsas y más bolsas.

Y entonces me di cuenta que  el proceso de desechar nuestros desperdicios no comienza cuando algo ya no sirve y lo echamos al bote, sino desde el momento en que hacemos nuestras compras. Hay tanto, tanto que pensar cuando estamos en el súper o en el centro comercial. ¿Realmente necesito esto? ¿Tengo dónde almacenarlo? ¿Necesito tanto? ¿Este empaque es necesario, es reciclable, puedo usarlo de otra manera? ¿Necesito una bolsa de plástico para guardar un aguacate?

La verdad es que estoy muy orgullosa, pues mientras nuestros vecinos sacan entre cinco y siete bolsas de basura a la semana, nosotros sacamos una o dos. ¿Cómo lo hacemos? He tratado de sacarme la idea del supermercado de la cabeza y he tratado de regresar a la cultura de nuestras abuelitas: optar por el mercado, o los locales más pequeñitos, por la bolsa del mandado, por el trapo de las tortillas.

Productos como frijoles, lentejas, arroz, harina, azúcar, nueces, etc. los compramos a granel y llevamos nuestros propios recipientes para guardarlos ahí. Lo mismo hago en la carnicería o en la cremería o en la frutería. Llevo mis propias bolsas de tela y las pocas de plástico que llegan a mis manos, las reuso. Cargo con dos bolsas en mi bolsa de mano y he aprendido a decir “sin bolsa, gracias, aquí traigo una”. Los frascos que llegan a mis manos los lavo y les doy otro uso.

Intento comprimir los desechos lo más que puedo y los envases que sí voy a tirar los enjuago y seco antes de ponerlos en el bote. Ya no compramos desechables y procuramos llevar nuestras propias botellas para rellenar, nuestros popotes de alumnio o bambú, etc.

Tengo dos ventajas muy grandes: una es que cuento con un trirurador de desperdicios orgánicos, así que casi no tiro a la basura cáscaras, o residuos que quedan en los platos, o cascarones, etc. Y la otra es que el Colegio donde trabajo ha implementado un día al mes en el que podemos llevar botellas de plástico, aluminio, latas, cartón, periódico, archivo blanco que después se venden en lugares de reciclaje (las ganancias se usan para las despensas de la colecta navideña.)

Se trata de cambiar nuestra mentalidad y en consecuencia cambiar nuestros hábitos y nuestras acciones.

En medida de lo posible hemos intentado reducir nuestro consumo de productos animales, pues sabemos que toda esta industria genera más contaminantes y favorece el calentamiento global (además de que es más saludable para nosotros). Y lo que al principio hicimos por reducir gastos, ha redundado también en el cuidado del medio ambiente: reducir nuestro consumo de gas (aprovechando cuando prendo el horno para hornear varias cosas, usar más agua fría que caliente) y energía (desconectando los aparatos que no estamos usando, apagando las luces cuando no estamos en una habitación).simple

Estos días de megacorte de agua (que por cierto, en mi casa no ha faltado), nos ha enseñado a darnos cuenta de que sí podemos cuidarla y de que debemos cuidarla: baños más cortos, poner una cubeta en la regadera y usar el agua recolectada en el tanque del inodoro… pequeñas acciones que ayudan a nuestro planeta,mucho o poco no lo sé, pero mientras pueda hacerlo y pueda invitar a otros a hacerlo, no dejaré de hacerlo.

¿Requiere más trabajo? Sí ¿Requiere más tiempo? También. Pero todo lo que vale la pena, siempre requerirá esfuerzo, requerirá constancia y requerirá una inversión. Podemos vivir una vida más simple, más sencilla, con menos cosas, menos materialista, más consciente; si se me permite el término: más primitiva, más básica, más ligera; siendo responsables de lo que se nos ha encomendado y disfrutando más de lo que no es material, ni permanecerá.

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Me persigue

“Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida…” Salmos 23:6

Tu amor me persigue aun cuando el panorama parece horrible y adverso.

Tu amor me persigue llenando todos los huecos de mi corazón, cambiando la tristeza en gozo.

Tu amor me persigue llenando de luz aquellos rincones que permanecían en oscuridad.

Tu amor me persigue perdonándome y llevándose toda culpabilidad que yo conservaba apilada por ahí.

Tu amor me persigue enjugando mis lágrimas, sanando mis heridas y aliviando mi dolor.

Tu amor me persigue no para que lo acapare y me lo quede, sino para que se derrame hacia otros, abrazándolos e inundándolos como lo ha hecho conmigo.

Tu amor me persigue y no puedo ni quiero evitarlo.

Tu amor me persigue y me permite disfrutar cada día de tu misericordia que me refresca y de tu gracia que me renueva.

Tu amor me persigue dejándome ver cualquier circunstancia, alegre o adversa, desde tu mirada.

Tu amor me persigue, me abraza, me rodea, me inunda, me lava, levanta mi rostro y me hace ser consciente de tu presencia y de tu gloria, de mi pequeñez, de mi dependencia y necesidad de ti.

Tu amor me persigue, me da alcance, tiernamente me derriba, dulcemente me atrapa y no puedo huir más, ni pelear más, ni buscar en otro lado. Tus brazos me rodean, tus alas me cubren y yo no tengo más opción que rendirme a ti, depender de ti y anhelar  corresponder con mi roto e imperfecto amor, que Tú recibes y atesoras.

