Perspectiva

Si algo he aprendido a lo largo de estos años de ser madre –como en otros aspectos de mi vida- es que no se trata de mí, se trata de Dios. No soy yo quien merece las felicitaciones, porque es un trabajo que, en definitiva, no puedo hacer sola.

Desde que entendí esto, mi concepto de la maternidad ha cambiado.

tom-ezzatkhah-103592Como mamás, solemos llevar mucha carga en nuestros hombros. Nos gusta controlar todas las situaciones que tienen que ver con nuestros hijos, y aún en nuestras mejores intenciones, dejamos a Dios le lado, olvidando que nuestros hijos le pertenecen; y que hay cosas que nos corresponde hacer y otras que son exclusivamente terreno divino, obras que sólo Él puede hacer en los corazones de nuestros hijos.

¿Para qué vivir agobiadas y preocupadas si podemos descansar en las promesas que están en Su Palabra?

Y aun así insistimos. Queremos ser las protagonistas de las vidas de nuestros hijos, queremos llevarnos el mérito que no nos corresponde, y se nos olvida que ser madres es un regalo que Dios en Su misericordia nos ha otorgado.

Él sopló vida en nuestro vientre, Él fue guiando el embarazo, Él estuvo ahí durante el nacimiento y proveyó el alimento para que ese bebé creciera saludable.

Y a lo largo de la vida de cada uno de nuestros hijos, Dios ha estado ahí con ellos, guardándolos de lo que ni siquiera nos enteramos.

Somos simples colaboradoras de una obra eterna y sublime que va mucho más allá de nuestro entendimiento.

No es en mis fuerzas, ni por mis habilidades o capacidades, es porque Dios así lo quiso. Y ahí donde yo no puedo cuidar, supervisar, aconsejar… Dios sí puede. Porque Él es Dios y yo no.

Que Él nos dé gracia, amor y sabiduría para realizar día a día la tarea que Él nos ha encomendado. Que cuando nos sintamos inútiles, desesperadas y cansadas, podamos correr a Él y refugiarnos en Sus brazos de amor.

Que cuando estemos confundidas, abrumadas, ante un futuro incierto, enojadas o tristes, podamos recurrir a Su palabra y encontrar en ella consuelo y dirección.

Que tengamos bien claro que los hijos son prestados y que la mejor herencia que podemos darles es que amen a Dios –no porque los obligamos- sino porque es su propia convicción.

Que podamos ser ejemplo de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza.

Y que con un corazón sencillo y agradecido, sirvamos a Dios con nuestra maternidad.

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About Karen

Siempre lo soñé y llegado el momento, Dios hizo realidad mi sueño. Tener un hogar, formar una familia y en medio de lo cotidiano: las risas, las lágrimas, los sabores y los sinsabores, aprender los detalles de Su palabra y servirle. Ama de casa empedernida, esposa amada y amante, madre orgullosa y feliz. Me encanta la repostería, soy lectora voraz y escribir es mi catarsis.
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