Tu amor me persigue y me permite sentarme al borde de tu manto y recostar mi cabeza en tu regazo mientras escucho tus palabras.

Tu amor me persigue y no hay nada que yo pueda hacer más que dejar que me atrape y finalmente descansar.

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Al Cien

Ahora que he estado convaleciendo, muchas personas me han expresado sus deseos de una pronta recuperación y me ha llamado la atención que muchos de esos deseos incluyen la expresión “para que pronto estés al 100”.

No me malentiendan, no estoy cuestionando, despreciando o criticando sus buenos deseos, al contrario, los aprecio, valoro y agradezco infinitamente, me animan y me hacen ver cuánto Dios me ha bendecido con personas tan lindas que piensan en mí y que desean mi bienestar.

Pero sí me he puesto a pensar en la expresión en sí misma, en eso de estar al 100… al 100 por ciento…

Me imagino a mí misma como el ícono de la batería de mi celular, que poco a poco se va llenando hasta que alcance otra vez el cien por ciento… Se oye bien, yo misma he dicho que día a día vuelvo a ser yo, refiriéndome a que voy retomando fuerzas, rutina y actividades.

Estar al 100 me hace pensar en perfección: “que pronto estés perfecta, completa, llena, plena, apta, independiente”; y entonces pienso dos cosas. Uno: a los 42 años la perfección de mi cuerpo es bastante irreal y dos: no quiero estar al 100.

Cuando me siento al 100 es bien fácil para mí creerme auto suficiente y que todo lo bueno que sucede a mi alrededor es debido a mi eficiencia, a estar todo el día de arriba para abajo, realizando tareas y completando pendientes. Ir al súper, lavar los trastes, recoger tal cosa, pagar tal otra… todo eso cabe magníficamente dentro de la lista de pendientes y hasta es satisfactorio tacharlos cuando ya los realicé.

Pero cuando esa condición de estar al 100 me absorbe, corro el peligro de poner en esa misma lista los aspectos de mi vida que debo anhelar y disfrutar sin prisas y sin ruido: orar todas las mañanas, leer la Biblia, platicar con mi esposo y con mis hijos, tomarme un té con una amiga… esas no son tareas ni pendientes, son los momentos que construyen y edifican mi vida, los que son verdaderamente importantes y especiales, y cuando estoy al 100 paso por esos momentos sólo por encimita, para cumplirlos y saltar inmediatamente a lo que sigue, porque hay que ser eficiente y competente.

No es la primera vez que Dios me pone un alto mandándome a la cama, mostrándome la fragilidad y vulnerabilidad de mi vida y mi total dependencia de Él.

En estos últimos días no he estado al 100, y sin embargo, de una u otra forma, todo lo que tenía que ser hecho ha sido hecho: surtir la despensa, lavar la ropa, alimentar a mi familia, las publicaciones de Facebook del colegio: todo ha sido hecho, nada ha faltado. ¿Por qué? Porque no depende de mí, gracias a Dios no depende de mí. Soy parte de una familia, soy parte del Cuerpo de Cristo, soy parte de un equipo de trabajo. ¡Qué soberbia al pensar que todo eso se paralizaría sin mí! Al contrario, todo eso se movió a mi favor cuando más lo necesité.

No quiero estar al 100, no quiero volver a entrar a esa vorágine de eficiencia y suficiencia, a ese torbellino de actividades y pendientes. Estoy en una etapa de mi vida en que puedo vivir un poquito más despacio y en estos días me he dado cuenta de que realmente puede ser así.

Llenar menos mi agenda, saturar menos mis días, soltar y dejar de aferrarme a aquello que no necesito, sentarme y escuchar poniendo toda mi atención. Leer más, escribir más, dibujar más y también dar más, darme más. Pedir ayuda y permitir que me ayuden. Estar totalmente presente y dedicar más tiempo a aquello que es verdaderamente valioso.

Sí, levantarme más temprano y antes de que todos despierten no porque tengo que, sino porque anhelo estar con mi Padre, acercarme confiadamente al trono de la gracia y estar tan cerquita de Dios que pueda escuchar el latir de Su corazón entre las líneas de Su Palabra.

Dejar todo de lado y escuchar a mi esposo con mi alma abierta, siempre dispuesta a amarlo, a apoyarlo… que él sepa que siempre estoy ahí para él.

Que aunque la rutina ha cambiado y los horarios también, mis hijos sepan que en casa siempre hay comida rica y caliente, pero sobre todo una madre que los escucha, que ora con ellos y por ellos, que disfruta riendo con ellos e incluso llorando con ellos.

Disfrutar de conversar con una amiga sin estar viendo el reloj, o peor aún, el celular.

No quiero estar al 100. Quiero estar tan saludable como este cuerpo imperfecto y corruptible me lo permita.

No quiero estar al 100. Quiero estar en paz con Dios y disfrutando Su paz, alimentando mi existencia con Su palabra, creciendo en Él, glorificándole con mi vida entera, apartando mis ojos de las circunstancias temporales y poniéndolos en lo eterno.

No quiero estar al 100. Quiero disfrutar de lo más valioso de esta historia que Dios ha escrito para mí, viviéndola sin prisas, sin pensar en cumplir con esto o con lo otro porque finalmente todo es de Él, por Él y para Él. Quiero disfrutar a los que amo y agradecer que he sido abundante, infinita y maravillosamente bendecida por un Dios bueno, misericordioso y fiel.

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Dios es Dios y yo no

Vivieron solos durante seis días. Se despertaban en las mañanas, se alistaban, desayunaban y preparaban su lunch. Regresaban de la escuela, hacían sus tareas, hacían una visita al hospital y regresaban a casa. Regaron las plantas, lavaron los trastes, llenaron el lavavajillas y mantuvieron la casa limpia… y yo me di cuenta de que no soy indispensable.

Mi ginecóloga dice que si yo no me enfermera, sería perfecta, obviamente no lo soy, me enferme o no. Mi pastor dice “Dios es Dios y yo no”, y puede resultarnos muy obvio, sin embargo, todos –de una u otra manera- jugamos a ser Dios y en ciertas áreas de nuestras vidas, pensamos que podemos suplantarlo y hacerlo mejor que Él.

El año pasado fue difícil en muchos aspectos, esperaba que terminara para ahora sí empezar el 2018 con todo. Tenía mis planes, mi agenda, mi lista de pendientes, hasta me adelanté a ciertos eventos y estaba dispuesta a sacar algo mucho mejor de este nuevo año. Pero las circunstancias fueron otras y terminé en un quirófano, y luego internada por seis días.

A lo largo de mi vida he aprendido que Dios obra en medio de las circunstancias difíciles, es en medio de ellas donde se ve si realmente estamos dependiendo y confiando en Él, si Su Palabra es nuestro fundamento firme del cual estamos aferrados a pesar de que suba la marea, arrecien los vientos y azoten las tormentas. La Biblia muchas veces nos habla de la aflicción, de la adversidad, del valle de sombra y de muerte, dice que estaremos abatidos y desesperados… pero también dice que en medio de todo eso, Dios está con nosotros, pues Él mismo siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, hecho semejante a los hombres, y estando en condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Si Jesús pasó por todo eso ¿quién soy yo para tener una vida fácil, sin problemas, sin enfermedades, sin situaciones que me cambien los planes, los paradigmas y los esquemas?

Sí me enfermé, sí se complicó, sí pasé días de dolor, incertidumbre y ansiedad, pero Dios estuvo conmigo a cada momento. Su gracia preservó mi vida, fui depositaria de Sus milagros de sanidad porque Él así lo quiso y ante diagnósticos graves y negativos, Él demostró Su misericordia y poder. Pero así como esos “asombrosos” milagros, milagro es también que Él estuvo acompañándome, recordándome Su Palabra y además –en Su infinita gracia- enseñándome unas buenas lecciones.

Que no soy indispensable, pues mis hijos, bajo las alas de su Padre Celestial, hicieron todo lo que les correspondía hacer. Mi esposo estuvo conmigo en todo momento y sólo venía a casa por las mañanas para acompañarlos a esperar el autobús que los lleva a la Prepa, pero cuando él llegaba ellos ya estaban listos. Cumplieron responsablemente con lo que tenían que hacer y dieron un poquito más yendo todos los días a visitarme y siendo muy valientes: ¡los admiramos y estamos bien orgullosos de ellos! ¡Y no me necesitan!

Y es que uno de los aspectos en los que más me gusta jugar a ser Dios es la maternidad. Me encanta que me digan que soy buena mamá y me encanta creer que es porque soy muy autosuficiente para serlo, cuando sólo por la gracia de Dios es que puedo guiar a estos chavos, cuidarlos, levantarme todos los días para acompañarlos a desayunar y darles un beso antes de que se vayan… no es en mis fuerzas, es en las de Dios, porque son Sus hijos antes que míos y porque Él puede cuidarlos mucho, mucho pero mucho mejor de lo que yo lo hago. A estas alturas de mi vida y de las suyas, ha sido un alivio saber que no me necesitan y que saben dar, ayudar y ver por otros. Sí, todo eso lo aprendí ahí en la cama del hospital, tranquila y en paz porque sabía que mis hijos estaban bien.

1f2e9f9eb2f897cd100fea566bc1a0c0Aprendí que de pronto, aunque quieras, no puedes ser eficiente, pues tal cual te prohíben bajarte de la cama. Creo que una de las personas más vulnerable, frágil e incapaz es la que está internada en un hospital. Ahí me di cuenta de que no mandaba, ni opinaba, de que sólo me correspondía obedecer, pues estaba comprometida mi salud… pasaron por alto mi pudor, me ocasionaron dolor, pincharon mis venas y hasta mis arterias dejándome varios moretones en los brazos, interrumpieron mi  sueño una y otra vez, me sacaron de la cama en la madrugada y me llevaron a un cuarto con aire acondicionado para evitar que se calentara la máquina que usaron para hacerme un estudio, aunque yo estuviera tiritando… Y entonces no se trató de ser una buenaza en lo que hago, de ser eficiente, de ser súper responsable en mi trabajo, de ser incansable, de tachar todos los pendientes de la lista… se trató de ser humilde, de ser agradecida por tener acceso a un hospital donde me atendieran y me ayudaran a mejorar, de reconocer la fragilidad y la vulnerabilidad de mi cuerpo, de estar quieta, de reconocer que todo cambia de un segundo a otro y de que eso no está en mis manos, ni bajo mi control. Nada sucede sin que Dios así lo quiera, mi vida y todo lo que la rodea está bajo Su soberanía y providencia y me corresponde aceptarla y acercarme más a Él, para que mi corazón lata al ritmo del suyo y cada día pueda depender más y más de Él, descansando en Su propósito de amor para mí.

Aprendí que esta vida no es un camino que se ande solo. Por más competente que yo sea (o me crea), siempre necesitaré a otros. ¿Qué hubiera sido de mí si mi esposo no hubiera estado conmigo todos esos días? No hubiera tenido quien manejara toda una avenida en sentido contrario para llegar más rápido al hospital cuando yo respiraba con dificultad, no hubiera tenido quien me apapachara, ni me llevara al baño, ni platicara conmigo, ni discutiera conmigo poniéndome en mi lugar, ni orara conmigo, ni echara porras junto conmigo cuando el médico salía de la habitación y cerraba la puerta después de darnos buenas noticias, ni esperara conmigo ocho horas por la autorización de la aseguradora. ¿Qué hubiera sido de mí si mi cuñado no hubiera acompañado y ayudado a mis hijos en ciertas cosas y le hubiera entrado al quite en el trabajo con las cosas que generalmente hace mi esposo y si mi concuña no lo hubiera apoyado en ello. Si no me hubiera explicado ciertas cosas que sucedieron en mi cuerpo durante la cirugía y sus repercuciones? ¿Qué hubiera sido de mí si los Forsythe no hubieran cocinado para nuestros hijos, si no los hubieran recibido unas horas en su casa, si no los hubieran acompañado al camión la mañana que mi esposo no pudo venir a hacerlo? ¿Qué hubiera sido de mí sin la visita de Fabi, de Gemma y de Paty? ¿Qué hubiera sido de mí sin tanta gente orando por mi salud y mi recuperación? ¿Qué hubiera sido de mí sin los mensajes de amor y ánimo de mi Adris, de Gemma y de mis Chicas del Café? ¿Qué hubiera sido de mí sin la llamada de los Members? ¿Qué hubiera sido de mí sin el paramédico que manejó la ambulancia, sin la paramédico revisando mi saturación de oxígeno, sin los médicos, las enfermeras, los de terapia respiratoria, el radiólogo…?

¡Nada, no hubiera pasado nada porque simplemente eso no existe, no puede ser. Una vida en solitario, es una vida sin Dios! Nuestra cercanía con Dios se refleja en nuestra cercanía con los demás, en cómo nos relacionamos con ellos, en cómo estamos dispuestos a ayudar y a ser ayudados, a servir, a agradecer, a saber que Dios pudo tan sólo habernos salvado, pero fue tan bueno que nos adoptó como Sus hijos y nos hizo parte de una familia. Estoy agradecida por mis hermanos que han estado al pendiente de mí y por toda la gente que de un modo u otro ha puesto algo de su parte para que hoy yo pueda estar bien, recuperándome, mejorando cada día y escribiendo acerca de lo que Dios ha hecho no sólo en mi cuerpo, sino en mi mente en mi corazón.

Dios es Dios y yo no, Dios es Dios y es inmensamente bueno, Dios es Dios y sólo Él merece toda mi gratitud, toda la gloria, toda la honra, todo el honor, toda mi vida rendida a Sus pies.

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Paternidad ¿responsable?

Esta generación de padres está en crisis, se les ha olvidado cómo ejercer, o ni siquiera se han dado el tiempo de aprender. Porque sí, a ser padre también se aprende y ese aprendizaje requiere toda la vida. Buscan fórmulas, recetas, estrategias y adormecen su instinto, su amor… parece que han olvidado que aman a sus hijos, que son frágiles y valiosos, y que nada se compara a abrazarlos, a escucharlos, a verlos a los ojos… sin importar si están en Maternal o a punto de terminar la Secundaria.

A los padres se les ha olvidado que sus hijos son personas, que son eternos, que son tesoros y los han convertido en proyectos, en planes que pueden delegar, de los cuales pueden desentenderse una vez que los dejan en el colegio. Creen que pueden sacarlos adelante haciendo un presupuesto en Excel, y haciendo que otros intervengan en su educación: los abuelos, la muchacha, la maestra, todos los que se puedan, menos ellos mismos.

Quieren invertir poco tiempo, pues es más fácil comprar juguetes, video juegos, dispositivos electrónicos, encerrarse en un cine o mandarlos a un campamento durante todo el verano.

Han tergiversado sus prioridades y ahora les resulta más importante destacar en sus trabajos, sobresalir, tener éxito y alcanzar los más altos puestos, los mejores sueldos… ¿a precio de qué? De sus familias, del tiempo que pueden estar con su cónyuge y con sus hijos.

Parece que nadie les dijo de qué se trata la paternidad y ellos nunca se lo preguntaron. Nadie les dijo que se trata de renunciar a uno mismo, y dejar de lado un montón de cosas, que hay que entregarse y que no basta con suplir lo económico y lo físico, sino que se trata de amar, de guiar, de establecer límites; de desvelarte, de enseñar, de inculcar valores, de acompañar el crecimiento, de fomentar virtudes y de ser ejemplo.

Nadie les dijo que es un trabajo arduo, que es un trabajo al que no se puede renunciar y que no se puede delegar. Que es un trabajo serio, no un pasatiempo. Que no es un trabajo desechable, y que con lo que están trabajando son vidas, vidas valiosas, vidas únicas, vidas irrepetibles, vidas que sólo se viven una vez… Un trabajo en el que no se pueden borrar las equivocaciones, en que no puedes hacer después lo que no se hizo hoy, en que las palabras que ya se dijeron, no pueden silenciarse; en que no pueden recuperarse todos los momentos en que se ignoró a los hijos. Es hoy, es ahora, es todo o nada, no es a medias… ¡no se puede llevar una paternidad mediocre!

La familia no es intercambiable, ni desechable… se tiene que invertir en ella, requiere esfuerzo y trabajo diario, tener una familia feliz, un matrimonio feliz, no es instantáneo ni mágico. Pero se han acostumbrado a que las cosas sean así: de inmediato. Hay que cuidar lo que se tiene, alimentarlo, procurarlo, mantenerte fiel a ciertos principios, hacer un esfuerzo consciente y sincero de estar presente, de mantener abierta la comunicación, de sacrificar ciertas cosas y hacer a un lado el egoísmo.

Se les hace tan fácil separarse, divorciarse, emprender juicios, demandarse… ¿y sus hijos? Con tal de que ellos estén bien, lo de menos son los hijos; con tal de lastimar al otro, de conseguir venganza y de hacerle pagar todo lo que hizo, lo que menos importa es cómo se sienten los hijos en medio de toda esa situación. No les importa poner a sus hijos en disyuntivas, en contra de su propio padre o madre, poniéndolos a decidir lo que no tienen la madurez ni la responsabilidad de afrontar: con papá o con mamá.

Y entonces hay niños solos, niños abandonados, niños tristes y deprimidos, niños sin valores, niños preocupados que no pueden ni quieren aprender lo que se enseña en la escuela porque están mucho más angustiados por lo que está sucediendo en su familia, porque están siendo testigos de cómo se desmorona su hogar.

Y los padres buscan pretextos y excusas para explicar su situación, que mejor estar separados que pelearse todo el tiempo, que ya era insoportable, que todos sufrían… tal vez sí, tal vez no, cada caso es diferente… pero si ya llegaron a eso, por lo menos tengan el valor y la responsabilidad de cuidar a sus hijos, de no involucrarlos en peleas, no hablen mal el uno del otro… finalmente, aunque hayan decidido dejar de ser cónyuges, jamás podrán dejar de ser padres. Vean realmente por el bienestar de sus hijos, no en cómo pueden hacerle para que el otro sufra y le vaya mal.

Si están en medio de una situación difícil, si las cosas ya no se pueden solucionar, si de verdad creen que ya no hay vuelta atrás, no conviertan a sus hijos en rehenes. Piensen en que ellos son lo más valioso y hermoso que tienen, que ellos confían en ustedes, y que los necesitan más que nunca, que necesitan sentirse seguros de su amor, creen un ambiente donde ellos sepan que están protegidos y atendidos.

Y si  están casados, sean amables, sean generosos, sean pacientes, sean compasivos con aquellos que tienen más cerca: su cónyuge y sus hijos. Cuiden lo que tienen, no lo den por hecho. Inviertan en su familia, dediquen tiempo para protegerla. Denle prioridad a la comunicación, aclaren los malentendidos, estén dispuestos a perdonar siempre, recuerden a cada instante porqué decidieron formar una familia. Mírense a los ojos, busquen nuevas maneras de expresar su amor, pónganse de acuerdo y lleguen a acuerdos; trabajen y esfuércense cada día por seguir adelante, por caminar juntos.

Sean ejemplo para sus hijos, estén atentos a sus necesidades físicas y emocionales, establezcan límites, denle a los valores la importancia que tienen, sean creativos, escúchenlos, aconséjenlos, corríjanlos. Ejerzan su paternidad con responsabilidad y compromiso y no olviden que también se vale divertirse, carcajearse, jugar… pero sobre todo, ejerzan su paternidad con todo el amor del que son capaces, con ese amor que sintieron cuando se enteraron de que estaban esperando un bebé, con ese amor que hizo desbordar su corazón cuando lo tuvieron por primera vez entre sus brazos… ser padre es intenso, es agotador, es confuso, muchas veces van a querer tirar la toalla, salir huyendo… pero también es la tarea más hermosa y satisfactoria sobre la faz de la Tierra… ¡y definitivamente vale todo el esfuerzo, toda la entrega y todo el amor!

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Una historia fuera de tiempo

Estoy segura de que conocer la Palabra de Dios desde niña, me libró de muchísimas situaciones negativas que quizá ni siquiera imagino… siempre fui una buena niña, aplicada y bien portada… y no estuvo mal. Sin embargo, conocer la Palabra de Dios desde niña tiene otro lado que es el que sí viví: me acostumbré, creí que ya me sabía todo, creía que creía y decir que yo no tenía una religión sino una relación con Dios era mi religión. Claro, con sus subidas y sus bajadas, mis encontronazos con Dios… no digo que todo el tiempo fingí… sin embargo, de un par de años para acá Dios me ha permitido reencontrarme con Él de una hermosa manera y me ha dado unos ojos nuevos para leer la Biblia… me ha dado el privilegio de ver Su Palabra desde una nueva perspectiva, leyéndola no como un montón de historias aisladas, sino entretejidas con el hilo de la Redención, apuntando hacia Cristo… ¡y he podido acercarme a mi Padre aun más y entender que el plan de Dios era desde antes de los tiempos!

Como escribí hace unos días: Cuando entendí que no TENÍA que leer la Biblia, fue cuando disfruté leer la Biblia. Cuando entendí que no se trataba de mí y de mi fuerza de voluntad; sino de la misericordia de Dios para entablar una relación conmigo aunque soy pecadora. No es una obligación, es un privilegio… el privilegio de buscarlo diariamente y conversar con el Dios Todopoderoso… ¿cómo despreciar esa oportunidad?

Pues bueno, una de esas historias que he leído muchas, muchísimas veces, es la anunciación del nacimiento de Jesús… es más, no sólo la he leído, incluso la escuché muchas veces en la escuela, la recé en la escuela todos los días al medio día y seguro todos los años, alrededor de la Navidad, la oí, la leí o la vi en una película.

La leí nuevamente esta semana y me di cuenta de cosas que jamás había notado.

leerAl igual que todo su pueblo, María tenía esperanza en la promesa de un Mesías que rescataría a su nación y de pronto, el ángel Gabriel le anuncia que ahora ella tenía esa esperanza cumplida, albergando en su vientre. ¡Qué manera más radical de confirmar que el Dios en el que ella creía era un Dios real que cumple sus promesas! Y ahora yo puedo tener esa esperanza, y confiar en Sus promesas, porque Dios habita entre nosotros.

María demostró la duda humana que tan naturalmente viene a nuestras mentes y nos hace desconfiar de las promesas de Dios: “¿y esto cómo sucederá si…?” Y buscamos en nuestras habilidades y posibilidades la respuesta. ¡Pero no se trata de mí, ni de mi capacidad! Se trata de lo que Dios puede hacer y de lo que hizo: hacer posible lo imposible, dar a luz la esperanza y la salvación de este mundo perdido, la Verdad recostada en un pesebre, el poder del Altísimo y el Espíritu Santo habitando hoy entre nosotros.

También veo que la virginidad de María era su identidad, lo que le aseguraba una vida buena, tranquila y estable. Desde esa identidad fue que escuchó lo que Gabriel le anunció y por eso le preguntó: “¿cómo puede ser eso, si soy virgen?” Y entonces comprendió lo que sucedería después: su Hijo sería grande, pero ella ya no; ella entregó su reputación para que el propósito de Dios fuera cumplido.

¿Soy yo capaz de entregar mi identidad para que Dios sea glorificado? Y no significa que Dios me nulifique, sino que Él me despoja de mi identidad terrenal para poder darme una nueva identidad, hacerme una nueva criatura, no la mejor versión de mí misma, sino una versión totalmente nueva, mi identidad celestial. La identidad de María cambió de virgen a madre del Salvador, y aunque el mundo la juzgó, la avergonzó, la devaluó y la criticó, eso no cambió lo que Dios dijo y seguía diciendo de ella: muy favorecida…

Y yo también soy muy favorecida, pues he sido bendecida con toda bendición espiritual… pero a veces no quiero eso, sino aferrarme a mi identidad terrenal: buena esposa, buena madre, qué linda casa, qué rico cocinas, qué bien escribes, perfeccionista, intransigente, ordenada, responsable, egoísta… poco importa si son cualidades o defectos, virtudes o pecados… ¿cuál es mi identidad? ¿cuál es mi reputación? ¿soy capaz de entregarla para ser realmente quien Dios quiere que sea?

María entendió que Dios estaba cumpliendo Su propósito a través de ella y su temor y confusión se convirtieron en alabanza:

¡Le doy gracias a Dios
con todo mi corazón,
 y estoy alegre
porque él es mi Salvador!

 Dios tiene especial cuidado de mí,
que soy su humilde esclava.

Desde ahora todos me dirán:
“¡María, Dios te ha bendecido!”

El Dios todopoderoso ha hecho
grandes cosas conmigo.
¡Su nombre es santo!

Él nunca deja de amar
a todos los que lo adoran.

Le pido a Dios que esa sea mi oración y mi canto, y que cada día Su gracia y misericordia, me ayuden a descubrir Su Palabra, pero sobre todo, a vivirla…

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Para ti…

Mi amada Regi, mi preciosa, mi hermosa:

Mi corazón se desborda de alegría cuando veo hasta dónde Dios te ha traído; no puedo más que agradecerle por ser testigo en primera fila de las maravillas que Él ha hecho en tu vida.

Desde que fuiste concebida, Dios fue bueno conmigo y concedió mi anhelo de que fueras una niña… aunque en ese momento no alcancé a comprender todo lo que vendría encerrado en ese anhelo, pues a través de ti, he sido mágicamente bendecida; contigo en nuestra familia nunca ha faltado polvo de hada espolvoreado en los lugares más oscuros, notas musicales inundando los silencios más profundos y un montón de risas rompiendo la monotonía.

Ha sido hermoso verte crecer y verte brillar, verte descubrir todo aquello que eres capaz de hacer. Verte aprender, verte disfrutar, ver tu creatividad impregnando los rincones más simples y aburridos.

Me encanta ver cómo vas dejando atrás a la niña y comprobar día a día que eres una mujer que sabe lo que quiere y que va dando pasos por el camino que te está llevando a cumplir tus sueños.

Disfruto mucho los momentos que pasamos juntas, ya sea platicando, cantando, bailando, cocinando, viendo Netflix o simplemente acompañándonos en nuestras soledades, haciendo cada una lo suyo, pero sabiendo que la otra está ahí. Me cautiva nuestra armonía, nuestra amistad y nuestra complicidad.

Que cumplas 15 años coincide con una nueva etapa en tu vida que lleva consigo muchos retos, pero no dudo ni un momento que tienes todo lo necesario para enfrentarlo y para resplandecer en medio de cualquier situación.

Deseo que cada experiencia que vivas te acerque más a Dios, que nunca dudes de Su amor y que descubras todas las sorpresas que Él tiene para ti.

Anhelo que nunca dejes de aprender y de crecer, que lleves tu luz a todos los rincones que puedas y que tu sonrisa y tu mirada bendigan a mucha gente.

Que sepas bien quién eres y cuánto vales, que guardes tu corazón y tus pensamientos en Dios; que siempre estés dispuesta a ayudar a los demás y que encuentres felicidad y plenitud en los detalles más sencillos de la cotidianeidad.

Deseo que en todas las facetas de tu vida, llegues tan alto y tan lejos como quieras y que estés segura de que en el lugar en el que estés, eres feliz y estás cumpliendo con el diseño y el propósito con los que fuiste creada.

Y nunca dudes que este es tu hogar, tu familia, el lugar donde te amamos incondicionalmente, donde siempre encontrarás abrazos, besos, palabras de ánimo y una taza de té caliente (con la bolsita adentro y un chorrito de leche).

Quiero seguir creciendo contigo y descubrir todo lo bello que viene por delante, quiero reír contigo, llorar contigo, aprender contigo y disfrutar del inmenso privilegio que es escuchar tu voz cantando, riendo y diciéndome “mami”.

¡Feliz cumpleaños mi Regi, eres –simplemente- espectacular! Y yo, te amo infinitamente.

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¡¡¡Sooorpreeesaaaa!!!

Los que me conocen saben cuánto amo lo cotidiano,las actividades ordinarias del día a día, que a mi parecer, son las que nos forman, las que nos forjan, las que nos acercan más a Dios y en consecuencia, nos van haciendo -a veces de a poquito- más como Cristo.

A veces esa vida cotidiana se tiñe de dificultades, de circunstancias que no estaban en el plan, situaciones que nos agotan emocional y mentalmente. Hay incertidumbre y miedo, enojo, tristeza, cansancio, agobio. Pero también las adversidades de la vida revelan a Jesús de una manera en que nunca antes lo habíamos visto.

Y otras veces, lo cotidiano de la vida se rompe con un estallido de alegría y amor, que nos llena todos los huequitos del alma y nos hace sentir valiosos, bendecidos, plenamente queridos e infinitamente agradecidos.

Gracias Anna, por entender, por permitir, por compartir con nosotros y porque en estos días nos dejas disfrutar a quien tanto extrañamos. ¡Me hubiera encantado que estuvieras aquí!

Gracias Zaine, por no publicar nada en Facebook, aunque sé que te encanta y así ser cómplice de la sorpresa.

Gracias Iris y gracias Ollita por guardar el secreto.

Gracias Alex por ser el cómplice perfecto, porque una vez más, pude ver que eres leal y que tu amor se demuestra de maneras sencillas que van directo al corazón.

Gracias Fabi por prestarnos tu casa, por la valentía de recibir a un montón de adolescentes, por romper la rutina con tus chiquitos, por tu corazón de servicio y disposición, y por esas pláticas exprés que me regalas y que me recuerdan que eres muy especial para mí y que te amo un montón.

Gracias a los amigos de Regi por estar y a sus papás por confiar.

Gracias a Old Division por rockear con nosotros.

¡Y gracias, infinitas gracias a Claudio y a Gian por ser los tíos más espectaculares que pueden existir! Ustedes saben que una de las cosas que más llenan el corazón de un padre, es que otras personas amen a sus hijos… y las palabras no me alcanzan para agradecer todo el amor que tienen por Regi. Gracias por ser cómplices en esta increíble sorpresa, por planearlo a la distancia, por hacer algo tan especial y tan inolvidable.

¡Gracias por darnos un momento extraordinario y por llenar mi corazón de alegría y gratitud!

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Perspectiva

Si algo he aprendido a lo largo de estos años de ser madre –como en otros aspectos de mi vida- es que no se trata de mí, se trata de Dios. No soy yo quien merece las felicitaciones, porque es un trabajo que, en definitiva, no puedo hacer sola.

Desde que entendí esto, mi concepto de la maternidad ha cambiado.

tom-ezzatkhah-103592Como mamás, solemos llevar mucha carga en nuestros hombros. Nos gusta controlar todas las situaciones que tienen que ver con nuestros hijos, y aún en nuestras mejores intenciones, dejamos a Dios le lado, olvidando que nuestros hijos le pertenecen; y que hay cosas que nos corresponde hacer y otras que son exclusivamente terreno divino, obras que sólo Él puede hacer en los corazones de nuestros hijos.

¿Para qué vivir agobiadas y preocupadas si podemos descansar en las promesas que están en Su Palabra?

Y aun así insistimos. Queremos ser las protagonistas de las vidas de nuestros hijos, queremos llevarnos el mérito que no nos corresponde, y se nos olvida que ser madres es un regalo que Dios en Su misericordia nos ha otorgado.

Él sopló vida en nuestro vientre, Él fue guiando el embarazo, Él estuvo ahí durante el nacimiento y proveyó el alimento para que ese bebé creciera saludable.

Y a lo largo de la vida de cada uno de nuestros hijos, Dios ha estado ahí con ellos, guardándolos de lo que ni siquiera nos enteramos.

Somos simples colaboradoras de una obra eterna y sublime que va mucho más allá de nuestro entendimiento.

No es en mis fuerzas, ni por mis habilidades o capacidades, es porque Dios así lo quiso. Y ahí donde yo no puedo cuidar, supervisar, aconsejar… Dios sí puede. Porque Él es Dios y yo no.

Que Él nos dé gracia, amor y sabiduría para realizar día a día la tarea que Él nos ha encomendado. Que cuando nos sintamos inútiles, desesperadas y cansadas, podamos correr a Él y refugiarnos en Sus brazos de amor.

Que cuando estemos confundidas, abrumadas, ante un futuro incierto, enojadas o tristes, podamos recurrir a Su palabra y encontrar en ella consuelo y dirección.

Que tengamos bien claro que los hijos son prestados y que la mejor herencia que podemos darles es que amen a Dios –no porque los obligamos- sino porque es su propia convicción.

Que podamos ser ejemplo de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza.

Y que con un corazón sencillo y agradecido, sirvamos a Dios con nuestra maternidad.

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Propósitos para el Nuevo Año

Por conveniencia, los seres humanos hemos acomodado el tiempo en periodos y ciclos; y siempre que inicia uno nuevo, nos llenamos de esperanza y buenos propósitos, creyendo que el nuevo ciclo, por sí mismo, traerá cambios, buenos hábitos, dicha, fortuna y felicidad, salud, dinero y amor.

De un tiempo para acá, he entendido cabalmente, que el tiempo de Dios es muy diferente a mi tiempo, y que poco importa si es un nuevo año, un mes diferente, o lunes… la misericordia divina es nueva cada mañana y Su obra en mí se lleva a cabo no importando hora, momento o circunstancia. Si mi corazón está sintonizado con el de mi Padre, Él hará y Él perfeccionará día a día lo que Él inició en mí. No por mis méritos, no por mi eficiencia, no por mis sacrificios, sino por Su amor y por Su gracia en mi vida… ¿qué más necesito?

El año pasado trajo consigo muchas adversidades y tiempos difíciles, pero me dejó grandes aprendizajes y espero que mayor madurez. Durante el año pasado también se cumplieron sueños y pudimos disfrutar experiencias maravillosas que sólo habíamos vislumbrado en la lejanía.

Este año, sé que no pinta bien. Estamos inmersos en una atmósfera viciada, en medio de corrupción, de desilusión, de desesperanza, podemos llegar a sentir que la oscuridad nos abruma, que las malas noticias nos asfixian… pero yo he decidido creer, he decidido confiar en Aquel que jamás me ha dejado, que nunca me ha defraudado y que me ha sostenido aun desde antes de nacer. Espero en Él y sé que Sus planes y propósitos son más grandes y sublimes de lo que mis ojos naturales pueden ver. Descanso en Él, en Su paz que sobrepasa mi entendimiento, confío en que estoy bajo la protección de Su abrazo y vivo cada día con alegría, haciendo con gozo y dedicación lo que me corresponde hacer.

Busco de manera intencional, tener tiempos con Dios, leer Su palabra y meditar en ella, platicar con mi Padre todos los días, agradecerle porque me acepta como estoy, y descubriendo día a día en la Biblia, quien verdaderamente soy: aceptada, adoptada, amada, redimida, perdonada, santa, nueva, hechura suya…

Todo lo que hago, lo hago para Él, sabiendo que lo más cotidiano y lo más mundano, puede ser alabanza para Él. Consciente de aquello de lo que vivo convencida: es en mi vida diaria que Dios habla y que Dios hace, ahí en el tráfico, en el supermercado, mientras doblo ropa, con mis compañeros de trabajo, dando la clase de repostería… ahí sirvo, ahí aprendo, ahí vivo, ahí me corresponde sentirme plena, satisfecha, completa… porque mi plenitud no viene de afuera, viene de Aquel que me creó y que conoce profunda e íntimamente mi corazón.

Le pido a Dios todos los días que me ayude a ser la esposa que mi esposo necesita, la madre que mis hijos necesitan; que Él me dé fuerza y sabiduría para desempeñar mis diferentes roles, pero sobre todo, que sea una mujer de la que Él esté orgulloso, de la que Él pueda decir que le complace y que mi corazón late al mismo ritmo que Su corazón.

Que pueda tener la convicción y la voluntad de cuidar mi cuerpo, de alimentarlo saludablemente, de hidratarlo, de ejercitarlo, de optar por la prevención; porque aunque es el estuche corruptible que abandonaré algún día; por el momento es el instrumento que Dios me ha dado para conocerle y servirle, y como tal, quiero cuidarlo y mantenerlo saludable.

Que mi corazón esté cerca del corazón de Dios; que conozca Su Verdad, para erradicar todas las mentiras que bombardean mi mente; que nunca dude que Su gracia me sostiene y que todo es de Él, por Él y para Él.

 

 

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